Recorrido por la Dominación de la Élite regiomontana (1820-1885) – Arnoldo Diaz

Introducción

Existen dos historias de Monterrey, la historia de las élites y las historias de quienes han sufrido la dominación de éstas. La primera se desarrolla de manera lineal en la historia escolar, la historia académica y la crónica oficial. La segunda, desenvuelta en forma de constelación, se ha desarrollado principalmente en la historiografía académica y poco a poco se va colando en los nuevos medios de comunicación como lo son las redes sociales y las revistas barriales. Los contrastes entre estas dos historias se pueden observar no solo en el papel, sino en la realidad material de la ciudad, los contrastes entre las clases sociales son más que evidentes en la ideología y hasta en el desarrollo urbanístico.

La historia lineal de la élite es también la historia de la Modernidad, en ella podemos observar las características de la domesticación que dicha clase social ha venido ejerciendo sobre la población de esta ciudad desde su fundación hasta la actualidad. En las grietas de esa historia podemos identificar los momentos que conforman las constelaciones de las otras historias, de nuestras historias y entender así el cómo las clases sociales no privilegiadas fueron aceptando o rechazando el pensamiento moderno y civilizatorio que podemos desglosar en tres grandes características: la necesidad de un Estado, la tendencia a privilegiar el desarrollo Urbano y la acogida del Patriarcado (Öcallan, 2017).  

Por ello, lo que se muestra aquí es un pequeño recorrido por la historia de la Modernidad y con ello de la burguesía local, apoyándonos en la historiografía, plantearemos algunas hipótesis que pretenden desarrollar una mirada crítica sobre la historia de nuestra ciudad. Las hipótesis presentadas aquí están hechas a manera de provocación para llamar la atención sobre ciertos problemas relevantes, pero casi siempre ignorados.

Como mencionábamos, existe en Monterrey una burguesía productiva, es decir, “un conjunto entrelazado de agentes sociales que se identifica por su posición respecto al control, propiedad y usufructo de la producción capitalista” (Cerutti, 2006, p. 157), una clase social que se encuentra en una posición superior al resto de la sociedad. En la historiografía académica se utiliza el concepto de paternalismo para entender el conjunto de prácticas desarrolladas en los espacios de esta clase, es decir, sus fábricas, para la construcción de una base social, punto clave para la prosperidad económica de esta élite (Snodgrass, 2009). Aquí reconocemos al paternalismo como un concepto útil para entender un momento histórico específico (principio del siglo XX), pero es insuficiente para explicar el largo proceso de dominación de clase, trataremos de explicar algunos puntos que llevaron al desarrollo de éste.

Todo esto con el objetivo de contribuir a la crítica de la Civilización Moderna, tanto en la formación de su cultura ideológica, como en la realización de la misma en la vida cotidiana, es decir, en su reproducción de la cultura material (Öcallan, 2017). Nuestro objetivo último es romper la idea de la naturalidad de los procesos históricos argumentando que los mismos son consecuencias de personas con necesidades e intereses específicos (Thompson, 1978), quienes crearon un concepto de “cultura regional” que pareciera arraigarse a las necesidades del desarrollo capitalista.

El castigo como base para la cultura del trabajo.

(1820-1840)

Desde finales del siglo XVII en la región se consolida una élite económica que, realizando tratos y negocios con sus iguales del centro del país, fue posicionándose en los altos puestos de la política y el ejército local. Esta élite es conformada por un puñado de familias de comerciantes y ganaderos quienes adquirieron un conveniente sentimiento regionalista debido a la falta de interés en la ciudad por parte de la corona española (Peña Guajardo, 2005).

La concentración del comercio colonial en la capital y en Veracruz impedía el abastecimiento de las poblaciones al norte, por lo que el comercio ilegal del puerto Soto la Marina se convirtió en una alternativa lucrativa. Una vez consumada la Independencia, se abrieron los puertos de Matamoros y Tampico, situación que fue de mucho provecho para los comerciantes locales (Méndez, 1998).

Por lo que después de la independencia de México la élite local no desaparece, de hecho, todo lo contrario, ésta se reafirma en la localidad con la continuación de su control de los puestos políticos y militares, además de continuar y aumentar sus grandes inversiones en el comercio, la ganadería y la agricultura. Esta élite impulsa el nacimiento de una nueva clase política local que diversificó su autoridad y poder a través de las diversas corporaciones institucionales (Cázares, 2009, p. 144).

Tanto durante, como después de la lucha por la independencia del país, los miembros de la élite nuevoleonesa buscaron la realización de proyectos que impulsaran el crecimiento económico local. Aquí la influencia del liberalismo económico se convirtió en guía fundamental de las decisiones de la élite en la provincia de este nuevo país, prueba de ello fue su insistencia por privatizar la tierra, sobre todo la asignada a la población indígena (Domínguez, 2009, p. 33) mucho antes de los gobiernos liberales de Juárez y Lerdo.

Observamos que durante la mayor parte del siglo XIX, la política de la región se dicta de manera indirecta por la élite económica ya que los funcionarios públicos son en su mayoría familiares y amigos cercanos de los principales burgueses locales, incluyendo eclesiásticos, abogados, médicos, comerciantes y pequeños industriales (Cázares, 2009, p. 144); de esta manera la élite de Nuevo León adquiere el control de los aparatos del Estado  -gobierno, mercado, ejército, iglesia, educación, etc.- y comienza la organización de la vida material bajo su propio paradigma.

Hay que remarcar que estamos hablando de personas específicas, pero al nombrarles como un conjunto reconocemos que todo el proceso que aquí recorremos fue construido desde la colectividad, como explica Claudia Domínguez:

“El pensamiento moderno fue asimilado y puesto en práctica no por un individuo, sino por colectividades. Además, esas colectividades tuvieron las facultades de influir directamente en la sociedad nuevoleonesa valiéndose de las instancias de poder legitimadas por las autoridades vigentes en ese momento.”

(2009, p. 40)

La idea de colectividad no es la misma de la que se habla en algunas tradiciones del socialismo o en la práctica de las comunidades originarias, pero sí es un ejemplo de una acción colectiva per se. Solo que no es la acción colectiva liberadora, sino lo contrario; dichas acciones se desarrollaron bajo los intereses y la ideología de una clase cuyo objetivo es posicionarse por encima del resto de la población.

En este periodo comienza la lucha de la clase privilegiada de Nuevo León por adquirir la mayor cantidad de autonomía administrativa ante los gobiernos centrales. Logrando en 1825 firmar la primera “Constitución Política del Estado Libre de Nuevo León”, con lo que comienza el proceso de control interno, mismo que se ve reflejado en la elaboración de censos, el mejoramiento de las cárceles, la criminalización de la vagancia, la administración de la ciudad bajo la lógica militar y la asignación de policías (Belard Silvano, 2015).

Para 1826, 13,391 personas conformaban el aparato productivo, pero solo 5, 585 eran considerados ciudadanos, mientras que 7, 806 personas y sus familias estaban privadas de su libertad legalmente y de facto, siendo los hacendados y las autoridades municipales quienes tomaban el control de sus vidas. A estas personas se les denominaban jornaleros o sirvientes y eran asignados al trabajo en la hacienda de labor, la mayoría terminaban en estas labores por haber cometido algún crimen menor (Galindo, 2009).

En 1827 el gobierno interior permitía al gobernador destinar a los vagos ociosos y sin oficio durante el tiempo requerido para su corrección a las cárceles, obrajes o haciendas de labor Galindo, 2009, p. 23), los trabajos forzados como castigo es muestra del rechazo de la élite regiomontana a soportar cualquier tipo de lo que denominaban una vida indigna para el resto de sus vecinos en la ciudad.

El sistema de justicia en el Nuevo León del siglo XIX deja al descubierto la intolerancia de las élites hacia el ocio y la vida indigna, lo que llevó a los gobiernos en turno –poco importó su filiación liberal o conservadora- a dictar leyes que buscaran corregir las prácticas indignas en la vida cotidiana. Esta reacción, según Galindo, se debe a que En la mentalidad de la clase hegemónica en Nuevo León las condiciones de desempleo eran producto de la holgazanería, las enfermedades, resultado de algún vicio y los actos delictivos, simple y sencillamente un derivado del mismo (2009, p. 66) lo que llevó a las élites a prohibir los juegos de azar y otros vicios.

A la par con las intenciones morales que sobresalen en estas leyes, las mismas permiten la lenta pero constante creación de la mano de obra necesaria para los trabajos que la élite requería para mantener y acrecentar sus unidades productivas. Lo que a finales del siglo XIX será el proletariado regiomontano, comienza en los primeros años de la vida independiente como la servidumbre obligada. El trabajo forzado, el destierro, el castigo físico y hasta la pena de muerte administrados por los propios hacendados y/o las autoridades municipales eran las maneras de pagar por los crímenes, entre ellos, la vagancia.

La pena de muerte en este momento de la historia de Nuevo León juega un papel determinante, la muerte por fusilamiento o ahorcamiento era un espectáculo cotidiano y se exhibía al público para cumplir la doble función de crear miedo y entretener. Esta doble función se consideraba necesaria ya que, aunque lo intentaran, la dominación no era absoluta. No debemos olvidar que existieron respuestas de rechazo y resistencias cotidianas a las condiciones de servidumbre como las fugas del servicio, vagancias en los campos y pueblos, ausentismo laboral, denuncias improcedentes a la justicia e incluso emigración a los Estados Unidos (Galindo, 2009, pp. 58).

Aunque quizá pequeñas, estas muestras de rechazo muestran desde un principio que la llamada “cultura del trabajo”, tan utilizada en el discurso de la élite actual, tiene sus orígenes en la “cultura del castigo”. El trabajo, la honestidad, la obediencia y el desprecio al ocio son valores que se transmitieron a través del castigo.

El salvaje proceso de la Modernidad. 1840-1885

Los años que van de 1840 a 1885 representan, en la historiografía nacional y regional, una época de traumas, una época de constantes guerras donde el poder residía en el control militar. A lo largo de este periodo vemos disputas al interior de la república y dos invasiones extranjeras. La incapacidad del gobierno central para defender al país da pie para que en los diferentes territorios surjan caudillos y caciques, quienes van tomando el control de las provincias gracias al desarrollo militar y al apoyo de las élites locales.

Si bien la temporalidad de este apartado abarca desde 1840 para dar continuidad a la narración, el análisis parte concretamente de la década de 1850 que se caracteriza por la reordenación de la frontera, la intensificación del conflicto con los pueblos seminómadas y el ascenso de la figura de Santiago Vidaurri en el escenario político de la región. Mario Cerruti identifica este periodo como la etapa de acumulación originaria de capitales en Nuevo León, caracterizándola como una etapa precapitalista. Para Ceballos y Barrera Enderle, es en este periodo en el que se construyen los valores que se supone caracterizan a la población regiomontana o por lo menos al discurso de sus políticos y burgueses.

La economía de Nuevo León durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo determinada por la guerra, de igual manera la organización y legitimidad del gobierno se logra a través del poder militar, cuyo objetivo final es la estabilidad del comercio. Por ejemplo, con la nueva frontera con Estados Unidos después de la guerra con México (1846-1848) la burguesía local tuvo un giro definitivo en su crecimiento al colocar a la ciudad en una importante situación geográfica, beneficiando así a los comerciantes: De una u otra manera, la guerra estimulaba la economía zonal, y eso se manifestaba en beneficios específicos para los núcleos sociales que intervenían en la circulación y/o en la producción (Cerutti, 1983, p. 209).

Después de la guerra con Estados Unidos se intensifica la guerra contra los pueblos semínomadas del norte de México y sur de Estados Unidos. Esta larga guerra la podemos comprender en dos tiempos, el de la ocupación violenta durante el proceso de los grandes descubrimientos ultamarinos (Reséndiz, 1983, p. 39) es decir, las campañas de bautismo y conquista que los españoles llevaron a cabo por toda América Latina durante la colonia y que se perpetuaron hasta principios del siglo XX; y un segundo proceso  particularizado por una articulación del mercado mundial en su especificación de división internacional del trabajo (Reséndiz, 1983, p. 39), enmarcado en la rápida expansión de Texas y en general de Estado Unidos de América, que abre a este país a nuevas posibilidades de industrialización.

Es así como los pueblos seminómadas son despojados de sus territorios y comienzan un proceso de resistencia producto de […] la condición de supervivencia a que fueron reducidas al padecer el despojo violento de sus tierras, de sus aguas y todo cuanto constituía su hábitat (Reséndiz, 1983, p. 39), atrapados entre dos Estados cuyo objetivo es la asimilación o exterminio de sus culturas, los pueblos seminómadas se ven en la necesidad de comenzar las llamadas penetraciones.

Las penetraciones realizadas por los lipaneses, comanches, mezcaleros, apaches, entre otros, consistían en:

“[…] incendios de rancherías, destrucción de sembradíos, robo de caballada, asaltos a las haciendas, asesinatos a peones, raptos de mujeres y niños, robo de toda clase de bienes materiales, dejando tras de sí una estela de desmoralización y pesadumbre entre las poblaciones victimadas”

(Reséndiz, 1983, p. 5).

Tales acciones se desarrollaron en buena parte de los pueblos de todo el noreste, ya que la movilidad de los y las seminómadas abarcaba un amplio territorio de los estados de Nuevo León, Coahuila, Tamauilipas, Texas y Chihuahua, no solo los poblados fronterizos, el desplazamiento de la población hacia los centros urbanos era algo común.

Es en este contexto que aparece Santiago Vidaurri quien al exaltar las necesidades regionales y hacerse del poder militar fue capaz de controlar los estados de Nuevo León y Coahuila, siempre con el apoyo y respaldo de un sector de la élite, mientras que aquellos que no apoyaran al caudillo sufrían de represalias. La hegemonía que este personaje construyó estaba directamente ligada al poder militar, en su capacidad de organizar y mantener tropas, tarea de suma dificultad debido a la dispersión del ejército mexicano en esa época.

Para este fin fue determinante tener una buena relación con la élite norestense e inversores extranjeros que vieron en la nueva frontera una oportunidad de acrecentar sus ganancias. Vidaurri dispuso una serie de medidas como el […] rebajar drásticamente los impuestos a las importaciones, al ofrecer todo tipo de ventajas para la circulación y exportación del metálico (Cerruti, 1983, p. 197) para facilitar este fin. 

El Arancel Vidaurri con el que el gobierno estatal tomaba el control de los impuestos fronterizos fue crucial para el sostenimiento de las tropas del caudillo, además de ser el impulso que abriría al mercado mundial –vía el Río Bravo y Texas- el ámbito que enmarcaba a Monterrey, y pondría a los mercaderes de esta ciudad en evidente ventaja en la competencia que se desataría con sus colegas en las áreas centrales (Cerruti, 1983, p. 71), en este momento comienza la configuración definitiva de lo que será la burguesía regiomontana que existe hasta la actualidad.

Patricio Milmo, Evaristo Madero, Valentín Rivero, los Hernández, los Zambrano, los Gonzáles Treviño, así como descendientes de Pedro Calderón, son algunos de los personajes de la élite que apoyaron al gobierno de Vidaurri, no solo en la guerra contra los pueblos, incluso durante los conflictos del caudillo contra el presidente Benito Juárez y la Intervención Francesa.

Las guerras beneficiaban directamente a los sectores de producción y circulación de mercancías, mientras que los ataques nómadas obligaban al desplazamiento de las comunidades rurales, facilitando la compra o apropiación de las tierras para quienes tenían la ventaja económica o el poder político (Reséndiz, 1983; Cerruti, 1983), este proceso sienta las bases para el desarrollo del capitalismo industrial asegurando el abastecimiento de la materia prima a través de la apropiación de tierras y abriendo el largo proceso de migraciones del campo a la ciudad para proveer mano de obra a las fábricas que poco a poco se formarían.

La creación de los valores ancestrales

El desarrollo de la clase burguesa, posicionada como opresora, es solo posible con la existencia de una clase oprimida que no es homogénea ni estática y por lo tanto es capaz de aceptar la dominación o resistir a ella. La aceptación de la dominación nace con la violencia expresada en los castigos y las guerras, pero adquiere su carácter “racional” en el discurso y la ideología.

En el noreste durante el siglo XIX nacen las ideas que conforman lo que Manuel Ceballos llama valores ancestrales del noreste histórico, entiéndase por ello los valores del liberalismo regionalista de la burguesía. Libertad, patria y federación son los lemas que las élites buscaban transmitir a las clases oprimidas, para buscar el respaldo de éstas (2006).

Pero la transmisión de estos valores no se da únicamente con el castigo o la guerra. Alberto Barrera Enderle estudió la función del discurso político en la plaza pública de Monterrey, utilizado para la transmisión de noticias, pero también valores e ideologías. Desde el púlpito, los caudillos de la localidad vieron aquí una oportunidad para exponer y justificar su proyecto regional.

En tiempos de Vidaurrí se utilizó un discurso histórico fuertemente cargado de intereses locales. La historia recordada en esas fiestas era adaptada, manipulada y maquillada según las necesidades del momento (Barrera, 2008 p. 130), poco a poco se fue creando un discurso regionalista que buscaba legitimar al grupo político de Vidaurri creando una diferenciación primero entre el ciudadano y el indígena, después entre el norteño y el capitalino.

La importancia del discurso público y el control del gobierno de los medios de comunicación impresos durante la segunda mitad del siglo XIX radica en la aceptación de las campañas y necesidades de las élites locales, destacando las siguientes:

“La defensa contra los bárbaros y filibusteros, el contrabando a través de la frontera, la sensación de abandono y las grandes distancias entre el centro del país y la región noreste fueron elementos explotados por las élites gobernantes de la región para dotar a los nuevoleoneses de características propias que hacían ver al Gobierno estatal como alguien que comprendía e intentaba solucionar dichos males y, por lo tanto, como un aliado”

(Barrera, 2008, p. 119).

La exaltación de la contraposición de un gobierno estatal aliado y un gobierno federal como enemigo es quizá el ejemplo más claro de la difusión de una agenda política específica en las fiestas civiles de la localidad.

Pero a pesar de utilizar estos y otros métodos para la transmisión ideológica, la defensa de la patria y la federación no formaron parte de los planes de la población nuevoleonesa durante la Intervención Francesa. En el periodo en el que la guerra se intensifica en el noreste, se presenta una negativa de una parte de la población hacia los requerimientos de la federación y, en última instancia, hacia la guerra (Lara, 2009, p. 97), rechazando y huyendo del reclutamiento o negando el apoyo económico a las tropas que pasaran por los diversos poblados.

Tanto el gobierno republicano encabezado por Benito Juárez, como el gobierno Imperial dirigido por Maximiliano de Habsburgo, en los diferentes momentos en que estuvieron al cargo del estado durante la guerra, al ver la falta de cooperación que se daba por parte de la población decretaron la leva y una serie de disposiciones para agilizar la captura y castigo de aquellos hombres que huyeran del servicio militar. Además, ambos gobiernos realizaron saqueos y daños en las comunidades nuevoleonesas que van desde el asesinato, violaciones sexuales a mujeres, la quema de tierras y casas, entre otras (Lara, 2009).

Durante este proceso, la Guerra de Secesión en Estados Unidos de América (1861-1865) fue vista como una oportunidad comercial. El contrabando fue parte importante de la economía local durante estas coyunturas donde era necesario mantener ejércitos armados y alimentados, lo que permitió a los comerciantes aprovechar su papel de prestamistas y con ello […] la embrionaria burguesía de Monterrey encontró una vía adecuada para la reproducción ampliada de sus capitales, para la formación de fortunas de considerable magnitud (Cerutti, 1983, p. 210). Destaca aquí el papel de Evaristo Madero [Abuelo de Francisco I. Madero] durante la Guerra de Secesión quien se enriquece a través del contrabando y quien apoyó la guerra contra apaches y comanches durante el periodo de Vidaurri (Cerutti, 2006).

Finalmente, la resistencia frente al Imperio se hizo presente, pero no precisamente por un espíritu patriótico, más bien, por la aparición de nuevas figuras militares de la región que suplantan a Vidaurri, quien perdió casi toda influencia en el estado consecuencia de su alianza con Maximiliano. Las victorias militares de Mariano Escobedo, Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo vuelcan a la población, anteriormente temerosa de las represalias de republicanos e imperialistas, a comenzar acciones de solidaridad con las fuerzas regionales para expulsar a los franceses. Éstos militares se convierten en los nuevos hombres fuertes de la región, refuerzan las estructuras construidas por Santiago Vidaurri, y al igual que éste, vieron en la burguesía local un aliado obligado.

Rumbo a la paz que trae el orden

Con la caída del último Imperio que ha sido proclamado en la historia nacional, Benito Juárez y los liberales quedan como los líderes indiscutibles de un México devastado. La restauración de la República bajo los principios liberales, incluyendo la limpia de militares de los cargos públicos, se vuelve una tarea primordial pero irrealizable. El sostenimiento de los caudillos y caciques en regiones como el noreste es la única opción que tiene el gobierno central para poder evitar un nuevo conflicto con las provincias del país.

Es así como militares como Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo se perpetuaron en el poder. Para este momento, los jefes militares comprendieron que si pretendían tener un control de la zona tenían que difundir su influencia en lo económico, lo político, lo militar y lo social a como diera costa.

Para ejemplificar esto debemos centrarnos en la figura de Jerónimo Treviño, ya que hace uso de diversas instituciones para poder llegar y mantener el control del gobierno desde 1864 hasta 1871. En primer lugar, Treviño hace uso de la guardia nacional, es decir, del ejército, ya que, al continuar las penetraciones de los apaches, las rebeliones locales y el bandolerismo, los asuntos de seguridad eran la principal fuente de legitimidad.

Aunque algunas fracciones de la burguesía se le oponían políticamente, Treviño fue capaz de perpetuar su influencia mediante vías antidemocráticas:

Existe evidencia documental de las labores de manipulación política que efectuaban los individuos pertenecientes a la facción treviñista para sacar avante la candidatura de Narciso Dávila y Ramón García Chavarri para diputados al Congreso de la Unión en las elecciones federales de 1859. Esto demuestra que el círculo político de Treviño realizaba maniobras de control electoral que restringía el acceso de rivales políticos a puestos importantes

(Peña, 2009, p. 149).

Éste y otros ejemplos explicados por Antonio Peña, nos muestran las fallas prácticas e históricas del liberalismo político y la democracia. Las características elitistas del sistema democrático de Nuevo León en el siglo XIX abren la oportunidad para que personajes como Treviño tomen el control de la política local mediante la fuerza y las amenazas.

Pero la dominación de una clase sobre otra, como hemos dejado claro, no solo depende de la moneda o de la espada, la difusión de las ideas y de la ciencia, que va desde el discurso público hasta el desarrollo de la prensa controlada por la élite. En este sentido, Treviño se rodeó de intelectuales liberales que fueron claves en la construcción de la educación, la salud y la cultura, entre ellos destaca la figura del conocido médico José Eleuterio González quien respalda este gobierno y da forma al proyecto del Colegio Civil (Peña, 2009).

Desde 1859, durante el gobierno interino de Aramberri, se decretó la creación del Colegio Civil para proporcionar una educación media superior y superior de calidad, pública, laica y científica. Este Colegio recibe a su primer matriculado el 5 de noviembre de 1859, su nombre era Antonio Ma. Elizondo y su inscripción es completamente gratuita (Salazar, 2002).

¿Por qué a las élites les interesaría crear una institución gratuita?, debido a las limitaciones del trabajo no podemos más que suponer que esto responde al impulso civilizador de éstas, que con la creación de un aparato educativo gratuito, laico y científico buscan tener el control del conocimiento para guiarlo hacia el beneficio del sistema burgués, como clase y como gobierno, Luis J. Galán Wong en la presentación del libro de Hermilo Salazar Suárez identifica estos cambios:

Como era también inevitable, en estos cambios se introdujeron muchos aspectos no pedagógicos, como el despertar del nacionalismo, que condujo a la educación a ser un instrumento para afirmar -o incluso crear- la conciencia nacional o regional; la crisis de los valores tradicionales, por la pérdida de la influencia social de la religión y la falta de un consenso sobre los nuevos valores que habían de difundirse en los nuevos modelos

(Galán, 2002, p. 7).

El nacionalismo o el regionalismo difundidos por la clase tienen orígenes de clase, tienen un objetivo político y económico definido que se difunde en nombre de la ciencia y la razón.

En las décadas previas al ascenso de Porfirio Díaz, desaparecieron las condiciones de la economía de guerra y los comerciantes comienzan a trasladar sus capitales a la industria (Méndez, 1998). Entre 1870 y 1880 solía llamársele industria urbana a los trapiches, obrajes y los talleres artesanales, entre los que destacan zapaterías, herrerías, carpinterías, etc., pero para este momento se establecen las industrias pioneras destacando la Fábrica de Hilados y Tejidos La Fama (1854), El Porvenir (1871) y La Leona Textil (1874) (Rojas, 2008).

El grupo de familias de la élite no cambia mucho, solo crece y se diversifica: los Garza, Milmo, Zambrano, Rivero, Sada, etc., que a través de los matrimonios perpetuarán su poder en la región (Cerutti, 1998). Pasando el tiempo este grupo llegó a ser conformado por 50 familias, las cuales han ido diversificando su influencia a través de múltiples inversiones (Vellinga, 1971). Tal confianza les permite desafiar al gobierno federal en múltiples ocasiones.

Un ejemplo quizá indirecto, pero igualmente importante, es la participación de Patricio Milmo, Francisco Sada, Idelfonso Zambrano, Isaac Garza, Manuel Z. Barragán en el descontento de los católicos mexicanos contra el avance de las reformas liberales de Lerdo de Tejada en 1874, en dicha ocasión se entregó un documento firmado por más de 3000 personas y múltiples funcionarios públicos reconsideraron su apoyo al gobierno federal (Camacho, 2017). Aunque no parezca gran cosa, esto sirve de experiencia para los enfrentamientos de la burguesía con el gobierno federal en el siglo XX.

La cada vez más poderosa élite económica de la región no dudó dos veces en apoyar a Porfirio Díaz cuando conocieron los planes que facilitarían sus inversiones industriales. Los viejos caudillos que apoyaron a Juárez y después a Díaz para 1885 van siendo relegados de la vida política del estado, algunos murieron excluidos, otros participaron en futuros levantamientos (Jerónimo Treviño fue gobernador una vez más en 1913) pero desde 1885 hasta 1911 la dictadura de Porfirio Díaz, representada en el estado por el Gral. Bernardo Reyes, da el último impulso para la consolidación de la burguesía.

Como pudimos percatarnos, el periodo de vida independiente en México presenta características generales del sistema capitalista mercantilista. Cerutti ve en este periodo un conjunto de características precapitalistas, pero tras lo expuesto, debo marcar un serio desacuerdo. El mismo autor hace esta clasificación del periodo histórico basado en un paradigma de la industria como reflejo del capitalismo moderno muy apegado a las teorías de interpretación que corresponden al momento en que Cerutti escribe (1983).

Sin embargo, al concebir al sistema capitalista no solo como un sistema de producción, sino como un conjunto de procesos que tienden a la explotación de una clase sobre otra, es decir, de relaciones de clase desiguales, podemos ver que para este momento el capitalismo está más que formado y que no tiene amenazas importantes. Los mismos que se enriquecieron con la guerra ahora, con la “Paz y Orden” de la dictadura de Díaz, empieza a convertir a Monterrey en una ciudad industrial y con ello las diferencias de clase se agudizan.

A modo de conclusión

A manera de conclusión me gustaría puntualizar lo que este recorrido nos dice sobre los pilares de la Civilización Occidental en nuestro territorio. Vimos cómo la formación del Estado, y del mercado que éste defiende, es una historia de violencia, de protección de intereses privados, y para lograrlo se creó, al mismo tiempo, un discurso de sacralización del trabajo y un discurso de odio hacia la diferencia, principalmente hacia la población originaria.

Observamos también cómo se fue consolidando a Monterrey como un espacio Urbano. A raíz de las diversas guerras (civiles, invasiones y de exterminio) facilitan la apropiación de la tierra rural y la migración del campo a la ciudad. Es en el periodo de Bernardo Reyes cuando esta tendencia se empieza a racionalizar y se favorece la inversión en infraestructura urbana, poco a poco el Monterrey rural desaparece.

Pero es necesario destacar la gran ausencia, la historia del Patriarcado. Si bien intentamos hacer visibles dos de los aspectos de la civilización Estado y Urbanización, la imposición de las estructuras patriarcales en la época colonial y en el siglo XIX siguen siendo prácticamente desconocidos para la historiografía local. Habrá que llenar esos vacíos con nuevas investigaciones que por su propia naturaleza deberán ser críticas y convertirse en praxis transformadora de la situación actual. Este es, al final, el objetivo de todo conocimiento.


Bibliografía

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Cázares, E., Domínguez, C., y Martínez Wong, M. (2009) Monterrey: Origen Y Destino (t. IV). Municipio de Monterrey.

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* Para continuar el recorrido sugerimos revisar Construyendo la hegemonía cultural en Monterrey (1890-1930)

2 comentarios sobre “Recorrido por la Dominación de la Élite regiomontana (1820-1885) – Arnoldo Diaz

  1. Al lee el título del artículo pensé que abordarias también el siglo XX, pero esa historia está muy caliente todavía y a las élites locales les cala tanto que buscarían censurarte, sobre todo si hablas de la época del TLCAN y el fobaproa.

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