Sobre Luis Arturo Torres Rojo – Pedro Espinoza Meléndez

“¿Les molesta si pongo a Megadeth?” Fueron las primeras palabras que dijo cuando nos subimos a su carro. Era diciembre de 2017. Era la primera vez que iba a La Paz. A Luis Arturo lo había conocido meses antes en El Colegio de México. Mi director de tesis nos presentó. A los dos nos interesaba la teoría de la historia y la historia sudcaliforniana. Eso ya lo sabía. Cuando pasó por mí y por mi novia al aeropuerto supe que, además, nos unía nuestro gusto por el Heavy Metal.

Soy de Tijuana, pero he escrito poco sobre la historia de “mi rancho”, como suelo decirle. Mis investigaciones sobre la historia religiosa del noroeste mexicano en el siglo XIX me llevaron a escribir más sobre lo que hoy es Baja California Sur y La Paz ha sido mi epicentro. Sólo en el primer año de la pandemia dejé de frecuentar ese lugar. Consultar un archivo, participar en un congreso o dar una conferencia ha sido lo de menos. De lo que se trataba era de ir a La Paz, de caminar su malecón, ver sus atardeceres y estar en alguna de sus playas. Y siempre que se pudiera, visitar a Luis Arturo. Ya sea que estuviéramos sólo nosotros dos, o que hubiera otros interlocutores presentes, iban a ser horas de beber y conversar sobre música, contracultura, literatura, filosofía, historiografía… No siempre que iba podía encontrarlo. A veces estaba de viaje. “A veces se encueva”, me dijo un amigo, en referencia a las semanas que podía pasar sin responder mensajes. Pero sabía que estaba allí.

Un día volvimos y se había mudado. Viéndolo con algo de distancia, fue parte de los desplazamientos causados por la gentrificación de esa ciudad que me ha tocado atestiguar desde hace casi una década. Para entonces, su salud se había deteriorado. También algunas de sus relaciones. El encierro de la pandemia nos afectó a muchos. Hubo en quienes dejó marcas letales, aunque no surtieran efecto de inmediato.

“Luis Arturo está muy grave, lo hospitalizaron”, me escribió hace poco más de un año una amiga, posiblemente una de sus estudiantes más queridas. “No sabemos si va a llegar a mañana”. Yo estaba por subirme a tocar a un escenario. Apagué el celular y me desconecté un rato del mundo. “No es lo religioso, maestro, es lo sacro”. Eso decía cuando escuchábamos un buen solo de guitarra. Así intenté vivir esa noche.

Luis Arturo sí llegó a ese mañana. Compré un vuelo y viajé a La Paz. No sé si me escuchó, pero pude despedirme de él con una canción que, según me dijo, había sido muy significativa para él y para su compañera. Tuve que avisarle a varios colegas y profesores de su partida. Me quedé unos días. Ya pasó un año, y sigo viviendo un duelo. “Tu primer libro te lo publicaron aquí en La Paz, maestro, ya eres choyero”, me dijo una de las últimas veces que nos vimos. Seguiré volviendo cada vez que pueda, pero no será lo mismo. No es sólo una ausencia, es un mundo de vida que ya no está, y toca aprender a vivir con eso.

Hay una historia que varias veces escuché de él por la cual me gusta recordarlo. Varios colegas de la Ciudad de México habían ido a La Paz y, durante su último día de estancia, visitaron una de las playas cercanas, no recuerdo cuál. De regreso su carro se descompuso, a media carretera. El calor y el tiempo estaban en su contra, porque ese día debía llevarlos al aeropuerto. Alguien pasó en una camioneta, los vio y se dio cuenta de lo ocurrido. “Ahorita vuelvo”. Pasó menos de una hora antes de que ese hombre, desconocido, regresó para ayudarlos a regresar a la ciudad, con una hielera llena de cervezas incluida. Los viajeros lograron su cometido y llegaron a tiempo al aeropuerto. Luis Arturo, según me contó, se quedó bebiendo con ese hombre desconocido hasta la noche. “La hospitalidad es la ética del desierto”, le dije cuando me contó esa historia. No es una frase mía. Quizá ni siquiera es de Jacques Derrida. Me gusta pensar que esa ética no es necesariamente la de quien ha nacido en el desierto, sino de quienes han hecho de éste su hogar, y que antes que transformarlo a su imagen y semejanza, se han dejado afectar y habitar por él.

“La Paz y su centro histórico ya no son los mismos hoy que hace 8 años, cuando vine por primera vez y él me recibió con aquella hospitalidad propia de quienes han hecho del desierto su hogar. Tampoco serán los mismos sin él. Pero la amistad, la música y la escritura son de esas cosas que hemos inventado para que la muerte y el tiempo no tengan la última palabra sobre nosotros”. Esto lo escribí hace un año. No sé si eso era un obituario y tampoco sé si este texto lo sea. Pero como varias veces llegó a decirme: “Hay que escribir, maestro ¿qué más nos queda?”

Historia Magistra Vitae – Timotheo de Kairos

Cajetillas de Marlboro’s rojos se vaciaron en su honor. Botellas de vino estallaron por los aires. El café nos empapa las camisas hasta quemar nuestros corazones. El tiempo se ha detenido.

El profesor Rojo, nuestro profe Rojo se ha ido en un fin de semana. El lunes, el mundo se ha colapsado y cupo dentro de un salón de una funeraria cualquiera. Como un rey entronizado, su envergadura imperial recubrió las paredes fúnebres, con su último aliento expiró a todos las flores de la primavera, y congregó a todo a quien se dignara a postrarse a sus pies, a recordar a quien nos dio todo lo que tenemos que recordar y, como Platón, expulsaba a los poetas de su reino. Ellos en su mordaz cainismo se negaron a presentar los honores merecidos. Historia magistra vitae.

Como historiador, como ser resentido con la vida (comunista), no reniego el haber criticado a ***** por creer que él y sus colegas hacen honor a su nombre: pensarse los poetas venecianos atrapados cuesta arriba en el alto purgatorio de la literatura mexicana, desde donde observan perdidos y confundidos a los historiadores del infierno ser torturados -pecadores de su propia ignorancia- por atreverse a pensarse a sí mismos como científicos sociales en lugar de aceptar su realidad como lo que son: copistas dignificados. Finalmente, las rodillas de los literatos se vencen y caen al suelo, obligando a presenciar toda la honra, la gloria y el esplendor de la filosofía, forma pura e inmaculada del conocimiento y la vida.

Aun así, a pesar de las múltiples distancias entre él y yo, entendí que su presencia en la corte funeraria era algo más que la tarea de un burócrata paziano más. Era un rey, un rey mago, invitado desde tierras lejanas, y desde los confines de su reino (la esquina del desvergue) apuntaba junto a uno de sus sabios verdades necesarias para esta hora lamentos entre las naciones: “México no existe, México es un anacronismo”, “Nadie entendió a Dalí en su momento y, aun así, todos lo querían copiar” “los morenistas no tienen idea de lo que están haciendo”.

En medio del funeral, entre los años y años de docencia encerrados en esta corte, me di a la búsqueda de mi Cesárea Tinajero. Hace tiempos, había escuchado entre los pasillos del reino universitario, entre los cotilleos de los cortesanos, la leyenda de un juglar moderno, un poeta maldito, cuya sombra aún se cernía sobre las letras sudcalifornianas como leyenda inmortal. Un joven capaz de recitar de memoria los 15,693 versos de La Ilíada y orinarse sobre los zapatos de los gobernadores. Como Icaro, cayó desde los cielos, víctima de su ambición desmedida, de la vida beatnik. Una juventud militante en la izquierda radical (según un profesor derrotado por la misma) y un encuentro con the other side of the doors of perception bastaron para que este Emboscado no terminara con más refugio que la calle sin fin, la fría noche y la desmesura propia.

En medio de esa búsqueda, preguntando egresado por egresado, de filosofía, historia, literatura y de regreso, me tope con un sujeto que antes me había topado en una de aquellas cafeterías expropiadas por los expats. La noche nos retó a recordar a su viejo amigo y a nuestro difunto rey, pero terminamos hablando de la juventud nacionalsocialista de Koselleck, de los mundos de Splenger, de la tormenta de Heidegger -Hitler sigue vivo en nuestros corazones- Al referirnos al emboscado de Jünger, apunte que la descripción de dicho héroe maldito de nuestros tiempos esta más cercano a los anarcomarxistas[1] retirados de todo estructura de Partido -la militancia como principio de la contrarrevolución- que a los propios guerreros arios seducidos por los peores vicios del modernismo anglófilo, de la burguesía depredadora de la nación, el partido como muerte del militante. Es entonces en el que nos confesamos mutuamente como herejes del comunismo, afines a la ultraizquierda y devotos a los grupúsculos olvidados del proletariado: el sector más olvidado de los comunistas.

El me habló de Robert Kurz y el Manifiesto contra el trabajo, yo de Jacques Camatte y la Invarianza Comunista. Todo terminó con el suicidio material de Walter Benjamín y el suicidio teórico de Adorno. Al contarle sobre mi formación política, me preguntó si aún quedaban trotskos  perdidos realmente en Trotsky con los quien militar. Le dije la pura verdad: solo yo y mis amigos formamos al verdadero Partido Comunista. El comunismo está en el aire, como el amor.[2]

Nuestro Profe Rojo, te has ido sin tener aquella prometida cena de vinos, sin dejarnos pasar a los compartimientos secretos de los pensadores. No puedo evitar pensar en aquellos detalles que la historia del todo nos permitió coincidir: los cigarrillos compartidos, llorar juntos por la muerte de Godard, el cuento revisado por usted respecto al origen de mi familia, la vez que me dejó leer el texto de un fascista sobre el EZLN y los cristeros, y como terminé proponiendo a Chalino Sanchéz como símbolo regional del antiimperialismo. Que Rojo me dejará verbalizar todo aquello aun teniendo tan solo 12 años es un obvio gesto jesuítico del tamaño de una cruz. No puedo tampoco recordar las veces que nuestras visiones chocaban de formas completamente antagónicas: las veces que recelamos nuestras grilleras conversaciones estudiantiles sospechando de su amistad con los reyes de la universidad, su recalcitrante hispano-zapatismo de cabildos autogestionados que parecía condensar todo esquizofrenia del siglo ya muerto, el tinaco que se le voló y le impidió llegar a clases. La culpa me llega hasta los huesos, solo me queda pensar que la culpa es en realidad un buen combustible para el motor de la humanidad.

Rojo: último hijo del sesentaicho, mano tierna de Koselleck, ucrónomo de otros mundos, misionero de la alteridad, pionero del siglo XXI, relojero dimensional, amo del tiempo, querido rey de copas. A ti te brindamos respeto. A ti te dedicó estas imágenes, una disculpa porque estén deformadas en un espejo, así venían. Bruno Darío lo dijo mejor que nadie, en señal tribal reconocible para todos los eternos infantes terrible, habitantes fugaces de la maestra Historia: tu sangre se mide en kilómetros.

Espero hayas alcanzado aquel oasis cósmico el que siempre soñaste. Te queremos, Rojo, nuestro y de todos.


[1] Acusación hecha al propio Jünger

[2] Frase plagiada

En política no tengo amores ni odios – Anantli Ross

Acuérdate de San Vicente, repetían las voces poseídas por la venganza, no todos Los Santos tienen piedad, mucho menos en Juchitán, Oaxaca.

Felix Díaz “El Chato” hermano de Porfirio Díaz y no menos importante, gobernador de Oaxaca (1867-1872)  Con una fuerte política anticlerical, marcó su destino. 

Primitivo, matacuras, amante del saqueo, fan de dañar y ridiculizar a la iglesia. Suena bastante divertido ¿no? Hasta que se topo con el santo patrono: San Vicente Ferrer. 

Los Juchitecos católicos de corazón, cansados de la represión anticlerical, el autoritarismo del gobierno y la administración del Chato, se rebelaron contra el gobierno estatal. 

A finales de diciembre de 1870, llegó el Chato Díaz con un numeroso grupo de soldados. Incendió todo el pueblo y no tuvo piedad con nadie. Capturó y fusiló a varios héroes de la batalla de Puebla. Y claro, tenía que divertirse humillando a las figuras religiosas. 

Entró a caballo al Templo, mandó a bajar al Santo de su nicho y lo arrastró por lo que quedaba del pueblo y sus sobrevivientes como espectadores. Pero él no contaba conque el líder del pueblo, Albino Jimenez o también conocido como Binu Ganda lograra escapar y se agrupara en forma de guerrilla. 

Juchitán se quedó sin San Vicente Ferrer y pidieron la ayuda a Benito Juaréz para recuperarlo. El Chato accedió a regresarlo, pero no cabía en la caja, así que le cortó los pies y la cabeza, orquestando su ultima humillación y la promesa de una venganza divina. 

Casi un año después, en noviembre de 1871, el general Porfirio Díaz lanza el Plan de Noria para derrocar al Presidente de la República. Su hermano Felix Díaz, se pronunció en su apoyo. Ante esta situación Binu Ganda, sus hombres leales y el apoyo de Chiapas, se levantaron de nuevo en armas contra la autoridad estatal, recuperando Juchitán y Tehuantepec. 

Mientras Felix Díaz huía de los vergazos que les estaban metiendo, fue identificado por Benigno Cartas, jefe de un contingente armado de tehuantepecanos y samblaseños. Cartas sabía el daño que había causado El Chato a los juachitecos y lo entregó en bandeja de plata a las personas que más lo odiaban. 

Y aquí, fue la carnicería más humillante y placentera que un villano podría merecer como final. 

Ojo por ojo, el gobernador fue atado y arrastrado en caballo por el campamento, tal como él hizo con el Santo Patrón de Juchitán. Con la ropa desgarrada y sangrante, los soldados le quitaron los zapatos y con un machete le cortaron las plantas de los pies obligándolo a caminar por tierra caliente o algunos dicen que fue por carbón al rojo vivo. El ritual de venganza siguió, le cortaron los genitales y se los introdujeron en la boca. Cortaron los brazos y finalmente lo decapitaron. Y ahí recordó a San Vicente. 

Archipiélagos en el desierto, imágenes que piensan sobre el vuelo de una vida desgarrada: apuntes para una crítica de la enunciación como revés de la dominación- Nuria Gil

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