Mario Espinosa – Grupo Antihistoria
¿Por qué nuestras generaciones se muestran incapaces de imaginar un mundo más allá del capitalismo?, ¿por qué cada intento de crear arte subversivo es mercantilizado y empaquetado para el consumo masivo? ¿por qué seguimos estancados en visiones revolucionarias del siglo XX? Aquellos nacidos después de los 90´s y los 2000´s se enfrentan a un panorama tétrico, la muerte del futuro.
Estás generaciones no sólo se criaron en un contexto donde cualquier modelo político de izquierda que pudiera representar un estandarte para la organización de las clases trabajadoras se había extinto, tal como la Unión Soviética, o se mostraba en una imposibilidad de trascender sus barreras, como Cuba. Sino que encima, les toco nacer entre los horrores del capitalismo tardío, la “guerra contra el terrorismo” después del atentado de las torres gemelas en el 2001 y la crisis inmobiliaria del 2008 que tumbo cualquier ilusión de progreso o seguridad bajo el modelo neoliberal.
Nacimos entre monstruos, vampiros y zombis, ya no quedan héroes que se atrevan a alzarse contra las hordas del autoritarismo, la vigilancia masiva y la depredación mutua. Algunos nostálgicos, presas de su incapacidad de trascender las barreras impuestas por el capital, sueñan con el regreso de las viejas vanguardias proletarias, de los partidos bolcheviques, sin ver que sus categorías y paradigmas analíticos se quedaron estancados en el siglo XIX. Evocan las leyendas del bolchevismo sin reparar en criticar las medidas que tomaron para mantener el control y cómo no superaron la forma mercancía.
Otros, ya presas del cinismo, simplemente se refugian en la fantasía de que vivirán menos de lo que la crisis los alcanzará y están en un bucle constante de “Disfruta lo que puedas, consume lo que quieras”. En este contexto es que la obra de Mark Fisher cobra una relevancia y popularidad para todas aquellas juventudes que si bien, están desencantadas con la realidad, aún guardan la esperanza de un cambio.
El filósofo británico logra diagnosticar con precisión quirúrgica los malestares psicológicos y sociales que padecen los hijos del nuevo milenio, después de todo y lamentablemente, el autor fue uno de los infectados por ese trastorno que alrededor de 332 millones de personas padecen alrededor del mundo, la depresión (Organización Mundial de la Salud, 2025). Está es una pequeña introducción a la obra de uno de los más importantes pensadores de izquierda de la actualidad, una que puede resonar con cualquier huérfano de las utopías abortadas.
La cultura como espejo de nuestra (in)capacidad de imaginar
Una de las formas en las que Fisher disecciona las condiciones sociopolíticas es mediante el análisis de las obras artísticas. El filósofo británico se distanciaba de los marxistas más ortodoxos y tradicionales, veía en los referentes de la cultura pop el cómo toda una generación había olvidado el cómo crear utopías que les sonarán posibles, cayendo en una repetición de clichés constantes basados en el cyberpunk. Incluso las distopías autoritarias han desaparecido del imaginario colectivo, puesto que en ellas es bastante claro quién es el enemigo y que una vez vencido las cosas irían mejor. Ahora, con la complejidad de nuestro sistema, es imposible ponerle un rostro al causante de todo mal y los problemas se ven como un nudo gordiano imposible de desenredar, siendo más fácil dejarnos asfixiar por él, que tan siquiera intentar desatarnos.
Fisher era un gran fanático de la música y el cine, puesto que ahí yacen las representaciones de nuestras ansiedades, mitos y fantasías. Además, de ser capaces de alterar las percepciones de las personas sobre los fenómenos que le rodean. Esto le hace acercarse más a las ideas de la escuela de Fráncfort, Gramsci y Debord, viendo en la industria cultural un arma refinada dónde los intereses capitalistas invierten cantidades descomunales de dinero para propagar sus ideas. No por nada, el ejército americano es uno de los principales inversores de videojuegos como Call of Duty (Villanueva, 2022) o el Pentágono produciendo la película de Iron Man (Gate, 2025). La estética puede hacer atractiva hasta los eventos más perturbadores de la experiencia humana, disociando la cognición para aceptar los mitos creadas por las clases dominantes.
Es innegable el inmenso poder que tienen los productos culturales sobre la conciencia colectiva de las masas, durante las décadas de la guerra fría, Estados Unidos invirtió en miles de obras literarias, cinematográficas y musicales para impregnar en cada ciudadano el miedo rojo, lo que nos lleva a que incluso, después de la caída del muro de Berlín, la mayoría de las personas reaccionen con temor a cualquier idea vagamente comunista o de izquierda, todo por los mitos que la industria cultural creo.
Ahora cabría preguntarse, tras la ruptura del sueño socialista y la muerte de Dios, ¿qué gran mito queda que dota de sentido las vidas de millones? Irónicamente, es el mito de que no existe ningún mito, ningún futuro. El capital absorbió al vacío para hacer que queramos llenarlo a través del consumo y el éxito individual:
El capitalismo es lo que queda en pie cuando las creencias colapsan en el nivel de la elaboración ritual o simbólica, dejando como resto solamente al consumidor-espectador que camina a tientas entre reliquias y ruinas. […] En su pretensión de “habernos liberado de las ‘abstracciones fatales’ inspiradas por las ‘ideologías del pasado’” […] el realismo capitalista se presenta como la coraza que nos protege contra los peligros de la fe. La actitud de distancia irónica típica del capitalismo posmoderno es capaz de inmunizarnos, se supone, contra las seducciones de cualquier fanatismo. (Fisher, 2016, Pág. 26).
La ficción ha abandonado cualquier posibilidad de crear escenarios utópicos como en Star Trek o los Supersónicos. Las intenciones de un mundo de paz, amor y armonía como se cantaba en la música hippie son tachadas de ridículas e irreales. Ahora estamos estancados en escenarios postapocalípticos y futuros cyberpunk. La diferencia entre cómo se percibía el futuro en los 80´s y en la actualidad se puede analizar mediante dos obras.
Akira de 1988 es una película anime donde la sociedad japonesa se encuentra tan podrida desde sus cimientos, que la completa aniquilación de todas sus instituciones por un experimento gubernamental salido de control, deja a un grupo de jóvenes furiosos pero esperanzados con un terreno limpio para reconstruir una realidad más amable, dónde verdaderamente puedan aprender de los errores de su pasado.
En comparación, la serie de Netflix Cyberpunk Edgerunners de 2022 y el videojuego Cyberpunk 2077 reflexionan que ni siquiera haciendo estallar una bomba nuclear en el epicentro de la zona financiera, comercial y productiva más importante del mundo sería suficiente para acabar con el capitalismo. Porque sus mecanismos económicos están tan mundializados y reproducidos en cualquier parte, que no le toma más que un par de décadas recuperarse como si nada hubiera pasado, tal como ocurrió en 2020, dónde ni una pandemia mundial hizo temblar los cimientos del capitalismo. No hay cabeza central que cortar, su poder está tan consolidado como el de una hidra, la cual incluso es capaz de sacar provecho monetario de que le hayan cortado una cabeza, publicitando y vendiéndola.
Ese pesimismo se puede ver en detalles tan sutiles como en Scott Pilgrim: Takes Off, también de Netflix, dónde en otras series al ver vistazos del futuro de los protagonistas se revela que alcanzaron la madurez y una estabilidad que les hace poder concretar una familia o comunidad como en Fullmetal Alchemist: Brotherhood, en el futuro de la serie, Canadá es otro escenario genérico postcrisis e hipertecnológico dónde a pesar de que se tiene las herramientas para viajar en el tiempo, la clase obrera está precarizada y el protagonista se volvió en un niño-hombre, teniendo que seguir viviendo con su roomie Wallace porque ni siquiera puede conseguir un trabajo estable, intentando cumplir su sueño adolescente de tener una banda famosa.
Ambas series revelan cosas aterradoras, que la carencia que nos obliga a vivir el capitalismo sólo nos dejan tres opciones: 1) Sobrevivir mediante el crimen como lumpenproletariado sabiendo que en cualquier momento podemos morir, 2) Inmolarnos e intentar destruirlo todo (incluyéndonos) pero con un esfuerzo en vano, 3) Aferrarnos a figuras adultas que tengan una mayor estabilidad porque las condiciones no nos permiten ser adultos funcionales.
La Rebeldía está en venta
Existe una ironía muy curiosa y perversa en que una serie tan crítica contra los monopolios empresariales como The Boys sea financiada por Amazon, una corporación la cual ha sido envuelta en polémicas por sus tratos deshumanizantes como el hacer orinar a sus empleados en botellas de plástico (BBC News Mundo, 2021). Está contradicción la explicaría Fisher (2016) en su libro Realismo Capitalista: ¿No hay alternativa? Nos dice: que veamos empresas haciendo productos antiempresas no sería un glitch o error del sistema, sino su triunfo.
Mientras la crítica en los regímenes autoritarios como las dictaduras fascistas son censuradas para no poner en duda el poder del Estado, bajo el régimen del capitalismo tardío la crítica ya no es sólo tolerada, sino necesaria. Cuando el autor habla de lo “real” o de “realismo”, se debe entender que es un estado donde el sujeto acepta el mito de que la realidad tiene una naturaleza inherentemente miserable y el ser humano es egoísta, casi llegando a una concepción schopenhaueriana o hobbesiana del mundo. La vida es un estado de perpetuo conflicto, de deseos insatisfechos, pero a pesar de eso podría ser peor.
Por eso, cada vez que se ataca al capitalismo, no se responde con sus virtudes (porque son escasas) sino se argumenta que cualquier alternativa es peor, se tacha que los intentos de llevar a la práctica al comunismo han matado a cientos de millones (aunque sea mentira) o que el anarquismo sólo es un caos desorganizado dónde se está en una lucha de todos contra todos (aunque eso sea exactamente todo lo contrario al anarquismo). Así, el capitalismo se alza como único modelo que si bien, no es perfecto, es la posibilidad más viable y que traerá menos sufrimiento.
Esa no es la única defensa que tiene el realismo capitalista ante la crítica. Probablemente la que cause más conflictos y contradicciones a todos aquellos que genuinamente buscan un cambio es la absorción y asimilación de cualquier intento de subversión. Un ejemplo contemporáneo de esa capacidad de absorción se encuentra en la máscara de Guy Fawkes aparecida tanto en la película como en el cómic de V For Vendetta.
Está máscara es usada en la obra de Alan Moore por un revolucionario anarquista, que busca derrocar al partido fascista “Fuego Nórdico”. El símbolo fue apropiado por las juventudes para ser una muestra de identidad contra la opresión, apareciendo en movimientos anticapitalistas como Ocuppy Wallstreet y siendo apropiada por los grupos de hackers como Anonymous. Sin embargo, la cuestión contradictoria es que la máscara que debía simbolizar la resistencia contra toda opresión es tratada como una mercancía, comercializada masivamente para vender la idea de “ser rebelde”. El propio autor del cómic reconoció está cuestión absurda, acostumbrado a que las empresas se apropien de signos contraculturales para capitalizarlos:
Es un poco bochornoso ser una corporación que obtiene ganancias a partir de protestas anti-corporaciones. No es un asunto con el que ellos quieran estar relacionados. Pero lo cierto es que no les gusta perder dinero: va contra su instinto… Lo encuentro más divertido que molesto. (Moore, 2011).
La disidencia absoluta no existe, el capitalismo obliga a cualquiera a participar en su juego de consumo, todo intento por escapar de las relaciones mercantiles se vuelve inútil porque siempre el mercado tendrá el producto que necesitas para sobrevivir o crear tu revolución.
El poder del realismo capitalista deriva parcialmente de la forma en que el capitalismo subsume y consume todas las historias previas. Es este efecto de su “sistema de equivalencia general”, capaz de asignar un valor monetario a todos los objetos culturales, no importa si hablamos de iconografía religiosa, de la pornografía o de El Capital de Marx. […] A través de la conversión general de prácticas y rituales en objetos meramente estéticos, las creencias culturales previas quedan objetivadamente ironizadas, transformadas en artefactos. (Fisher, 2016, Pág. 25).
La rebeldía se vuelve un mero reclamo publicitario como en Mr Robot, Watchdogs o Green Day. Se convierte en una identidad performativa, un catálogo de productos que hace resaltar a uno sobre otros, así, el sujeto cree tener una “superioridad moral” por consumir productos que “despiertan la mente”. Havel (2013) mencionaría que: “La ideología como modo aparente de relacionarse con el mundo, que da al individuo la ilusión de ser una persona con una identidad digna y moral y así se le hace más fácil no serlo” (Pág. 30). El sujeto atrapado por la lógica del consumo, sin rituales que le hagan trascender a un estado de espiritualidad superior, sin una práctica cotidiana de ética, reemplaza la reflexión por frases de un vídeo de Youtube, sus acciones se limitan a cancelar productos o personajes del espectáculo por ser “moralmente incorrectos”. Las izquierdas indefinidas, al no poder proponer un modelo político viable, sólo pueden recurrir a la canibalización mutua. “El castillo del vampiro se especializa en la propagación de la culpa. Está impulsado por un deseo de sacerdote de excomunicar y condenar, un deseo académico pedante de ser el primero en ser visto descubriendo un error” (Fisher, 2019). Incluso los movimientos políticos más organizados tienen que participar en el juego de la mercantilización para sobrevivir, así vemos Partidos Comunistas vendiendo camisas con la hoz y el martillo o llaveritos de Lenin.
Todo se vuelve consumible, hasta la revolución ¿qué significa rebelarse en la actualidad? Sin un enemigo claro, sin un gran opresor que está detrás de todos los males de la sociedad, la publicidad rellena el significado de “Rebeldía” con el eslogan de “Ser diferente”, ¿diferente en qué? En todo. Sin conciencia de clase, la rebeldía se convierte en un capricho para destacar, tanto estética como moralmente. Fisher encontró la epitome de la absorción de lo subversivo en Kurt Cobain y Nirvana:
En su lasitud espantosa y furia sin objeto, Cobain parecía dar voz a la depresión colectiva de la generación que había llegado después del fin de la historia, cuyos movimientos ya estaban todos anticipados, rastreados y vendidos de antemano. Cobain sabía qué él no era nada más que una pieza adicional en el espectáculo, que nada le va mejor a MTV que una protesta contra MTV, que su impulso era un cliché previamente guionizado y que darse cuenta de todo esto incluso era un cliché. (Fisher, 2016, Pág. 31).
Esta situación sería comparable a que si en la película The Truman Show, el protagonista al salir del set para buscar su libertad, descubriera que sólo entro a otro set más grande, dónde aún se sigue haciendo un espectáculo de su vida. Una matrioska en la que al final todo el mundo es parte del programa, no hay libertad real, no hay escape del show, como dijo Freddie Mercury: “The show must go on”. Esa revelación rompería existencialmente a cualquiera, como dice la canción Tigre de Puerquerama: “Y si Kurt Cobain volviera, viajando en motoneta, volvería a dispararse con la misma escopeta. […] Me quitaron el coraje y el deseo de vivir. Rebelde estilizado, a la exigencia del mercado. Soy un tigre mutilado, con bigotes rasurados”.
La guerra sigue librándose en el interior
Un aspecto para considerar a la hora de leer la crítica de Mark Fisher con respecto a la capacidad de asimilación del capitalismo tardío es que creer que cualquier manifestación cultural, acción política o ataque académico se vuelve inútil al nacer o ser incorporada a la máquina, es un error garrafal. El autor no era pesimista, reconoce que si bien, el sistema económico ha logrado la incorporación y pre-incorporación de la disidencia, y ha soportado las contradicciones que un marxista ortodoxo señalaría como el inicio del fin del capital, la propia glotonería del sistema por mercantilizar todo crea tensiones que favorecen espacios de cuestionamiento y lucha.
A lo que se debe atender es a diagnosticar el cómo el capitalismo ha evolucionado en sus formas de control y absorción para entender desde qué frentes se le puede combatir. En los últimos años asistimos a la retrotracción en torno al surgimiento de grupos con tendencias trotskista, marxista-leninista y maoísta que siguen referenciando la realidad a las mismas categorías teóricas sin atender a cómo han cambiado las relaciones de producción y comercio.
El colapso del bloque soviético y el repliegue del movimiento obrero a escala global no se han debido solo, ni fundamentalmente, a una falla en la voluntad o en la disciplina de los cuadros. Al contrario, fue la desaparición de la economía fordista y de sus estructuras disciplinarias concomitantes la que nos impide continuar con las viejas instituciones políticas y los viejos modos de organización social, etc. Del campo de las clases trabajadoras, justamente porque ya no se corresponden, estos modos, con las formas reales del capitalismo contemporáneo y las subjetividades emergentes que lo acompañan o le plantean debate. […] El posfordismo ha llevado a la descomposición de la vieja clase trabajadora. En el occidente globalizado, cuanto menos, la clase trabajadora ya no se concentra en los espacios industriales y sus formas de acción, por lo tanto, ya no son tan efectivas como antes. (Fisher, 2016, Pág. 146 y 147).
Muchos marxistas ortodoxos sólo ven en el obrero industrial y masculino como la única fuerza capaz de dirigir la revolución, ignorando que, debido a los procesos de desindustrialización, las mayorías de masas trabajadoras han sido expulsadas del proceso productivo de la creación mercantil. En la actualidad, quedan pocas fabricas las cuáles puedan ser tomadas y la mayoría son para crear productos que no atienden ninguna necesidad de subsistencia para las personas como los funko pops.
El intentar volver a las organizaciones del tipo bolchevique sólo sería caer en la incapacidad de construir una alternativa que atienda a las características de este momento histórico, sería hacer un cosplay nostálgico de las viejas formas que aparentaban funcionar, pero que incluso en su momento llegaron a estorbar a los intentos autogestivos de llegar al comunismo:
El «glorioso partido», cuando existe, marcha casi invariablemente a la zaga de los acontecimientos. En febrero de 1917, la organización bolchevique de Petrogrado se opuso a las huelgas, precisamente en vísperas de la revolución que acabaría por derrocar a los zares. Afortunadamente, los obreros ignoraron las «directivas» bolcheviques y fueron a la huelga. Durante los hechos que siguieron, nadie se vio más sorprendido por la revolución que los partidos «revolucionarios», bolcheviques incluidos. Recuerda el dirigente bolchevique Kayurov: «No hubo, absolutamente, iniciativas directrices del partido… el comité de Petrogrado había sido arrestado, y el representante del Comité Central, camarada Shliapnikov, no estaba en condiciones de emitir directivas para el día siguiente».17 Tal vez fue un hecho afortunado. Antes del arresto del comité de Petrogrado, su evaluación de la situación y de su propio papel había sido tan débil que, si los obreros hubieran seguido sus indicaciones, es probable que la revolución no hubiera estallado en aquel momento. (Bookchin, 1971, Pág. 19 y 20).
Los partidos de vanguardia nunca cuestionan el cómo su propia estructura jerárquica es el caldo de cultivo para la burocratización. Dónde supuestamente buscan combatir y trascender las formas burguesas, las replican al instaurar una división entre “la clase intelectual dirigente” y “el proletariado que debe ser guiado”, así como pasaba con “la aristocracia culta que merece gobernar” y “los siervos que deben obedecer por su propio bien”.
El cuestionamiento a los postulados teóricos del partido o a sus formas de organización son tildados de reaccionarios o idealistas, justificando la uniformidad de pensamiento con la claridad teórica. Así, cuando la elite vanguardista que dirige se equivoca, al no ser contradichos, el propio partido se vuelve un estorbo para los movimientos revolucionarios y destruyen otras formas de organización más horizontal para mantener el control sobre la revolución (como en Majnovia).
Fisher nunca se guardaba sus críticas tanto a los movimientos vanguardistas como a los ejercicios autogestionarios:
En el momento más álgido de la decadencia del movimiento obrero tradicional, fuimos forzados más de una vez a tomar partido por una dicotomía falsa entre el leninismo más ascético y autoritario, que al menos funcionó bien en su momento (en cuanto pudo tomar el control del Estado y limitar la esfera de dominio del capital), y los modelos de autoorganización política que han hecho, efectivamente, muy poco para desafiar enserio la hegemonía del neoliberalismo. (Fisher, 2016, Pág. 145).
Para una verdadera superación del capitalismo no se puede caer en tener que elegir una tendencia sobre otra, puesto que ambas alternativas ya se han puesto a prueba y ambas han tocado su límite. Desde la autogestión, si bien se han logrado crear espacios dónde se puede producir colectivamente, por las mismas formas monopólicas del mercado es difícil que esos ejercicios trasciendan a nivel global.
Se nos exige imaginar un nuevo horizonte que vayan más allá de todas las formas que se intentaron en el pasado, desde el modelo de guerrilla, las dictaduras proletarias o los intentos de anarcocolectivismo. Fisher por lo menos propone que un horizonte el cuál se debe repensar es el espacio público, el comunal, visto cómo fuente de experimentación, de vitalidad fuera de la lógica de consumo y producción. Dónde el ocio nos dé la posibilidad de imaginar y organizarnos: “Y público no significa, en este caso, estatal: el desafío es imaginar un modelo de la propiedad pública que no sea el de la centralización estatal como se dio durante el siglo XX” (Fisher, 2016, Pág. 151). Trascender el Estado como ente político-administrativo, el capital como forma de relación social, la impotencia reflexiva como estado emocional constante son las tareas que todos los huérfanos tenemos, porque vivimos entre monstruos y los que iban a salvarnos fueron abortados antes de tan siquiera poder prometernos que llegarían. Combatir activamente el reformismo, abrazar la radicalidad para romper las categorías con las que el capital pretende que lo derrotemos:
La larga y negra noche del fin de la historia debe considerarse una oportunidad inmejorable. La generalidad opresiva del realismo capitalista implica que hasta las más tenues alternativas económicas y políticas cuentan con un potencial enorme. El evento más sutil es capaz de abrir un enorme agujero en el telón gris y reaccionario que ha cubierto los horizontes de posibilidad bajo el realismo capitalista. Partiendo de una situación en la que nada puede cambiar, todo resulta posible una vez más. (Fisher, 2016, Pág. 120 y 121).
Si algo nos demuestra la organización que se ha visto a nivel global para intentar detener el genocidio en Palestina, es que la posibilidad de desafiar el capital está ahí. Ningún poder es absoluto, así como se creía que el poder eclesiástico jamás caería, los vampiros que nos gobiernan hoy sufrirán por el brillo de nuestra luz. Una generación entera ha sido radicalizada por los crímenes de Israel y el cambio climático, es cuestión de ver qué posibilidades nacerán de ahora en adelante.
Epílogo: Funeral para un amigo
Mark Fisher se suicido el 13 de enero de 2017, el mismo año que se quitaría la vida Chester Bennington, mi cantante favorito. Resalto esto porque quizás no existieron personas que pudieran retratar mejor el dolor que significa estar vivo durante el fin de la historia, donde toda seguridad y anhelo de cambio parece perdido. La música y la crítica expresaron esa tensión constante de los jóvenes que ven el mundo arder, todos los consejos de nuestros padres se muestran más que obsoletos, nos criaron para un mundo que ya no existe. Somos los perdidos, los abandonados, los cansados.
Tal como expreso Fisher (2019) en su texto Bueno para nada:
Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada. Pasé la mayor parte de mi vida, hasta los treinta años, creyendo que nunca iba a trabajar. A los veinte, anduve a la deriva entre los estudios de posgrado, los períodos de desempleo y los trabajos temporales. En cada uno de esos roles, sentí la misma falta de pertenencia: como universitario, porque era un diletante que en cierto modo había falsificado su camino, no un académico con todas las letras; como desempleado, porque realmente no estaba desempleado como aquellos que honestamente buscaban trabajo; como empleado temporario, porque sentía que me desempeñaba incompetentemente. […] Incluso cuando estaba en las clínicas psiquiátricas, sentía que realmente no estaba deprimido: solamente estaba simulando la condición para evitar trabajar o, en la infernalmente paradójica lógica de la depresión, la simulaba para ocultar el hecho de que era incapaz de trabajar y de que no había ningún lugar para mí en la sociedad.
Es interesante cómo esa sensación de no pertenecer en ningún lugar, de estar insatisfecho con la vida y la persona que uno es, se ha convertido en el estado default de la mayoría nacida después del año 2000. Cuando le preguntas a un universitario el qué espera para su futuro, una respuesta que se puede escuchar comúnmente es el: “Voy a disfrutar mi juventud y me voy a matar para no llegar a la vejez”. La precariedad a la que se nos ha sometido ha sido tan potente que el plan de retiro de muchos es el suicidio. No hay comunidad, no hay un espacio colectivo dónde ser recibido, como suena en Somewhere i belong de Linkin Park: “Quiero sanar, quiero sentir que estoy cerca de algo real. Quiero encontrar algo que he querido todo el tiempo, un lugar dónde pertenecer”.
Hay una necesidad muy real en nuestro tiempo de cariño, afecto y comunidad, de dejar atrás la soledad que nos carcome. Fisher explica que esa es una de las cartas que debemos jugar para superar el realismo capitalista, repolitizar la salud mental. Entender que todos esos malestares que sufrimos, no los sufrimos en soledad, sino en colectividad. Así como uno llora por la carencia de luz, comida y agua, el vecino también llora por la misma tragedia.
Hacer entender que la depresión y ansiedad no son producto de desequilibrios químicos, sino que son el resultado de las estructuras opresivas que nos obligan a sobrevivir en condiciones prolongadas de estrés, aislamiento y paranoia para ser productivos. Ese fue el triunfo del capital, individualizar el malestar ocasionado por la precariedad generalizada. Hace falta alzar la voz de que no es culpa nuestra, es del sistema.
Para todos aquellos que han atentado contra su vida (incluyéndome) es necesario recordar que el ser humano es un ser social, y esa necesidad de amor no es una debilidad o un error, es el cuerpo avisándonos que nos hace falta un otro para ser reconocidos, y no en una forma de amor romántico, sino un amor fraternal.
No evolucionamos para vivir en condiciones tan asquerosas, tan alejadas de los rituales, las fiestas y el ocio. Sólo se puede superar está pandemia del siglo XXI politizando nuestro malestar. Debemos guardar nuestra amabilidad para el oprimido y nuestra furia contra el opresor.
Bibliografía
- BBC News Mundo. (4 de Abril de 2021). El escándalo de Amazon tras admitir que algunos de sus conductores orinan en botellas de plástico. Obtenido de BBC News Mundo: https://www.bbc.com/mundo/noticias-56631854
- Bookchin, M. (1971). ¡Escucha, Marxista! Kairós.
- Fisher, M. (2016). Realismo Capitalista, ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja negra.
- Fisher, M. (10 de Mayo de 2019). Bueno para nada. Obtenido de Comunizar: https://comunizar.com.ar/bueno-para-nada/
- Fisher, M. (7 de Julio de 2019). Salir del castillo del vampiro. Obtenido de sinpermiso: https://www.sinpermiso.info/textos/salir-del-castillo-del-vampiro
- Gate, A. (2 de Abril de 2025). Marvel’s Military Industrial Complex. Obtenido de Inkstuck: https://inkstickmedia-com.translate.goog/marvels-military-industrial-complex/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc
- Havel, V. (2013). El poder de los sin poder y otros escritos. Madrid: Ediciones Encuentro.
- Moore, A. (30 de Noviembre de 2011). Alan Moore, sobre las máscaras de Guy Fawkes: «Es como si mi personaje escapase de la ficción». Obtenido de 20 Minutos: https://www.20minutos.es/noticia/1236435/0/alan-moore/mascaras/guy-fawkes/
- Organización Mundial de la Salud. (29 de Agosto de 2025). Trastorno depresivo (depresión). Obtenido de Organización Mundial de la Salud: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/depression
- Villanueva, R. (5 de Diciembre de 2022). Ejército de EE.UU. invierte millones de dólares en Call of Duty, WWE, Twitch y Halo para atraer nuevos reclutas. Obtenido de 3D Juegos Latam: https://www.3djuegos.lat/ps5/ejercito-ee-uu-invierte-millones-call-of-duty-wwe-twitch-halo-para-atraer-nuevos-reclutas

