Perla Días Carrera – Grupo Antihistoria
El capitalismo nos presenta conceptos e ideas fundamentales para pensar sobre el mundo y cómo transformarlo. Entendemos la realidad en términos de cosas y nos asumimos sujetos de derecho, pensando a través de una conceptualización fetichizada que nos otorga los conceptos “libertad”, “justicia” e “igualdad”; mismos que, utilizándolos tal y como se nos presentan, reducen las posibilidades de ruptura a compromisos a medias: políticas públicas, luchas identitarias y la defensa de la propiedad.
Este sistema categorial capitalista aceptado tal-y-como-es actúa en conjunto con el continuo desfase de la realidad con la construcción conceptual; donde los conceptos, presentados como cerrados y unívocos, son repetidos en las discusiones sobre distintas realidades socio-históricas, desembocando en un pensamiento que no se adecúa “creativamente a los cambios de los procesos históricos” (Zemelman, 2021, p.234). No sólo la realidad avanza a un paso más apresurado que la construcción conceptual acerca de la misma, sino que, a la vez, esta conceptualización está mediada por la racionalidad capitalista, que cierra las posibilidades de imaginar y teorizar a términos que permanecen en el plano del intercambio mercantil y los derechos humanos. No se cuestiona la existencia misma del capitalismo, sino sus excesos.
Surge así la necesidad de una teorización social que no se limite a la comprensión del mundo como se nos presenta, sino que, como postula Holloway (2002), lo conceptualice negativamente. Por teorización social me refiero al proceso de producción de conocimiento sobre la realidad social, a la práctica de teorizar. La teoría social no debe reducirse al contenido de sus ideas, sino referirse más ampliamente a cómo éstas son creadas y utilizadas para legitimar y reproducir la opresión. Dicho lo anterior, este ensayo tiene como objetivo presentar puntos iniciales para la crítica al concepto de desigualdad y las (im)posibilidades que derivan de él.
El mundo de las cosas
Distintas narrativas que buscan responder a las grandes interrogantes de la realidad social sitúan a la desigualdad en el centro de sus análisis. Podemos distinguir tres principales como las describen Graeber y Wengrow (2021): la primera mantiene que la mayoría de la historia humana consistió en una etapa de inocencia utópica, de sociedades igualitarias compuestas por pequeños grupos, irrumpida por la llegada de la civilización. Con la creciente población concentrada en ciudades y el consecuente desarrollo del Estado, la desigualdad surgió como una inevitabilidad. La segunda narrativa establece que, realmente, jamás ha existido tal cosa como la igualdad en las sociedades humanas. La acumulación racional e injusta de los recursos es, además de un rasgo propio de la humanidad, el engranaje que mueve la historia. Sólo las guerras y las catástrofes pueden controlar los excesos de esta distribución egoísta y posibilitar las condiciones mínimas de sobrevivencia. A primera vista opuestas, estas dos aproximaciones comparten dos ideas fundamentales: la (des)igualdad como categoría neutra y transhistórica, aplicable en cualquier contexto por más diferente y vasto el espaciotiempo; así como arriban a su inevitabilidad: vivir en sociedades complejas significa lidiar con la desigualdad en sus distintas gradualidades.
Pero el uso del término desigualdad de interés para este ensayo, y la tercera narrativa, se remite a la crisis del 2008 y el populismo de izquierdas que desencadenó. Se estableció a la desigualdad como la más grande problemática del aquí y el ahora, y la diversidad de crisis y problemáticas que nos aquejan son resultados de este creciente acceso desigual a los recursos. Las demandas comenzaron a girar en torno a la redistribución para reducir los niveles de desigualdad de riqueza e ingresos mediante la regulación del capitalismo hacia una fase más moderada.
Consideremos a Thomas Piketty, economista y uno de los principales proponentes del concepto de desigualdad en el mundo post-2008. Las recomendaciones de políticas públicas que sugiere en su libro El Capital en el Siglo XXI son los impuestos progresivos y los impuestos sobre la riqueza mundial, pues, para Piketty, el meollo del asunto es el poco control que tiene el Estado para regular el mercado financiero; esto es, el mal funcionamiento de las instituciones. Insiste en que la democracia y los impuestos sobre la riqueza son formas “civilizadas” de terminar con la desigualdad (Piketty, 2014), propuestas compartidas por la no-pequeña cantidad de institutos de estudios de la desigualdad. Reúne impresionantes resultados empíricos para apoyar estas recomendaciones, pero su respuesta a la pregunta de por qué suceden crisis como las del 2008 se limita a una ley matemática.
Sucede que, para Piketty, el capital es una cosa, el conjunto de los activos (propiedad privada e ingresos, principalmente) que poseen tanto individuos como corporaciones, no un proceso de circulación que tiene el fin de crear más valor mediante la explotación (Harvey, 2014). Se piensa desde la cuantificación y se relegan las nociones de poder y explotación, que continuarán existiendo aún con el aumento de los salarios, porque la existencia del trabajo abstracto y la propiedad privada no son objetadas. La separación de las esferas de producción y distribución, entendiendo a la primera como regida por leyes objetivas y naturales, y a la segunda como el ámbito socialmente instituido y manipulable, ya fue rechazada por Marx en su Crítica al Programa de Gotha. Condenó al socialismo vulgar por tomar de los economistas burgueses no sólo la idea de la distribución como un proceso independiente de las bases de producción, sino también la negación del carácter histórico de esta última (Marx, 1875). La disonancia entre el título de El Capital…, la obra más influyente de Piketty, y los remedios que propone para acabar con la desigualdad recuerdan a lo que Jappe (2011) denomina “un reformismo que quiere ser radical” (p.92).
Es pertinente cuestionar, aunque brevemente por los límites de este texto, la nostalgia por la era keynesiana a la que remiten las políticas de impuestos progresivos recomendadas por Piketty y los institutos sobre la desigualdad. Hablamos de una época de posguerra de una arquitectura particular, cuyos mecanismos de redistribución se basaban en proyecciones de crecimiento, como el incremento de salarios y el pleno empleo. Pero no queremos trasplantar este momento histórico al aquí-ahora. Se trata de rechazar la nostalgia por este capitalismo social.
Increíble: El 1% de la población concentra el 50% de la riqueza global
Producto de la condenación única de los excesos del capitalismo, pensar dentro del marco de la desigualdad orienta la crítica en torno a un puñado de ricos. Consumimos información acerca de la vasta desigualdad mediante titulares que emparejan cifras impactantes con nombres conocidos, poseedores de una riqueza obscena. De la condenación moral sobre la avaricia emerge la personificación del capitalismo, concebido como “una paría de la sociedad opuesta al resto” (Jappe, 2011, p.52) y su tendencia a la desigualdad se comprueba mediante teoremas matemáticos, como coeficientes de Gini o el Producto Interno Bruto; aun cuando estos números y las predicciones que sugieren son simplificaciones, modelos teóricos cerrados y deterministas que reducen el régimen de acumulación capitalista fundamentalmente inestable a resultados empíricamente atractivos, como insiste Varoufakis (2014) en su crítica a Piketty.
Pensar en términos de desigualdad es pensar en abstracciones cuantitativas. El mundo de los objetos predomina y las relaciones entre sujetos se conciben como relaciones entre cosas, como relaciones de intercambio en el mercado. Quedarnos en este proceso de intercambio mercantil significa entender al capitalismo no como una relación social que involucra al conjunto de los integrantes de la sociedad, con todas las contradicciones que esto supone, sino como un ente personificado que podemos transformar con impuestos progresivos y estudiar objetivamente como una externalidad mediante la cuantificación y la clasificación. Las relaciones entre sujetos se presentan en su forma fetichizada como relaciones de intercambio entre poseedores de mercancías (Holloway, 2017). Es así que, pensando desde la desigualdad de acceso a los recursos materiales (sin cuestionar el carácter de estos), nos mantenemos en el mundo de las mercancías. Los sujetos sociales se asumen como propietarios privados.
El sujeto es abstraído de su actividad: no es hacedor, sino padecedor pasivo de fenómenos que le rodean; su identidad es establecida como rico, pobre o clase mediero; no hace, es, se convierte en un poseedor de riqueza presentada como un montón de mercancías que puede tener más o menos que otros (Holloway, 2017). En su forma mercantil, entendemos al dinero como una extensión de la riqueza, y sucede así que medimos los ingresos mensuales de los individuos para analizar las disparidades económicas. Regresamos al entendimiento del capital como la acumulación de cosas, pero no es muy claro qué son todas estas cosas que representan a la riqueza en la medición de la desigualdad. Tenemos a los ingresos económicos, por una parte, pero también se discute sobre el prestigio ocupacional y la vivienda. Si comenzamos a tomar en cuenta el material del que están hechos sus hogares, y si reciben o no una pensión, ahora estamos midiendo la posición en las clases sociales. El sujeto se transforma en el mercado, y se reconoce como tal mediante la cantidad de recursos que posee dentro de él.
Esta fetichización de las relaciones sociales y de la relación de intercambio “es la base del pensamiento burgués, del pensamiento que asume la permanencia del sistema actual” (Holloway, 2017, p.75). Regresemos a la crítica en el núcleo del concepto de desigualdad: la distribución injusta de la riqueza capitalista, cuya discusión gira alrededor de las formas de distribución del valor, como las clases sociales y las relaciones jurídicas de propiedad (Jappe, 2011). Este enfoque en los conceptos que derivan de la mercancía, el valor y el trabajo se agota en proyectos para una mejora en el comportamiento del régimen de acumulación; no cuestionan por qué existe, sino de qué tamaño nos toca el pedazo del pastel.
El final
No hay una conclusión para este ejercicio. Como se estableció en un inicio, el objetivo es continuar problematizando formas de conceptualizar cuyas posibilidades de imaginar otros mundos se limitan a secciones de recomendaciones de políticas públicas y en la condenación a un puñado de actores de mala fe. La práctica del pensamiento teórico debe tornarse consciente de las categorías básicas del capitalismo y negarlas, así como estas niegan la capacidad de los humanos de hacer. Como establece Sandoval (2026):
Con todo, sabemos que a pesar del deseo de ir más allá de los límites impuestos por el Estado y el capital, seguimos teniendo como interlocutor forzoso e ineludible al Estado y al capital, pues mientras dependamos de la mercancía en todas sus modalidades y no destruyamos sus instituciones, seguirá dándose la interlocución, como si los que nos causan el problema estuvieran en disposición de resolvérnoslo; seguimos siendo inconsecuentes con la perspectiva de ir más allá del estado y el capital, pues no actuamos suficientemente en consecuencia con ello. Pensar cómo aquí y ahora, en el seno propio del capitalismo pueden existir huecos que se conviertan en grietas del propio sistema, además de imaginar y crear como actuar al margen y más allá de la racionalidad capitalista (pp. 205-206).
Se trata de germinar una ruptura con las formas de entender el mundo que lo legitiman y terminan por moldear nuestro comportamiento y rechazar la repetición acrítica de sus categorías. Trascender el concepto de desigualdad porque éste supone quedarnos en el mundo de las mercancías y cierra las posibilidades de salida a la función redistributiva del Estado; pensar más allá de sus confines para estar en contra del capital y el Estado desde la negación y los antagonismos.
Bibliografía
- Graeber, D. y Wengrow, D. (2021). The Dawn of Everything. Allen Lane.
- Harvey, D. (17 de mayo de 2014). Afterthoughts on Piketty’s Capital. Reading Marx’s Capital with David Harvey. Recuperado de: https://davidharvey.org/2014/05/afterthoughts-pikettys-capital/
- Holloway, J. (2002). Twelve theses on changing the world without taking power. The Commoner. Recuperado de: https://thecommoner.org/back-issues/issue-04-may-2002/
- Holloway, J. (2017). Una lectura antiidentitaria de El Capital. Ediciones Herramienta y Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
- Jappe, A. (2011). Crédito a muerte: la descomposición del capitalismo y sus críticos. Pepitas de calabaza.
- Marx, K. (1875). Critique of the Gotha Programme. Marxists Internet Archive. Recuperado de: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1875/gotha/
- Piketty, T. (2014). Capital in the Twenty-First Century. Harvard University Press.
- Sandoval Álvarez, R. (2026). Formas de hacer política y subjetividad emergente: Reconfiguración del régimen político de México en el siglo XXI. Universidad de Guadalajara.
- Varoufakis, Y. (2014). Egalitarianism’s latest foe: a critical review of Thomas Piketty’s Capital in the Twenty-First Century. Real-world economics review, 69, 18-35.
- Zemelman M., H. (2021). Pensar teórico y pensar epistémico: Los retos de las Ciencias Sociales latinoamericanas. Espacio Abierto, 30(3), 234-244.

