El agua en Monterrey antes de la industria – Arnoldo Diaz

En el texto Agua, Industria y Ciudad: un conflicto histórico[i] traté de identificar a la industria como una de las principales causas de la actual crisis del agua y en general de la crisis climática que aqueja a la ciudad. Para hacer más visible este argumento apuntaremos en este apartado algunas de las características de los cuerpos de agua en Nuevo León y principalmente en el centro de Monterrey, así como el uso y administración del agua antes de la industrialización para tener un amplio panorama del proceso que nos interesa.

Nuevo León y sus ríos.

La región fisiográfica conocida como Provincia Llanura Costera del Golfo Norte llega hasta los municipios de Allende, Apodaca, Aramberri, Cadereyta Jiménez, Ciénega de Flores, oeste de Dr. González, Gral. Terán, Gral. Zuazua, Guadalupe, sur de Higueras, Hualahuises, Juárez, Linares, Los Ramones, Marín, Montemorelos, Monterrey, Pesquería, sur de Salinas Victoria, San Nicolás de los Garza, San Pedro Garza García, este de Santiago, norte de Santa Catarina y Escobedo. Que a su vez pertenecen a la subprovincia de llanuras y lomeríos (Contreras, 2007: 20). 

Por estos municipios fluyen los tres principales ríos del estado, el río Pesquería, el río Santa Catarina y el río San Juan que da nombre a la cuenca hidrológica Bravo-San Juan, perteneciente a la región hidrológica Conchos-San Juan (Contreras, 2007:32). Además de los grandes ríos, el territorio de Nuevo León estaba repleto de ríos, arroyos y ojos de agua que apenas y han sido registrados ya sea por su bajo afluente o por su temprana desecación.

Otra característica importante es que existen zonas del estado en el que el nivel de lluvia es bastante alto en comparación del resto de las poblaciones del noreste mexicano. Actualmente se aproxima que anualmente cae entre 500 y 1000 mm de lluvia anuales (Contreras, 2007:22), cifras históricas confirman esa cantidad como una constante pues Vizcaya estima que para finales del siglo XIX caían 640 mm de lluvia anuales, mismo autor que admite que es poco para las condiciones del clima y la distribución preindustrial del agua, pero aun así señala esta característica como una ventaja para el auge industrial que tuvo la ciudad hacia 1890 (1971: 72).

La constancia de las lluvias y la presencia de diversas fuentes de agua permitieron la utilización de los suelos típicos de la subprovincia de llanuras y lomerías como son los vertisoles (suelos con alto contenido de arcilla) y los xerosoles (suelo árido que contiene materia orgánica) que pueden dar buenos resultados en el cultivo de diversos alimentos a través del riego (Contreras, 2007). Los buenos resultados fueron visibles en el centro histórico de Monterrey con el desarrollo de la agricultura que utilizaba el líquido de los ojos de agua y del río Santa Catarina.

El río Santa Catarina cruza los municipios de Santiago, San Pedro, Santa Catarina, Monterrey, Guadalupe, Juárez y Cadereyta, recoge las aguas de 32 cañones, se nutre del arroyo del Obispo de la sierra de las Mitras, el río la Silla desemboca en él y recibe también las corrientes de lluvia que bajan de la Loma Larga, antiguamente el río Santa Lucía desembocaba en él, finalmente une sus aguas con el río San Juan que desemboca en el río Bravo. (Guerrero, 2011: 38-39.)

Sus aguas alimentaban haciendas en todos los municipios mencionados, en Monterrey todavía a finales del siglo XIX el río regaba haciendas semi-rurales como Las Quintas (Vizcaya, 1971: 42), lo mismo que en Santa Catarina, donde se cultivaban manzanas, duraznos, ciruelas y tunas, entre otras frutas (Sánchez y Zaragoza, 1989). Ya desde el siglo XIX las aguas del río fueron utilizadas para la industria y comenzaron a presentarse las contradicciones entre la agricultura y la industria.

En la recopilación de fuentes primarias La historia del agua en Nuevo León, Siglo XIX de Daniel Sifuentes (2002) nos brinda el ejemplo de la disputa entre los hacendados de San Pedro, que buscaban aumentar su producción agrícola, contra la fábrica de tejidos e hilados La Fama, que utilizaba el agua del río para generar energía eléctrica. Este choque entre el interés de expandir los cultivos frente a la nueva necesidad de generar energía para la producción industrial es la antesala de la transformación del territorio regiomontano.

No está de más mencionar que la relación con el río Santa Catarina no siempre ha sido una historia de bonanza. Desde los primeros asentamientos la enorme captación de aguas de lluvia que tiene el río ha representado un problema constante. Podemos identificar al menos 18 inundaciones con niveles de destrucción importante, la inundación que cobró la mayor cantidad de muertos fue la de 1909 con un aproximado de cinco mil personas que perdieron la vida, afectando principalmente al municipio de Santa Catarina y al histórico barrio San Luisito –actual colonia Independencia. La última vez que el río desbordó su cauce fue en el 2010 tras las lluvias del huracán Alex (Torres y Santoscoy, 1985; Guerrero, 2011). 

Otras fuentes esenciales de agua para la agricultura y la industria han sido los ojos de agua permanentes entre los que destacan el Ojo de Agua de Santa Lucía y Los Nogales.  El Ojo de Santa Lucía se encontraba en lo que actualmente es el edificio del Poder Judicial de Nuevo León en las calles Allende y Zaragoza. Según Israel Cavazos, sus aguas no fueron utilizadas por los vecinos por su posición hacia el sur, por lo que se utilizaron para abastecer a los municipios de Cadereyta y Guadalupe, este último se alimentaba a través de la Acequia de los Pueblos Indios que dirigía las aguas del ojo cruzando el río Santa Catarina hasta llegar a las haciendas de Guadalupe, municipio habitado por tlaxcaltecas, de ahí el nombre de la acequia. (Cavazos, 1997: 17).

El ojo de agua de Los Nogales regaba la Hacienda de los Tijerina al sur de la ciudad y generaba un cause que desembocaba en el río Santa Catarina. Existió otro ojo de agua llamado Los Peña, pero por ahora solo sabemos que se encontraban hacia el poniente, aunque no hay claridad si se ubicaba en las actuales calles de Juan I. Ramón y 15 de mayo o a la altura del barrio del Mediterráneo. Sus aguas desembocaban en el río Santa Lucía (Torres y Santoscoy, 1985:16-19; Cavazos y Ortega, 2010: 293; Guerrero, 2011: 51; Sifuentes, 2002: 7). 

Por supuesto que los cuerpos de agua contaban con una flora y fauna propia. Fray Cristóbal Bellido y Fajardo en el siglo XVIII identificaba las siguientes especies de animales acuáticos: sardina, robalo, trucha, bagre, dorado, mojarra, anguila, camarón, piltontle (pylodictis olivaris) y puyón (desconocemos si eran galaxis platei o galaxis macutus). En cuanto a flora diversos testimonios nombran la existencia de fresnos, mezquite, huizache, anacahuita, anacua y capulín (Cavazos, 1997: 19; Saldaña, 1945: 187). 

Las acequias solían tener fugas que generaban zonas pantanosas que eran vistas como focos de infecciones y enfermedades, mismas que se convirtieron en el enemigo de la política pública para mediados del siglo XIX. Con el segundo brote de cólera entre 1844 y 1849, se llevaron a cabo diversos proyectos para canalizar las aguas de estos ojos y arroyos. Dicho proceso llevó a la desecación de los pantanos, a tal grado que el Dr. González (creador intelectual de la idea de la canalización) se quejaba de que habían secado a Monterrey. Tras un tercer brote de cólera en la década de 1866 se comenzaron las obras de canalización del Ojo de Santa Lucía, los cuales terminaron hasta 1887 (Guerrero, 2011: 51 y Salinas. 1975).

El uso del agua en Monterrey antes de la industrialización

Desde su primera fundación en 1577 el agua ha sido factor crucial para el desarrollo de la ciudad, pero los primeros intentos de población se veían mermados por el proceso de guerra entre los pobladores originales y los españoles. No es hasta el periodo que va de 1626 a 1715 que la colonización, la agricultura y la ganadería lograron establecerse (Espinosa Morales, 1998: 68-70)

El año de 1765 es clave para el desarrollo urbano de la ciudad de Monterrey y su relación con el agua. En ese momento el río Santa Catarina se volvió subterráneo antes de pasar por el centro de la ciudad, para salir a la superficie más adelante. Esto motivó la creación de nuevas acequias alimentadas por el Ojo de Santa Lucía para consumo de las haciendas que se encontraban alejadas del río Santa Catarina como la de Labores Nuevas. Antiguamente el río homónimo desembocaba en el río Santa Catarina antes de ser secado (Torres y Santoscoy, 1985: 19). Otra de las medidas que se tomaran con miras a cuidar y administrar el cauce de los ríos y ojos de agua. Entre ellas, en 1772 el gobernador Francisco Echegaray expidió un decreto que establecía severas multas a quienes descuidaran las condiciones de las acequias (Torres y Santoscoy, 1985: 19).

Tiempo después, en 1783, el obispo Fray Rafael José Verger mandó construir un aljibe[ii], convirtiéndose en la primera construcción de almacenamiento en el Monterrey colonial. Ubicado en el Obispado de la ciudad, fue diseñado para captar el agua de lluvia y poder disponer del líquido cuando llegara la escasez. El obispo promovió la creación de nuevas acequias, cañerías y canales, creando así el primer sistema formal de distribución de agua en la ciudad. A su muerte en 1790, el obispo Verger donó “al pueblo de Monterrey” una acequia a la que se le denominaba acequia madre por ser el origen del resto de las acequias que alimentaban las haciendas y los hogares de los vecinos (Torres y Santoscoy, 1985: 20).

En 1791 se realizó el primer plano oficial de la ciudad de Monterrey en el cual se localizaron 23 acequias y 75 norias que alimentaban a las haciendas, las casas particulares y las fuentes públicas de la ciudad. Dichas norias regularmente tenían una profundidad de 10 metros. La población que no tenía acceso a una noria solía adquirir el agua directamente de ríos, ojos de agua y fuentes públicas (Roel, 1984: 112; Sifuentes, 2002: 9-13)

Posteriormente, en 1795 el gobernador Simón Herrera y Leyva ordenó la construcción de dos presas en el centro urbano: “La presa grande” -ubicada en lo que actualmente son las calles Diego de Montemayor entre Juan I. Ramón y 15 de mayo- y “La presa chica” –ubicada en la actual calle de Escobedo en lo que ahora es el edificio Latino- sirvieron para captar las aguas de los Ojos de Santa Lucia con el fin de regar solares y parcelas (Torres y Santoscoy, 1985: 20-21; Sifuentes, 2002: 13-14).

Después de dichas obras fueron pocas las transformaciones en el consumo del agua en la ciudad. A nivel nacional la administración del agua siguió las directrices coloniales hasta finales del siglo XIX. Entre las principales características de la administración destaca la inexactitud con la que se repartía, ya que se consideraba solamente el tamaño de la apertura por donde ingresaba el agua del río y no la cantidad de agua en sí misma (Tortolero, 2000).

“La corona, propietaria de los recursos naturales, había cedido su uso a particulares a través de las mercedes reales. El derecho sobre el agua se podía comprar, arrendar u obtener mediante censo. Para distribuir el agua se empleaban partidores y cajas de agua que ocasionaban conflictos posteriores” (Tortolero, 2000: 54)

Estos conflictos posteriores se manifestaban en la distribución debido a la inexactitud del cálculo, la cual era manipulada en múltiples ocasiones, generando conflictos legales y en muchas ocasiones enfrentamientos violentos entre hacendados o entre el hacendado y las comunidades.

Para tratar de evitar estos conflictos existían juntas locales que pretendían controlar la distribución del líquido en la ciudad. Las juntas estaban formadas por hacendados, comerciantes, industriales, funcionarios de gobierno y doctores. Para 1827 la junta tenía el nombre de Comunicación de Aguas, en 1867 la misma institución pasa a llamarse Comunidad de Aguas compartiendo las mismas características (Cavazos, 1997). 

A mitad del siglo XIX comienza la primera etapa de la industrialización, una etapa que se le ha caracterizado como preindustrial por el origen mercantil de los fundadores de las primeras fábricas, por su limitada producción o por la diversidad de relaciones de trabajo; pero este periodo es la base de un auge industrial que no ha parado. Podemos encontrar en este periodo características muy importantes sobre el proceso de industrialización y su relación con el agua.

Destacamos que en 1854 el gobierno del estado se pone en contacto con el señor Sebastián Pane, quien era experto en la instalación de pozos artesianos en la ciudad de México. Lo novedoso en este tipo de pozos era no tanto su profundidad sino la efectividad de su tecnología, utilizando el “método chino” para realizar los trabajos. La instalación fue realizada bajo ciertas condiciones, entre la que destaca la disposición de “ocho presidiarios con su respectiva custodia para los trabajos y nocturnos”. Cabe destacar también que para 1892 se registró la existencia de este tipo de pozos en la Cervecería Cuauhtémoc (Sifuentes, 2002: 14-15 y 146).

Con el auge industrial a la vuelta de la esquina, el antiguo Monterrey se empezó a transformar paulatinamente. La Fábrica de Hilados y Tejidos “La Fama” se fundó en el municipio de Santa Catarina en 1854 y contaba con 3 mil husos, 130 telares y maquinaria para blanqueo y tintorería, todo esto impulsado por turbinas hidráulicas e ingenios. Poco después se fundaron nuevas fábricas de tejidos e hilados como “El Porvenir” en Santiago y “La Leona” la cual contaba con 3.296 husos y 150 telares movidos en su totalidad con turbinas hidráulicas. Las turbinas hidráulicas de “La Fama” y “La Leona” eran impulsadas con el agua del río Santa Catarina (Torres y Santoscoy, 1985: 34).

Ya hemos hecho referencia al conflicto entre “La Fama” y las haciendas de San Pedro, aunque no tenemos mucho detalle sobre las resoluciones del conflicto lo que si podemos observar es la creciente contradicción entre la administración del agua heredada del sistema colonial y las necesidades de la industria moderna.

El 11 de abril 1863, los dueños de la fábrica “La Fama” solicitaron al gobernador Santiago Vidaurri su intervención en el conflicto por el agua que había dejado paralizada a dicha fábrica durante 12 días. Aparentemente, los dueños de la Hacienda San Pedro de los Naranjo y de la Hacienda San Pedro de Los Nogales desviaron la corriente del río Santa Catarina, haciendo imposible la utilización de las turbinas hidráulicas de la fábrica (Sifuentes, 2002). 

Supuestamente los hacendados recibieron la aprobación del gobernador para realizar la desviación por contar con permisos que datan del siglo XVII. En su carta al gobernador, los dueños de la fábrica demostraron la invalidez de los decretos exponiendo los documentos de tres de las cinco veces que los hacendados de San Pedro habían intentado tener el control de las aguas del río Santa Catarina. La primera en 1645, la segunda en 1686, la tercera en 1778, la cuarta en 1851, siendo la quinta la referida en estas líneas. Todas las anteriores habían sido rechazadas por los gobiernos en turno con el argumento de que al no hacer uso de esas aguas durante un largo periodo de tiempo “voluntariamente han prescindido del derecho que a ellas pudieran tener” mismo argumento que sirvió para rechazar la solicitud la quinta vez (Sifuentes, 2002: 135).

Finalmente fue reestablecido el caudal del río y con ello la producción de la fábrica de hilados. No podríamos especificar si este conflicto tuvo una solución definitiva o si volvió a surgir. Pero podemos darnos una idea del resultado al observar que la fábrica de “La Fama” cerró en el 2004, momento para el que las haciendas de San Pedro ya tenían varias décadas de haber desaparecido.

De vuelta al centro de la ciudad, los primeros esfuerzos por crear un sistema de drenaje se plantearon con la llegada de las epidemias del cólera que se registran por primera vez en el estado en 1833. Tras una segunda epidemia en 1846 se organizó una Junta de Sanidad para realizar recomendaciones para controlar el brote de dicha enfermedad. Basados en las ideas de Kosh y Pasteur, se propuso eliminar las aguas negras y pantanosas de la ciudad por lo que se intentó canalizar el Ojo de Agua de Santa Lucía con el fin de evitar el brote de una nueva epidemia. La construcción comenzó hasta 1866 cuando una tercera ola de cólera golpeó a la ciudad y finalmente se construyó un canalón para evitar las fugas en las acequias y los pantanos que éstas creaban, pero no se terminaron las obras hasta 1887 (Guerrero, 2011; Salinas, 1975; Tortolero, 2000).

Esta fecha coincide con el final del primer periodo del Gral. Bernardo Reyes como gobernador de Nuevo León. Aunque el General es normalmente recordado por otras grandes obras como el Palacio de Gobierno o por haber impulsado la creación de las industrias más importantes de la región, es tal vez el proyecto del drenaje su proyecto más grande y con mayores implicaciones sociales en la ciudad. 

Debido al retraso del canalón la historia registra como el primer sistema de agua entubada en la ciudad se creó en 1878, con una tubería que conectaba la acequia de la Hacienda Las Quintas con la fuente de la plaza principal para el uso del público, sin embargo, la fuente pública nunca se concluyó (Torres y Santoscoy, 1985).

Otro uso que se le fue dando al agua a finales del siglo XIX fueron los baños públicos, el primero fue fundado en 1866 y poco a poco se crearon nuevos baños en el centro de la ciudad. Pero el baño más conocido se encontraba a 40-45 min del centro de la ciudad usando el tren impulsado por mulas cuya última parada era el “Topo Chico Hot Springs”. La importancia de los baños del Topo Chico proviene de la creencia en las propiedades curativas de sus ojos de agua, la cual fue puesta a prueba científica a finales del siglo XIX. En el estudio realizado por Francisco Vergara en 1892 sobre la hidrografía médica de Monterrey se describen las aguas del Topo Chico de la siguiente manera:

“El agua del Topo está clasificada entre los minerales sulfurosos. Su manantial produce agua a la temperatura de 41° centígrados. Se desprenden continuamente gases, constituidos por 97.50 de azoe[iii] y de 2.50 de ácido carbónico en cien volúmenes” (Sifuentes, 2002: 225) 

Estas propiedades hacían de las aguas del manantial parte de la medicina regional. La presencia del nitrógeno en el cuerpo humano se manifiesta como proteína y el ácido carbónico sirve para regular el Ph en el cuerpo humano. El propio Vergara describe que sus aguas eran utilizadas para tratar enfermedades, por ejemplo: sífilis, trastornos uterinos crónicos, dismenorrea, catarro uterino, enfermedades de la piel y epilepsia (Sifuentes, 2002).

Para la década de 1890 se fundan las principales embotelladoras que se establecen en la Hacienda de San Bernabé y en la Hacienda de Topo Chico. Para 1908, la Gran Fábrica de Gaseosas de San Bernabé y la Fábrica de Aguas Minerales de Topo Chico deciden unirse para formar la Compañía de Embotelladora Topo Chico. Terminando así con el sitio recreativo y con las fuentes de agua para los ejidatarios de las antiguas haciendas (Vizcaya, 2007: 45) y para los residentes que poblaron el cerro después de la segunda mitad del siglo XX.

Ya para finales del siglo XIX, Bernardo Reyes trató de impulsar diversos proyectos para crear un drenaje de tubería subterránea en la ciudad de Monterrey, o al menos en el centro de ésta, que en ese momento era poblado por las familias con mayor influencia en la política y la economía. La industrialización había llegado a la ciudad y era imposible sacar adelante dicha empresa con un sistema de distribución de agua no industrial. Corregir esto fue una tarea a la que Reyes le dedicó todo su tiempo como gobernador del estado.

Las ideas positivistas de la elite porfirista eran muy claras respecto a las aguas que brotan a la superficie; para ellos eran focos de enfermedades, epidemias y plagas, pero también recurso indispensable para la industria. Debían ser eliminadas del paisaje urbano y encausarlas hacia la productividad, bajo la lógica del porfiriato la solución estaba en la privatización del bien común que era el agua.

A modo de conclusión

La intención de este texto es proveer de información histórica que nos permita criticar la errónea concepción de Monterrey como una ciudad desértica. La crisis a la que nos enfrentamos no es parte de un designio divino ni de una geografía irrevocable, todo lo contrario. Pero, así como fue posible la destrucción y deterioro de nuestro ecosistema, también es posible actuar de forma contraria, con miras de crear una nueva manera de habitar sin que esta implique la destrucción de aquello que nos rodea.

Bibliografía

  • Cavazos, I. 1997 “Los Ojos de Santa Lucía” en Monterrey, voces del viento (Monterrey: UANL) [versión en línea]

https://www.academia.edu/8172200/Monterrey_voces_del_viento_cap_Ojos_de_santa_Luc%C3%ADa_Israel_Cavazos_

  • Cavazos, I y Ortega, I. (2010) “Monterrey: Capital de Nuevo León” en Morado, C. y Mendoza, J. (coords.) Nuevo León a través de sus Municipios. Monterrey: Milenio.
  • Contreras, C. (2007) Geografía de Nuevo León. Monterrey: Fondo Editorial de Nuevo León.
  • Espinoza Morales, L. (1998) Panorama del Nuevo León colonial en Duarte Ortega, N. Monterrey 400: pasado y presente. Monterrey. UANL.
  • Guerrero, A. (2011) Los ríos de Nuevo León. Monterrey: UANL.
  • Roel, S. (1984) Nuevo León: Apuntes históricos. Monterrey: Castillo.
  • Saldaña, J. (1945) Casos y Cosas de Monterrey. Monterrey: Impresora de Monterrey S.A.
  • Salinas, H. (1975) Sombras sobre la ciudad: Historia de las primeras grandes epidemias de viruela, cólera, fiebre amarilla e influenza española que ha sufrido Monterrey. Monterrey: Editorial Alfonso Reyes
  • Sánchez, O y Zaragoza, A. (1989) El río fiera bramaba: 1909. Monterrey: Archivo General del Estado.
  • Sifuentes, D. (2002) Historia del agua en Nuevo León, siglo XIX. Monterrey: UANL.
  • Torres, E y Santoscoy, M. (1985) La historia del agua en Monterrey: Desde 1577 hasta 1985. Monterrey: Castillo.
  • Tortolero, A. (2000) El agua y su historia: México y sus desafíos hacia el siglo XXI. México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Vizcaya, I. (1971) Orígenes de la Industrialización en Monterrey (1867-1920). Monterrey: Librería Tecnológico.

[i] Ambos textos son fragmentos modificados del capítulo de libro “Patrimonio de la industrialización del agua en Monterrey” pendiente a publicar como parte de las memorias del Congreso Internacional de Patrimonio Industrial.

[ii] Depósito grande, generalmente bajo tierra, para recoger y conservar el agua, especialmente de lluvia.

[iii] Antiguo nombre con el que se conocía al nitrógeno.

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