Judith Tiscareño Bermúdez / Seminario Mínima Marginalia-Grupo Antihistoria
Este ensayo constituye un ejercicio de reflexión que surge del diálogo entre mis indagaciones sobre el espacio público y las herramientas teóricas que revisamos en el curso Mínima Marginalia: Aproximaciones a la teoría crítica. Las lecturas revisadas me han permitido vislumbrar que el mecanismo central de legitimación de la urbanización no reside ni en el ideal abstracto ni en los espacios concretos por separado, sino precisamente en la vinculación conceptual aparentemente inherente entre ellos. De ahí que el título de este trabajo emplee la fórmula E(e)spacio público: la E alude al concepto ideal, al fantasma filosófico de lo público y la e (minúscula) remite a sus encarnaciones materiales, siempre imperfectas. Juntas en E(e)spacio representan gráficamente esa mancuerna conceptual que es el verdadero tema en análisis.
Me explico: existe una presuposición profundamente arraigada de que los espacios públicos (materiales) son la encarnación directa y necesaria del Espacio público (ideal). Esta mancuerna conceptual establece una promesa: la realización del principio democrático en el territorio es siempre inminente, está siempre «en camino» en cada calle, plaza o malecón. Sin embargo, es esta misma vinculación la que opera ideológicamente, porque el sistema se legitima al mantener viva la promesa de unidad mientras estructuralmente impide su cumplimiento.
La función ideológica, entonces, no es ocultar que el ideal no se cumple, sino gestionar activamente la distancia entre el concepto y su materialización. La teoría crítica, me proporciona herramientas conceptuales poderosas para desmontar esta vinculación aparentemente natural y mostrar cómo se sustenta una paradoja que produce y administra desigualdad. Lo que aquí presento es el trazo tentativo de estas conexiones.
La paradoja del espacio público
Una paradoja surge cuando nos enfrentamos a una contradicción aparentemente irresoluble, donde elementos que deberían excluirse mutuamente coexisten en una misma realidad. No se trata simplemente de un error lógico, sino de una tensión constitutiva que revela la complejidad de un fenómeno. Es precisamente esta noción la que mejor define lo que he observado en mi investigación sobre los espacios públicos: existe una distancia abismal entre lo que estos espacios proclaman ser y lo que realmente hacen. Las calles, las plazas, los parques, todos encarnan físicamente la promesa de un ámbito democrático donde cualquiera puede estar y participar. Sin embargo, en la práctica, estos mismos espacios producen y gestionan formas sutiles de exclusión.
El escenario se repite casi idéntico en cualquier ciudad mexicana con espacios públicos representativos: familias paseando al atardecer, turistas capturando imágenes, vendedores ofreciendo sus productos. Esta escena cotidiana parece confirmar todas las promesas asociadas al espacio público, presentando un cuadro de uso colectivo aparentemente exitoso. La escena materializa físicamente el ideal de un lugar accesible para todos, donde la democracia se experimenta directamente en el uso del territorio compartido.
Sin embargo, una observación más detenida revela las contradicciones subyacentes. Lo que superficialmente aparece como un espacio unificado está en realidad segmentado por barreras invisibles. Los vendedores ambulantes, los sin techo, ocupan posiciones marginales, la vigilancia monitoriza selectivamente a ciertos grupos de personas, y al fondo, los edificios de lujo se erigen como recordatorio de que el acceso universal tiene límites muy concretos. Esta configuración espacial plantea preguntas incómodas: ¿realmente pertenece este paisaje a todos por igual? ¿por qué un lugar diseñado para el encuentro genera simultáneamente experiencias de exclusión?
Lejos de ser fallas accidentales, estas tensiones constituyen el síntoma de una contradicción estructural. Mi investigación parte de esta disonancia entre el discurso de lo público y su realización material. Me interesa comprender cómo la noción misma de «espacio público» opera no como un horizonte alcanzable sino como un mecanismo que, al promover un ideal inalcanzable de universalidad, oculta su función real: la de gestionar sistemáticamente la desigualdad urbana mientras se legitima mediante una retórica de inclusión y comunidad.
Existe una mancuerna conceptual, una unión indisoluble, entre el Espacio público (esa categoría abstracta cargada de subjetividades de ciudadanía y esfera de lo común) y los espacios públicos (los lugares de cemento y bancas que habitamos/transitamos). No son dos cosas separadas, sino las dos caras de una misma moneda. El ideal es el fantasma que da sentido al cuerpo material, y el cuerpo material es la prueba tangible de que el fantasma puede, aparentemente, encarnarse. Esta mancuerna es tan potente que hemos naturalizado su existencia. Asumimos que un espacio público es, por definición, un lugar de igualdad, pero he aquí la paradoja estructural: la administración y el diseño de estos espacios concretos se sustentan en un ideal que presupone una sociedad de iguales, mientras operan en el seno de ciudades capitalistas marcada por la más profunda y constitutiva desigualdad.
El ideal, entonces, choca frontalmente con la realidad que lo hospeda. La universalidad que pregona es estructuralmente imposible en un sistema cuyas bases son la mercantilización, la acumulación y la segregación. Esta no es una simple contradicción lógica, es una paradoja “útil”: el sistema necesita invocar constantemente el fantasma de lo público para legitimarse, pero debe frustrar sistemáticamente su realización plena para no desactivar los mecanismos que lo sostienen. La gestión urbana se convierte, así, en la sofisticada tarea de administrar esta imposibilidad, de mantener el espejismo vivo sin permitir nunca que se convierta en un suelo firme que a todos nos sostenga por igual.
Las reflexiones del seminario fueron como una lupa que me permitieron ver la textura misma de la paradoja. Al profundizar en la comprensión del fetichismo de la mercancía las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar. Comprendí, que nunca se trató simplemente del valor de “las cosas”, sino el proceso mediante el cual las relaciones entre las personas (relaciones de poder, de explotación, de dominación) adquieren la forma fantasmagórica de una relación entre cosas.
En este sentido, pareciera que el espacio público es, quizás, una de las mercancías fetichizadas más sofisticadas en la urbanización. Es un “objeto sensiblemente suprasensible”, como diría Marx (2014). Es sensible: lo pisamos, lo miramos, lo olemos. Pero es también suprasensible: está cargado de una esencia social que trasciende su materialidad. Nos construyen o remodelan nuestros espacios públicos y lo interpretamos como un símbolo de “buena gestión”, “progreso” o “calidad de vida”. Este carácter fetichista oculta la verdadera naturaleza del espacio como un cristal donde se solidifican relaciones sociales de poder. Oculta que su construcción pudo haber implicado el desalojo de una alguna colectividad, que su mantenimiento quizá depende de un presupuesto que prioriza lo ornamental sobre lo social, o que su existencia “exitosa” eleva el valor del suelo.
Es aquí donde la contradicción entre valor de uso y valor de cambio se vuelve dramáticamente visible. El valor de uso del espacio público es innegablemente concreto: es el derecho a sentarse en un banco sin consumir, a protestar, a que los niños jueguen, a respirar. Es la esfera de lo gratuito, de lo no mediado por el dinero. Sin embargo, en la ciudad capitalista, este valor de uso está secuestrado por su valor de cambio. El espacio se convierte en un activo, un imán para inversiones, un elemento de marketing urbano para atraer turismo y capital. Su éxito se mide no por la diversidad de sus usos sociales, sino por el precio de los metros cuadrados a su alrededor o por las estadísticas de visitantes.
El fetichismo opera el truco de magia final: nos hace contemplar el valor de cambio (el espacio como símbolo de prestigio y progreso) como si fuera su cualidad natural, enmascarando el conflicto irresoluble con su valor de uso. La noción ideológica de “espacio público” es la narrativa que sostiene este hechizo. Al promocionar un ideal de universalidad y acceso democrático, nos distrae de la pregunta incómoda: ¿universalidad para qué? ¿acceso para consumir la vista o para decidir colectivamente el destino de este pedazo de ciudad? El ideal actúa como un señuelo, legitimando las prácticas de gestión, desde el diseño excluyente hasta la vigilancia, que, en última instancia, están al servicio de preservar su valor de cambio, aunque eso signifique vaciarlo de su “contenido democrático”.
Max Horkheimer (s.f.) con su teoría del Estado autoritario, me proporciona un marco para entender la lógica de poder que organiza esta paradoja espacial. No se refiere necesariamente a una dictadura visible, sino a la fusión orgánica entre el poder político y el económico en el capitalismo tardío, donde el Estado actúa como el gerente que garantiza las condiciones para la acumulación, suprimiendo cualquier amenaza a la estabilidad del sistema. Bajo esta lógica, el «Espacio Público» ideal se convierte en una herramienta de administración autoritaria. La promesa de universalidad y democracia es útil en la medida en que legitima, pero su materialización genuina (especialmente si implica conflicto, apropiación disruptiva o desafío al orden mercantil) es percibida como una amenaza a la rentabilidad.
Se nos invita a una “praxis” de ciudadanía reducida a elegir entre un menú de opciones prediseñadas (porque para la administración el consenso se trata de un “¿con que tipo de espacio público vamos a llenar espacio?”), mientras la verdadera praxis (la capacidad de transformar colectivamente las estructuras espaciales que nos oprimen) es sistemáticamente bloqueada. Así caemos en lo que Adorno (2009) identificaba como un “pragmatismo” que nos compromete con la situación existente. Nos convertimos en “sujetos abstractos”, consumidores pasivos de un espacio-objeto que se nos impone, internalizando la imposibilidad de cambiarlo. La queja sustituye a la acción transformadora, y la gestión del espacio se convierte en la administración de nuestro malestar.
Con Scholz (2018) comprendí que el “principio masculino” del valor abstracto (indiferente a lo concreto, a lo cualitativo, a lo vivo) también se encarna en el ideal de Espacio público. Lo que no encaja en esta abstracción (la pobreza, lo informal, lo desordenado, lo femenino) es escindido, separado, expulsado, invisibilizado. La gestión urbana es, en esencia, la policía de esta escisión. La metáfora de la “sociedad autófaga”, de Jappe (2019), me permitió completar el cuadro: el sujeto narcisista del capitalismo, isomorfo al valor, ve el espacio público como una extensión de su propio yo. Lo demanda “limpio” y “seguro” no para el encuentro con el otro, sino como un espejo de su propia comodidad. Así, el espacio, en su intento por satisfacer este ideal narcisista, devora su propia diversidad y vitalidad, volviéndose autófago. Se consume a sí mismo para mantener viva la ilusión.
En este marco, la «paradoja» del espacio público deja de ser una simple contradicción lógica para convertirse en la expresión espacial de un pacto social autoritario. El Estado, en colusión con los intereses del capitalismo administra el consenso de la promesa incumplida, al tiempo que reprime coercitivamente cualquier intento de realizar esa promesa de manera autónoma y radical. El espacio público, por tanto, no es solo un fetiche, sino un territorio bajo administración autoritaria, donde se decide silenciosamente quién pertenece y quién sobra, qué formas de vida son legítimas y cuáles deben ser escindidas en nombre de un orden que se auto legitima como racional y necesario.
Al pensar en el ángel de la historia de Walter Benjamin (2005), con su rostro vuelto hacia el pasado, pienso cómo es que se verá este “progreso” urbano ante sus ojos: un huracán que podemos llamar “regeneración” o “renovación” pero que, en su avance, arrasa memorias vecinales, tejidos sociales y formas de vida no rentables para amontonar ruinas sobre las que se construyen los nuevos espacios públicos “de calidad”. Entonces, mi labor como intérprete de la ciudad (pienso) es descubrir que la enunciación idealista (e idealizada) del Espacio público es el viento de ese huracán, la fuerza que justifica la catástrofe en nombre de un futuro mejor que siempre está por llegar.
Conclusión
Al final de este recorrido reflexivo, las contradicciones que observo en nuestros espacios públicos todos los días ya no se me presentan como fallas, sino como síntomas de un orden social que invoca fantasmas de comunidad para enmascarar su vocación por la desigualdad. Entender el espacio público como un mecanismo fetichista de legitimación no es un ejercicio de cinismo, sino un acto de desenmascaramiento. Es la condición de posibilidad para imaginar prácticas urbanas que no se dejen seducir por el espejismo.
La verdadera reconfiguración del Espacio público no comenzará con un catálogo de mejores diseños, sino con el coraje de reconocer y habitar la grieta de su paradoja. Tal vez la tarea no sea realizar el ideal universal (siempre tramposo), sino politizar la imposibilidad de su realización. Puede que nunca desaparezca el fantasma del Espacio Público, pero podemos dejar de construirle altares y en su lugar ensayar la construcción de subjetividades más honestas, donde la promesa incumplida de ayer se transforme en la pregunta colectiva de mañana: ¿cómo queremos vivir juntos en este pedazo de mundo que, con todas sus contradicciones, nos toca habitar? La respuesta no está en un mejor diseño o una mejor gestión, sino en la decisión de dejar de administrar la imposibilidad y empezar a construir, desde la grieta, una posibilidad diferente.
Bibliografía
- Adorno, T. (2009). Notas marginales sobre teoría y praxis. In Críticas de la Cultura II (pp. 676–695). Ediciones Akal.
- Benjamin, W. (2005). Tesis sobre la Historia y otros fragmentos. Contrahistorias.
- Horkheimer, M. (n.d.). Estado Autoritario. Discurso Crítico y Filosofía de La Cultura, 1–40.
- Jappe, A. (2019). La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción. Pepitas de calabaza ed.
- Marx, K. (2014). El fetichismo de la mercancía (y su secreto). Pepitas de calabaza ed.
- Sholz, R. (2018). El valor es el hombre. Tesis sobre socialización del valor y relación de género. Sociología Histórica, 9, 866–905.

