En defensa de la inutilidad: primera parte – Sergio Reynaga

A propósito del anti intelectualismo: la sencillez como normativa policiaca y mistificación de la dominación

La belleza carente de fuerza odia al entendimiento porqué este exige de ella lo que no está en condiciones de dar. Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu solo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. (…) Esta permanencia es la fuerza mágica que hace que lo negativo vuelva al ser.

-Hegel, Fenomenología del espíritu

Toda propaganda deber ser popular, adaptando su nivel intelectual en la capacidad receptiva del menos inteligente de los individuos a quienes se desee vaya dirigida. De esta suerte, es menester que la elevación mental sea tanto menor cuanto más grande sea la muchedumbre que se desee conquistar.  Si se tratara, como acontece con la propaganda destinada a llevar adelante una guerra, de reunir a toda una nación en torno a determinado círculo de influencia, jamás se podría poner suficiente cuidado en evitar un nivel excesivamente alto de intelectualidad.

– Hitler, Mi Lucha

Sergio Reynaga – Grupo Antihistoria

De momento, sabemos que es inútil dar margaritas a la policía. Atravesamos el campo de objetivación de un concepto de Historia idéntico a los procesos de concentración y totalización de la dominación en su forma-valor. Esto es al mismo tiempo, la confirmación de su crisis terminal, puesto que solamente puede realizarse como síntesis social a través de la guerra total contra la vida. Este proceso de objetivación, supone la sincronización total entre vida y mercancía, puesta de relieve en la época bisagra que constela el colapso del socialismo real y el ataque a las torres gemelas. Esto apertura, la aceleración de las contradicciones, la exacerbación de la violencia y la economía política de las armas. En el embrutecimiento de la modernidad capitalista la pulsión de muerte orienta la autodestrucción y la brutalización, tanto como la realización efectiva de la forma-sujeto funcional. En un tiempo signado por la orfandad, entre la ausencia de toda posibilidad de superación de la dominación, el encerramiento y la clausura de la complejidad histórica elevada a síntesis efectiva de experiencia y expectativa: el culto y la prolongación de un tiempo vacío.

Este es el abrevadero de la bestia: el cultivo y la celebración del desprecio por la belleza y el conocimiento. El reino de las cosas y la utilidad como norma policiaca. El contrapunto será la comprensión de la potencia de toda la experiencia de la negación histórica de la dominación. Aquí, se vuelve urgente romper con las posiciones que “sugieren” la sencillez como normativa para la validación moral de los esfuerzos de una teoría crítica capaz de arribar a la comprensión del colapso. De hecho, dicha imposición opera como instancia para la descalificación, desde donde la moral suplanta a la crítica: un no-pensamiento signado por la inmediatez elevada a operativo temporal del capitalismo.

La pretensión de que con un abordaje teórico idéntico al mecanismo de una escoba se logrará comprender la lógica y la complejidad de la sociedad mercantil, y al mismo tiempo propiciar la elaboración de conductas críticas, tiene como corolario el fondo de la denuncia moral de la exclusión y el privilegio, una denuncia propia de la sociedad de clases: la mala conciencia de la lumpenburguesía. La crítica de la dominación no puede agotarse en lo inmediato, en la forma sensible de la dominación y el antagonismo en tanto que relación idéntica a la forma-social en la que encuentra su razón de ser, la crítica no se agota en lo que puede ser dicho como revés del realismo recalcitrante y el fetichismo de lo concreto.

La existencia de grandes grupos humanos sometidos a relaciones escindidas, para quienes la exclusión supone justamente la muestra de que dicho ordenamiento vertical es una forma de mediación del conocimiento propia de la síntesis social, no justifica el sacrificio de la complejidad por su costado de utilidad pedagógica: remanente de la ideología del trabajo. Esto supone lo mismo que cancelar la posibilidad de desalambrar el conocimiento y nuevamente, cancelar la posibilidad de interpelar la forma que adquiere en el campo histórico capitalista. Una crítica diluida es idéntica a la forma-sujeto-funcional, el perro que corre tras su propia cola: una lógica autotélica: acoplamiento y síntesis de subjetividad y dominio. La crítica tiene un ritmo distinto al del mundo administrado: no se resuelve en lo inmediato, colisiona contra lo existente. Quiere ser un contrapunto radicalmente opuesto a lo existente, más allá de lo inmanente, quiere ser lo indeterminado. Esto es lo mínimo a lo que aspiramos.

Si la vergüenza y la descalificación guardan funciones correctivas, es porque la “utilidad”, “aplicación” y el pensamiento integrado son idénticos a la lógica que orienta la eficiencia de la síntesis social. Es decir, la inutilidad de la crítica a la dominación, se sostiene sobre el hecho de que carece de un horizonte de resolución inmediato, justamente por su colisión radical con lo existente, medida y evaluada a través de un reducido campo de “acción” acotado y orientado por la forma-valor, se le exige la apariencia de funciones sociales que se resuelvan en el revés de la mercancía vuelto la repetición de la identidad de un principio de realidad específico: el desprecio de todo lo que es bello. La separación de teoría y práctica, debe ser comprendida en relación con la historicidad especifica del capitalismo: dicha escisión es la terapéutica de la dominación.

En la “crítica” diluida ocurre una verdadera ostentación cosista del conocimiento: porque solo aquello que antes fue reducido a objeto puede ser puesto en marcha como un mero instrumento de la reducción por la operatividad misma de la reducción. La ocultación es la siguiente: en la normativa de la sencillez se reconoce y justifica una estructura vertical administrativa, en la que el punto de partida es la imposibilidad de que sus interlocutores desalambren e interpelen al conocimiento libremente.

La acusación, incluso la proscripción de la “elevación intelectual” es más una confesión de mala conciencia: la posición ideológica que el pensamiento integrado ostenta. Afirmar la sencillez es prolongar la práctica posible en el seno de la forma social capitalista, es la afirmación de la síntesis entre subjetividad y dominio.  Su consecuencia más grave es el sostenimiento de la subalternidad y su integración identitaria: donde la crítica ve esclavitud, la policía del pensamiento ofrece culto a lo inmediato.

Repiten felices: la brutalización realizada en la vida. No quieren abolir dichas relaciones como sustancia de la dominación sino hipostasiarlas. Esta crítica diluida en lo existente suele agotarse en una triste apología de lo evidente: redistribución capitalista del capitalismo, la corrupción, escisiones efectivas: clase, raza, género, la cartografía de la dominación; norte/sur, su componente positivo muchas veces recae en tendencias fascistizantes: xenofobia, nacionalismo y estatismo, ontología del trabajo y de la cárcel.

Formas sensibles de la dominación en su forma-valor: la tecnocracia es la síntesis de burocracia y policía. Divulgar, imponer la sencillez, coloca a la administración de inmediato en una posición constituida verticalmente. Esto significa asumir y reconocer complacientemente dichas relaciones. Lo que se oculta es la renuncia a nuestra capacidad crítica, esto es lo mismo que renunciar a nuestra capacidad de acción: la oposición de teoría y práctica es falsa.

Solamente en la realización de la crítica podemos arribar a la abolición de todas las relaciones existentes, compuestas y constituidas en torno a la forma-conocimiento como mediación de una forma-social especifica. Nuevamente: esto es lo mínimo a lo que aspiramos. La vulgata de la sencillez es la afirmación de dicho orden y al mismo tiempo, la renuncia a la lucha y la belleza. Toda teoría del conocimiento es una teoría de la sociedad, en esta medida si nuestras aproximaciones teóricas a la síntesis social capitalista son reducidas, nuestra capacidad crítica también lo será.

Dar caramelos a lxs hambrientos es repulsivo:

Diluir el pensamiento a la medida de la forma-sujeto-funcional, es prolongar el acoplamiento y síntesis efectiva entre subjetividad y dominio, para lo que el conocimiento es apenas una herramienta para mejorar su eficiencia y utilidad como garantía de la supervivencia en tanto que prolongación mercantil vuelta carne. El riesgo que se corre aquí, es aceptar la concreción de una forma univoca de conocimiento bajo la apariencia de la diversidad. Esa trampa hace del relativismo una pretensión totalitaria imposible de ocultar: la mistificación del fundamentalismo democrático y la proscripción de la crítica radical.

Nada nos obliga al consenso ni a la aceptación complaciente de las relaciones existentes, mucho menos a la forma-conocimiento elevada a mediación del campo histórico de la sociedad mercantil, más bien al contrario, como decía aquel: nuestra tarea es la crítica radical de todo lo existente. Incluidas nuestras propias proposiciones.

El pensamiento se desdobla como colisión en las estructuras históricas del mundo administrado, ofende, insulta e incómoda solamente a la función social que se oculta tras la aparente apertura democrática del conocimiento, la terapéutica de la dominación: integración de las contradicciones como prolongación de las relaciones que las producen, porque lo que gestionan es la forma-conocimiento idéntica al antagonismo. La incapacidad de ver más allá de lo existente: sostiene ideológicamente a la dominación. Aceptar la dominación elevada a fatalismo indestructible es también diluir la crítica, reducirla a la gestión complaciente de la violencia y la catástrofe, cuya condición última es la adecuación de la crítica a su “utilidad pública”, una gestión de carácter policiaco.

Lo mínimo a lo que debemos aspirar: la crítica radical de todo lo existente. Porque abolir nuestra esclavitud pasa por abolir todo compromiso subjetivo con la dominación, incluso en la aceptación identitaria de nuestra brutalización en la sociedad de clases. Precisamente esto último, autoriza la confrontación: la lucha de clases es la abolición de todas las relaciones de clase propias de la materialidad histórica especifica del capitalismo, por lo tanto, la abolición de todas las relaciones que le son propias.

Para decirlo de forma sencilla: es absurdo someter la crítica a la reducción utilitaria de la inmediatez como condición de validación formal del conocimiento. Es como abrir una biblioteca, pero impedir que las personas lean, más aún, impedir la posibilidad de desalambrar del conocimiento.

El anti-intelectualismo es una potencia fascistizante. Es la aceptación de las relaciones propias de la sociedad de clases: una triste apología de lo evidente: el socavamiento de la posible disolución de las comisuras entre la furia y la belleza. No olvidamos que la dominación fue combatida y que todavía hoy puede ser combatida. No diluir el pensamiento es sostener la crítica, no aceptar el fatalismo del dominio total del reino de las cosas.

Una concesión ética: el respeto por la inteligencia, y en este sentido por la dignidad como punto de partida. Negar no solamente la integración propia, sino las relaciones verticales todas, esto es la negación de toda instancia que pretenda ocultar la negatividad de la forma-social. Todo momento lleva consigo a posibilidad de lo común: de hacernos con el conocimiento y con ello, de toda la experiencia de la negación histórica de la dominación. Esto supone sostener el conflicto: un reto, una invitación que es al mismo tiempo una muestra irreductible de respeto por la humanidad donde la forma es fondo.

Todo el mundo disfruta de la música, con todo lo que el lenguaje de la música implica. Se trata pues, de la posibilidad de reconocer la belleza de aquello que nos conmueve pero que no logramos abarcar de inmediato, de una vez y para siempre.

Un pensamiento que no resguarda la posibilidad de algo radicalmente opuesto a lo existente no es crítico ni es pensamiento.

Las contradicciones son la muestra de que la dominación puede ser combatida.

De momento, sabemos que es inútil dar margaritas a la policía.

Interrupción.

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