Psicología como disciplina y dimensión humana en relación con el capitalismo – Danna Pulido

Danna Fernanda Pulido Contreras / Miníma Marginalia II

Introducción 

¿Son los trastornos psicológicos defectos naturales o resultado de las injusticias de nuestra estructura social? Este es uno de los muchos cuestionamientos que podemos hacernos ante la creciente prevalencia global de diagnósticos de trastornos psicológicos en las últimas décadas. A primera vista parece tratarse de un dilema que llegó a la resolución de una etiología múltiple en donde los trastornos son resultado tanto de los factores biogenéticos del individuo como de los ambientales, sin embargo, los psicólogos suelen observar estos últimos desde una perspectiva más individualista que macro-social, dando menor atención al abordaje y crítica de las raíces sistémicas de los problemas de salud social. El presente ensayo busca analizar las afecciones del bienestar psicológico desde la crítica social, identificando el capitalismo como el principal factor macro-social contemporáneo en el desarrollo de trastornos psicológicos, con un enfoque factual-reflexivo. 

Desarrollo

Para hablar sobre capitalismo y salud mental, primero definamos los dos conceptos.

El capitalismo es un modelo económico, político e ideológico que minimiza la intervención del Estado y busca la privatización de los servicios públicos, enfatizando el libre mercado, promoviendo el consumismo, la competencia de proveedores de servicios y favoreciendo a las grandes corporaciones internacionales. Este modelo económico tomó fuerza en México desde el año 1988, con la llegada de Salinas de Gortari a la presidencia por parte del PRI, sin embargo, a partir de la crisis de la deuda a nivel internacional en 1982 se detonaron procesos de reforma neoliberal por todo el mundo (Rodrik, 1996). Esta ha sido la causante de la crisis económica del 2008, siendo la más grave desde la Gran Depresión.

La salud mental es descrita por la Organización Mundial de la Salud como «un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad.» En 2017, la OMS anunció que la depresión era la primera causa de incapacidad, y en 2023, la segunda.  

Una vez aclarado lo anterior, podemos indagar en las peculiaridades que ilustran la compleja relación entre salud mental y capitalismo, partiendo de su vínculo con las condiciones de trabajo y la desigualdad económica. 

El trabajo es toda actividad lucrativa que debemos de llevar a cabo para tener la posibilidad de hacernos frente al mundo. Idealmente, el trabajo sería una oportunidad para apoyar a la comunidad y hacer uso de tus habilidades, garantizando un apoyo que resulta suficiente para vivir plenamente; sin embargo, las condiciones precarias de trabajo pueden convertir al trabajador en un esclavo moderno, reduciéndolo a un recurso desechable y transitorio en el que no vale la pena invertir demasiado. 

Las condiciones laborales del capital neoliberal cambian constantemente dependiendo de las necesidades del mercado, forzando a los trabajadores a reinventarse una y otra vez, viviendo con incertidumbre, ansiedad y estrés. En palabras de Añez H. Carmen con respecto al trabajador (2004) «El único derecho que posee es depender de un mercado laboral flexible que se resiste a acuerdos laborales que garanticen las condiciones necesarias para el avance económico y social de la clase trabajadora». 

El aumento de la desigualdad social es una de las muchas consecuencias desfavorables del neoliberalismo, entendida como el aumento de la brecha entre las clases sociales, ricos y pobres, a manos de una injusta distribución de los beneficios nacionales. Como consecuencia, gran parte de la población se ve obligada a pasar la mayor parte de su tiempo en el trabajo a cambio del sueldo mínimo, observando la riqueza de otros e interiorizando la injusticia como un asunto de meritocracia y falla personal, que convierte la aspiración y el autodesprecio de los sujetos en un motor sobrecalentado que tiene que ganarse cada gota de aceite. Tal como la CEPAL afirmó en 2019: «Un gran porcentaje de las utilidades empresariales en México se destina a los inversionistas en vez de a los trabajadores, lo que agudiza la desigualdad económica» y «En México, el 1% de la población más rica se ha beneficiado desproporcionadamente de las políticas económicas implementadas». De igual manera, el New York Times afirma que en México «Las clases medias pagan en promedio el 7.2 por ciento de su ingreso en IVA, mientras que la clase alta sólo el 6.8 por ciento.» Podemos observar esto en mayor escala dentro de EUA, en las palabras de Joseph E. Stiglitz: «Desde que comenzó la llamada recuperación después de la Gran Recesión de 2008-2009 … el 95% de las ganancias en ingresos han ido al 1% más alto. Incluso dentro de ese 1%, existe desigualdad, con los ingresos ultra altos en el 0.1% superior llevándose aproximadamente el 11.3% del ingreso total en 2012, lo cual es tres o cuatro veces más que hace treinta años.»

Diversos estudios demuestran que la probabilidad de desarrollar un trastorno mental aumenta significativamente entre más desigualdad financiera exista dentro de un país industrializado de altos ingresos económicos, como lo son Estados Unidos e Inglaterra (Fernando Pérez del Río, 2013). Este fenómeno puede ser observado en estudios como el de Lorant, Deliege, Eaton, Robert, Philippot, y Ansseau (2003), donde se demuestra que en EUA las personas con menor nivel educativo y bajos ingresos tienen mayor riesgo de padecer depresión; a su vez, Eaton (2001), afirma que, dentro del mismo país, la pobreza aumenta el riesgo de padecer depresión 2.5 veces. Un estudio notable es el de Wilkinson y Pickett (2007), quienes midieron el bienestar social de 23 países tomando como referencia formatos de la UNICEF, concluyendo que «La desigualdad de ingresos es la clave de bóveda, el factor decisivo para determinar la salud mental de una sociedad. » 

Es importante destacar que las políticas de privatización en el sistema de salud en México son motivo de preocupación sobre el acceso equitativo a los servicios psicológicos y psiquiátricos. Aquellos que no cuentan con el dinero suficiente para acudir a los servicios privados acuden a los públicos, sin embargo, estos son más rígidos con los horarios y fechas de disponibilidad, lo que dificulta la atención. Si los profesionales de la salud mental del sector privado no cuentan con una ética adecuada, existe el riesgo de que solo se busque el maximizar ganancias a costa del bienestar del paciente. Las condiciones laborales de los trabajadores de salud forman parte importante en la calidad de la atención que reciben los pacientes, sin embargo, pocos son los datos legítimos y relevantes sobre la condición laboral de los psicólogos en México. De acuerdo a Data México (2025), el ingreso promedio de un psicólogo es de $5.61k MX, con 29.9h de trabajo semanal. En lo que respecta a otros trabajadores de la salud, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de 2005 a 2022 (CENIDSP, 2024) indica que, “entre los médicos, ésta (precariedad laboral) incrementó 29 %, de 58.7 % en 2005 a 75.5 % en 2022. En el caso de las enfermeras, el aumento fue 37 %, de 49.0 % a 67.3 %”

Además del malestar consecuente de la inercia de la sobreexplotación y el estado de inseguridad de no contar con los recursos básicos para tener una vida plena, se sufre al ser encasillado dentro de roles sub-humanos abstractos, como lo son las identidades subalternas. 

Las identidades subalternas (raza, género, clase social y edad) son, hasta cierto punto, mantenidas y creadas como las conocemos por el mismo sistema que las marginaliza. Las personas que son llamadas “de color” (cualquiera que no sea blanca), las mujeres, las identidades LGTBQI+, las personas con condiciones de vivienda e ingresos bajos, los infantes y las personas de la tercera edad constituyen a la población más discriminada, debido a su condición imaginaria de incapacidad impuesta involuntariamente sobre ellos. Las personas con discapacidades (físicas, intelectuales o sociales), trastornos del neurodesarrollo y trastornos del aprendizaje (entre los que se presenta comorbilidad) son también discriminadas dentro del capitalismo, a pesar de no formar parte de las identidades subalternas planteadas dentro de la sociología. La discriminación a este sector de la población tiene por nombre “capacitismo”, el cual parte de ideologías como la eugenesia (la cual se relaciona también con la raza) y el mismo capitalismo. El disgusto a esta población viene de la dificultad para utilizarla como sujetos productores de mercancía y valor, pues sus capacidades no se asocian con los deseos del capital o requieren gastos adicionales para su acomodación y asistencia, de manera que son juzgados como estorbos y marcados como inferiores por sus divergencias funcionales. Al ser identidades subalternas, también corren el riesgo de ser convertidos en la propia mercancía, pues si no se les permite acceso al poder (que no es la meta ideal para romper estas dinámicas) ni es fácil utilizarlos como empleados, se les busca una función alternativa: como producto.

El negocio de la salud mental, despojado de sus elementos humanitarios, se ve beneficiado por el malestar de los sujetos que requieren de asistencia psicológica y psiquiátrica. Con esto no se quiere insinuar que la necesidad o la eficacia de los tratamientos terapéuticos y psicofarmacológicos sea falsa, sino que se busca señalar la cara de la moneda que puede ser incómoda para algunos trabajadores de la salud mental: es un negocio que, desde una perspectiva negativa, podría explotar la victimización y revictimización de las comunidades subalternas, así como patologizar las conductas de todos los sujetos que no encajen en el molde del sujeto ideal super-funcional. 

La charlatanería en la psicología no es novedad, sin embargo, el auge de las redes sociales y la globalización facilitan el aumento de la desinformación. El acceso público a la bibliografía académica, si bien es un regalo a la humanidad, también da paso a que su contenido sea descontextualizado, malentendido o utilizado con otros fines. Por otro lado, el mercado puede rapiñar la vulnerabilidad y comercializar con estos mitos, cimentando la tergiversación de la terminología psicológica e instrumentalizar el lenguaje terapéutico. Ejemplos claros de este fenómeno son la popularización de la teoría de los apegos de Bowlby, la cual se ha convertido en una excusa para desresponsabilizarnos de nuestros actos y culpabilizar en su totalidad a nuestra crianza como factor determinante de nuestra actitud afectiva al vincularnos con los otros; la ligereza con la que se etiqueta como narcisistas (trastorno narcisista de la personalidad) o psicópatas (trastorno antisocial de la personalidad) a sujetos con los que tuvimos experiencias dolorosas, con TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad) a personas activas u olvidadizas, con trastorno del espectro autista a personas reservadas, con TLP (trastorno limítrofe de la personalidad) a personas celosas, con TOC (trastorno obsesivo compulsivo) a las personas que disfrutan de la limpieza, y con trastorno bipolar a quienes son expresivos en sus cambios de humor. Otro problema radica en difundir frases o teorías que carecen de evidencia, como “energía femenina y masculina” (propaganda conservadora que refuerza roles estrictos de género).

Se vende con la necesidad de inclusión de las personas, con la preocupación por no encajar y con la romantización de los trastornos psicológicos. El capitalismo toma especial relevancia en relación a los TCA (trastornos de la conducta alimentaria) y el TDC (trastorno dismórfico corporal). Las expectativas sobre nuestra imagen y nuestras conductas autodestructivas son aprendidas y condicionadas por los medios de comunicación, en donde se nos muestra la delgadez como señal de éxito e integridad moral. Terminamos controlando lo que consumimos para que nosotros mismos podamos ser consumidos, gastando nuestro dinero en alimentos “milagrosos” y procedimientos estéticos. Al sistema le beneficia nuestra insatisfacción, ya que de esta manera estaremos ocupados con nuestros propios problemas como para voltear a ver al resto de nuestros compañeros, y gastaremos en todas las “curas” que han manufacturado para “solucionar” problemas que este mismo nos impuso. Actualmente, lo anterior se ha hecho visible con el servicio de inteligencias artificiales que “promueven la salud mental”, siendo que lo que lleva a estos usuarios a recurrir a la IA para hablar de sus emociones es, en muchas ocasiones, un sentimiento de soledad, inseguridad y ansiedad que deriva del aislamiento hacia sus comunidades y la superficialidad de los vínculos humanos como consecuencia de la cultura de la hiper-individualidad, a la falta de tiempo de ocio para fortalecer sus redes de apoyo y a un acceso limitado a servicios psicoterapéuticos. Al igual que los pseudopsicólogos charlatanes, la IA se ha popularizado por contestarle al cliente lo que quiere escuchar, por lo que se refuerza el aprecio de la población por ellas. Otro factor que juega un papel importante en la confianza que las personas depositan en la IA es el mito del progreso, la creencia de que todo lo novedoso equivale a una evolución y a un bien necesario. 

El consumismo, íntimamente relacionado con la búsqueda de la novedad, constituye otro gran obstáculo para la felicidad en la sociedad contemporánea. Gracias a la mercadotecnia digital, ahora se nos ofrece más de lo que realmente necesitamos e incluso desde la comodidad de nuestro hogar somos bombardeados por anuncios. Se vive desde la creencia de que el valor de los productos que obtengamos es extrapolado a nuestro ser, sumándonos valor como persona y convirtiéndonos nosotros mismos en el producto. Al ser mediados por la realidad capitalista, nuestra identidad se forja a su alrededor, lo que nos lleva a significar nuestro valor humano en que tanto nos consuman, es por ello que por medio de redes sociales nos presentamos de la mejor forma para obtener la mayor cantidad de reacciones. 

Una vez que nos damos cuenta de que podemos tener más, lo que ya tenemos parece perder valor. ¿Por qué necesitamos conseguir el nuevo modelo de celular o zapatos, si los nuestros aún son funcionales? El sistema parece aprovecharse de la natural necesidad de aceptación social del ser humano, generando nuevas tendencias a un ritmo acelerado, y si el sujeto no se apura se queda atrás, excluido del presente en el que están los demás. Se nos controla desde nuestros deseos, prometiéndonos alivio y satisfacción si consumimos los nuevos productos. Esto es explicado en el libro «Modernidad líquida (2002)» por Zygmunt Bauman. En lugar de satisfacer nuestro sentido de pertenencia dentro de la cooperación en comunidad, la buscamos en categorías superfluas que se definen por medio del consumismo. 

En torno al consumismo, todos los tipos de adicciones (a la sustancia o la conducta) representan los círculos viciosos del capitalismo, a tal nivel que considero que para cubrir todos sus matices sería necesario dedicarle su propio ensayo.

El mercado de la droga psicoactiva tiene como objetivo la explotación y el control de las comunidades vulnerables, ataca a aquellos en condiciones de desigualdad y se presenta ante los esclavos modernos como una solución temporal a sus dolores. Estimulantes para los que no tienen descanso y buscan empujar los límites de su actividad, depresoras para adormecer y dejar de sentir. La desesperanza que surge de nuestras dificultades crece hasta el punto de hacernos creer que tragar veneno es lo único que se puede hacer, siendo que este se manufactura como la solución a los problemas que el mismo capitalismo creó.

La drogadicción no es un problema meramente individual, sino que se mantiene porque se le ha permitido existir para satisfacer intereses. Es cierto que no todo consumo de droga se da para acabar con el sufrimiento, y que hay muchos defensores del uso recreativo con el propósito de exacerbar la visión creativa y encontrar inspiración (como si no estuviera ya dentro de nosotros esta capacidad), lo que me hace preguntarme si este no es solo un cuento que se nos vende para hacernos creer que también precisamos de las sustancias para poder imaginar y crear, ¿no es esto encadenarnos al realizar lo que debería de ser un acto liberador y hasta rebelde? y es que es fácil sentirse tan rebeldes y antisistema al ir en contra de las leyes que nos prohíben el consumo de psicoactivos, siendo que en realidad la droga resulta la mercancía fetichizada por excelencia y la drogadicción un síntoma del capitalismo, con la misma esencia autodestructiva. 

La rehabilitación, la educación y la psicoterapia no serán suficientes para solucionar esta problemática si las sustancias siguen siendo introducidas a la población o si continúa siendo tan rentable la agricultura de cultivos ilícitos. El cambio también se ve obstaculizado por el uso predominante de un enfoque punitivo ante el consumo, que falla en disolver los factores predisponentes subyacentes y, por lo tanto, ocasiona «reactancia psicológica» en las personas, es decir, la motivación para hacer lo que se nos ha prohibido. Los factores sociales predisponentes al consumo deben resolverse y todo lo que vulnera la calidad de vida tiene que ser arrancado desde su base, pero al capitalismo le gusta mantener la raíz de la mala hierba y cobrar por el corte de hojas que nunca parecen irse. 

Droga, pornografía, juegos; toda adicción nos adormece, nos distrae, nos entorpece y nos domina.

Además de Bauman, otros autores como Byung-Chul Han han analizado los métodos de dominación en la sociedad neoliberal, plasmados en su libro «Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (2014) «. Han explica cómo el sujeto ha pasado de ser dominado por una disciplina física y violenta (biopolítica), a ser dominado mediante una manipulación psicológica casi imperceptible pero muy presente (psicopolítica), es decir, se ha cambiado la negatividad del deber por la positividad del poder. La positividad excesiva y las aparentes posibilidades infinitas hacen que los sujetos crean que son capaces de hacerlo todo, y si no llegan al «éxito» es porque no se esforzaron lo suficiente. A primera vista, este pensamiento puede parecer agradable y alentador, pero en una sociedad competitiva se convierte en una creencia que lleva a la sobreexplotación y al juicio negativo de aquellos que no viven buscando la manera de producir constantemente. La realidad es que no podemos ni debemos hacerlo todo. Si seguimos con el pensamiento de que nuestra propia sobre-explotación dará frutos algún día, es fácil caer en la trampa bajo una ilusión de libertad y jamás descansar para disfrutar los frutos que tanto deseamos, mientras que el capital saca provecho de ello. La sobreexplotación es también tema central de otra de sus obras, llamada «La sociedad del cansancio (2010)». En este libro, Han describe al «sujeto de rendimiento», individuos que se encuentran en un constante estado de competitividad consigo mismos y otros para innovar y producir. Tales niveles de autoexigencia se relacionan con la frustración y el miedo al fracaso debido a la internalización de expectativas sociales basadas en estándares poco realistas, culminando en problemas de depresión, ansiedad, estrés o síndrome de burnout: un cansancio constante. También, se aborda la sobreestimulación y la multitarea como una forma de ausencia de descanso, debido al procesamiento constante de la información que recibimos por medio de los dispositivos digitales y la dificultad del filtrado y selección de esta, empobreciendo funciones cognitivas mayores como la atención y la memoria. Esto último ha sido demostrado en estudios como los de los psicólogos Anthony Wagner (2018) y Clifford Nass (2013), este último también dice que, aunque el multitasking es visto como una manera eficiente de hacer tareas, la realidad es que incrementa la duración de estas y disminuye la calidad de los resultados. Han también señala que los estímulos constantes han causado que no toleremos estar aburridos, lo que imposibilita los procesos creativos y reflexivos. A primera vista esto parece contradecir la ideología neoliberal de innovación, sin embargo, esto ocurre porque se busca controlar al sujeto, haciéndolo creer que tiene libertad de elección e independencia, no otorgárselos realmente. A lo largo de la historia, estos momentos de reflexión han impulsado a los individuos a actos revolucionarios, por lo tanto, es conveniente para el sistema que nos mantengamos ocupados y cansados, evitando los momentos de aburrimiento y de descanso. 

La psicología crítica resulta precisa para señalar todas las problemáticas socioculturales y epistemológicas de dicha disciplina, pues se trata de una metaperspectiva de sus métodos y del sustento teórico detrás de estos, del análisis de sus intereses y usos, así como de sus alcances. Definida por Pavón Cuellar, D. (2019) como «una relación crítica de la psicología consigo misma» en su artículo «Psicología crítica y lucha social: pasado, presente, futuro». De la obra de Pavón podemos extraer algunos puntos esenciales, como lo es la influencia del contexto histórico que se atraviesa en el desarrollo de determinadas teorías y la necesidad de que estas mismas y sus aplicaciones prácticas partan de la consideración de una cultura determinada, en contraste con la búsqueda de identificación y explicación de patrones conductuales universalmente presentes, que si bien puede resultar útil, puede culminar en la elaboración de teorías que fuercen una generalización y, además, cargar con un enfoque dirigido a los países angloparlantes, particularmente Estados Unidos de América y países europeos, incompatibles con otras culturas. Otro punto a considerar es la necesidad de evitar la despolitización de la práctica psicológica para prevenir caer en discursos meritocráticos y de positivismo tóxico que podrían enaltecer a la psicología como instrumento ideológico para el capital, pues si bien es importante que los consultantes de psicoterapia obtengan herramientas de autorregulación, adaptación a su entorno y un estado de funcionalidad que les sirva para su auto preservación, es necesario validar y estudiar también el papel de las injusticias en el entorno (no solo inmediato) del sujeto y, por congruencia ética, personalmente ser partidario de la crítica social y el progreso hacia un mundo con estructuras beneficiosas para la integridad humana, así como cuestionar nuestra formación previa como profesionistas. Es importante que la psicología sea una herramienta de liberación y no de sometimiento o alienación. 

Como se ha mencionado anteriormente, una de las mayores críticas a la psicología recae en la sobre patologización, la cual muchas veces va de la mano a la crítica de la sobre-medicación psiquiátrica y los intereses económicos de la industria farmacéutica. Si bien algunos psicólogos críticos mantienen una posición anti farmacéutica, lamentablemente este tratamiento puede ser esencial para la reinserción de algunos individuos a su comunidad y mejorar su calidad de vida, por lo que deberá de ser administrado en compañía del tratamiento psicoterapéutico y ajustes razonables en los diversos ámbitos de su vida (siempre que sea posible) para evitar el desarrollo de dependencia al medicamento y maximizar la rehabilitación. La problemática recae en la prescripción apresurada y forzada de los psicofármacos en situaciones que no lo ameritan, en desconsiderar los factores únicos y personales del paciente al momento de medicar (necesarios para la modificación de la dosis o la elección de un psicofármaco específico dentro de su categoría funcional), a la falta de apoyo multidisciplinario, a la carencia de regulación del mercado farmacéutico y la priorización de las ganancias de la industria sobre la ayuda humanitaria.

La Quinta versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales ha recibido críticas debido a una posible sobre patologización en favor de la industria farmacéutica. Como consecuencia a los cambios implementados en el DSM-V, el psiquiatra Frances A. (2012, como se citó en Wakefield, 2015), «Millones de personas con duelo normal, glotonería, distracción, preocupaciones, reacciones al estrés, rabietas infantiles, olvidos propios de la vejez y adicciones conductuales pronto serán diagnosticadas erróneamente como enfermas psiquiátricas». Considero que las adicciones conductuales si son clínicamente significativas (esto podría deberse a mi educación), sin embargo, es necesario un estudio minucioso de estos comportamientos para evitar su confusión con otros trastornos y la creación de subcategorías innecesarias. 

Esta rigurosidad propuesta supone otro problema del DSM-V y su equipo de trabajo, pues Wakefield (2015) hace conocer que «las deliberaciones del Comité de Revisión Científica del DSM-5, formado en respuesta a las controversias en torno al DSM-5 para evaluar la solidez de la evidencia científica de cada cambio propuesto y formular recomendaciones a los grupos de trabajo, se mantienen en estricto secreto», lo cual deja a la imaginación si los cambios presentados carecen de razonamiento o si la posibilidad de falsos positivos en el diagnóstico ha sido premeditada para apelar a los intereses económicos de la industria. Afortunadamente, la Asociación de Psiquiatría Americana – APA (2026) ha anunciado esbozos de la próxima edición de este manual, los cuales parecen apuntar a una perspectiva más amplia de la salud mental, mediante «factores contextuales, como medidas de determinantes socioeconómicos, culturales y ambientales de la salud, el funcionamiento, la calidad de vida y los factores de desarrollo y de la duración de la vida; biomarcadores y factores biológicos; diagnósticos que permiten diferentes niveles de especificidad y gravedad; y características transdiagnósticas que incluyen síntomas que se presentan en muchas afecciones».

El panorama de la psicología también se ve favorecido por las terapias contextuales de tercera generación: Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), Terapia Dialéctico Conductual (DBT), Psicoterapia Analítico Funcional (FAP) y Activación Conductual (AC). Estas terapias restan protagonismo al enfoque médico para adoptar especial atención al análisis de los factores contextuales del sujeto en relación con sus conductas, pensamientos y emociones. Esta relación puede conceptualizarse mediante un análisis funcional de la conducta y un diagnóstico funcional cuando no se vea apropiado o beneficioso el aportar un diagnóstico clínico. La aceptación presente en la ACT y la DBT siempre debe de ser entendida como aceptación del paciente hacia sus propios sentimientos y pensamientos en relación al contexto, para así reducir la lucha consigo mismo y poder redirigir la atención hacia las acciones que pueden tomarse dentro de este. La aceptación no debe de ser utilizada en ningún caso como una resignación pasiva ante el ambiente, sino como un acto de amor propio en un mundo que nos enseña a despreciarnos, para así poder levantarnos ante él. 

Conclusión

Aun si no logramos comprender en su totalidad los mecanismos de nuestro panorama actual, e incluso si aún no contamos con un plan de acción riguroso para la mejora de nuestra sociedad y mucho menos con una fórmula para el bienestar, cuestionar y criticar siempre será un atisbo de cambio y esperanza.

La desigualdad financiera, las condiciones laborales precarias, la privatización de servicios de salud, la cultura de la competitividad, el aislamiento, la discriminación y el consumismo desmedido son resultados del capitalismo neoliberal que tienen un efecto directo en la salud mental de quienes viven bajo esta estructura. El neoliberalismo y otras presentaciones del capitalismo no pueden generar mercancía ilimitada con recursos naturales limitados, recordemos que los seres humanos también pertenecemos a la naturaleza y, por lo tanto, nuestra fuerza de trabajo no puede seguir enriqueciendo infinitamente al capital con su plusvalía. De esta manera, el capitalismo sigue destruyéndose a sí mismo, empezando por el bienestar de los trabajadores. Los problemas de salud mental y la cosificación de las relaciones humanas prevalecerán si no se modifican las estructuras sociales que vulneran al humano, el primer paso es identificarlas. 

«La pandemia de angustia mental que aflige nuestros tiempos no puede ser correctamente entendida, o curada, si es vista como un problema personal padecido por individuos dañados.» Mark Fisher, «Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (2009) «.

Referencias:

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