Crítica a mis límites para analizar el Estado – Arnoldo David Díaz Tamez

Arnoldo David Díaz Tamez –  Grupo Antihistoria

En 2020 publiqué en nuestro blog «Los límites del Estado: hacia una crítica de larga duración«, hoy me propongo hacer un ejercicio de autocrítica en vista de los análisis que se han integrado al proyecto que supone la colectividad representada en el grupo Antihistoria. Lo primero que quiero aclarar es su subtítulo, pues a pesar de los comentarios jocosos de mi compañero Sergio Reynaga que me acusaban de braudeliano, mi intención no era la reproducción de los conceptos del historiador francés, sino el llamado a superar las visiones limitadas de los movimientos sociales —en abstracto— cuyo horizonte para la acción suele encontrar una limitante en la lógica del Estado.

Mi pretensión era demostrar que a lo largo de la historia de la humanidad la reproducción de la lógica del Estado como realización última de la política, nos ha mantenido durante milenios en un ciclo autodestructivo de la vida, en todos los sentidos de la palabra. Identificando una estructura civilizatoria de larga duración cimentada en la tríada del patriarcado, la urbanización coercitiva y la estatización de la vida.

Sin embargo, la propuesta de la crítica del valor de los grupos Exit y Krisis, así como nuestra propuesta de crítica a la razón histórica exige un replanteamiento de estas aproximaciones. No para buscar el concepto más adecuado, sino para avanzar en la crítica de la forma social capitalista con miras a su ocaso. El presente texto constituye una rectificación de dicho marco analítico a la luz de la teoría del valor-escisión.

La segunda aclaración se debe a la caracterización del Estado-Nación como fetiche de la forma-valor de la sociedad capitalista, es decir, la mercancía, el dinero y el trabajo abstracto. Es cierto, como constatamos en el artículo original, que el Estado como administración política es un fenómeno típico de la civilización que arrastramos hace milenios. Pero Sergio tiene razón al reclamarme que al borrar las peculiaridades del Estado-Nación se bloquea el horizonte en el que podamos imaginar la abolición del mismo.

Es imperativo rectificar: el capitalismo no es un sistema de mercado sobrepuesto a la historia, sino una forma social total donde el valor, como «sujeto automático», coloniza la totalidad de las relaciones humanas. La persistencia de las estructuras jerárquicas no es un remanente pre-capitalista, sino la manifestación del patriarcado de la mercancía, donde la escisión de lo «femenino» es la condición de posibilidad de la acumulación de valor.

Autores como Anselm Jappe han sacado a relucir como una gran diferencia entre la administración de los diferentes tipos de Estado al estudiar el conflicto existencial que envuelve a los Estados-Nación actuales bajo el proceso de secularización. Esto me parece una de las críticas más interesantes, y aunque Öcalan —mi principal fuente en el trabajo original— alcanza a verlo perfectamente, yo fui incapaz de entender la crucial diferencia entre el poder que emana de la tradición-religión frente al vacío que se presenta en el poder desnudo, la forma-valor del cuál la forma Estado-Nación es su resultado y su gendarme.

Pero abro las ventanas para iniciar una crítica que lleve más lejos la crítica al aparato administrativo de la forma social capitalista, el cual me gusta llamar Estado-Razón. Los Estados-Razón son la materialización de la razón instrumental, no se basan en el abstracto de la nación, sino en el desarrollo de la máquina capitalista dentro y fuera de las supuestas fronteras nacionales. En el siglo XXI, los Estados han abandonado toda pretensión de fundamentar su poder en la soberanía popular, la última máscara de la civilización representada en el “Estado de bienestar”, para dejar verse como lo que siempre fueron, vigías de la reproducción del trabajo abstracto y la circulación de las mercancías.

Sin embargo, los acontecimientos recientes como las intervenciones de USA en Venezuela, Irán y sus pretensiones en Groenlandia son pruebas de la desesperada necesidad del Estado-Razón por reencontrar su función en un mundo donde la circulación de mercancías había prescindido de su protector nato. El proyecto neoliberal que imaginaba un mundo donde la mercancía estuviera por encima de la administración estatal ha chocado con los propios límites de reproductibilidad que impone su lógica financiera basada en ficciones y especulaciones. El mercado no existe sin un ejército que asegure su flujo.

Dicho límite no es superable sin el regreso de las prácticas violentas que caracterizaron los primeros años del capital. Los ejemplos antes mencionados Venezuela e Irán nos muestran una desesperada movida por recuperar el control sobre mercancías que aseguran la continuidad del valor. Sin el dinero del petróleo, el dinero de los tecnobros no son más que números en una computadora. Pero no hay mejor ejemplo de las implicaciones del Estado-Razón que el Estado de Israel.

Desde su nacimiento como idea, hasta su continuo desprecio por las vidas palestinas, el Estado de Israel es la culminación de la razón ilustrada, en particular de la idea hegeliana del Estado como fin absoluto de la política y, por lo tanto, de la acción humana, representa el mejor ejemplo del Estado como fetiche, es decir, como elemento de reproducción del sistema capitalista, por ende —como establecimos en el artículo original— como horizonte limitativo de los movimientos sociales y revolucionarios. Este punto lo desarrollaré en dos ejercicios de interpretación sobre Israel y Venezuela.

Bajo esta perspectiva, se nos presenta el colonialismo ya no como momento histórico determinado, ni como lugar común de la denuncia política, sino como práctica esencial del desenvolvimiento del Estado-Razón, en el que las fronteras nacionales que le dotaban de sentido existencial ya no son suficientes para el desarrollo de la forma-valor, por lo que exporta la violencia de su sistema a nuevos horizontes expandiendo la valorización de la vida a rincones no capitalistas y manteniendo los mercados a raya a través de la guerra.

En este sentido, resulta fundamental integrar la totalización capitalista no como un eje externo, sino como la expansión espacial de esta lógica de escisión. La invención de la «raza» y el «despojo colonial» son las herramientas mediante las cuales el valor externaliza sus costes y degrada a la humanidad no-occidental a la categoría de «naturaleza» explotable, repitiendo a escala global la escisión que el patriarcado realiza en el ámbito doméstico.

Dicha realización nos lleva al último punto por rectificar: el patriarcado, en esto no planeo detenerme mucho dado que ha sido explicado mejor por compañeras alrededor del mundo de lo que yo podría explicarlo. Pero es necesario constatar que el patriarcado, que efectivamente es tan antiguo como la civilización misma, no supedita al capitalismo a su lógica, por el contrario, el capitalismo supo asimilar las dinámicas patriarcales y llevarlas a su versión más virulenta hasta ahora.

Reconozco una limitación metodológica al haber adoptado originalmente una genealogía lineal que buscaba en la «subordinación de las mujeres» una causa primera cronológica. Esta visión ontologiza el patriarcado como algo externo al capital. La forma-valor (el trabajo abstracto, la mercancía, el dinero) no puede existir sin escindir y delegar a la esfera de lo «femenino» todas aquellas actividades vitales, afectivas y de cuidado que no son traducibles a la lógica de la rentabilidad. El valor y la escisión son co-constitutivos.

Esta configuración no se despliega mediante ejes paralelos, sino como una forma social fetichista donde el capital opera como un proceso de valorización sin fin que domina tanto a explotadores como a explotados. En este marco, el patriarcado moderno no representa un vestigio del pasado, sino la «cara oscura» de la mercancía o Abspaltung; lo que denominamos cultura es precisamente aquello que el valor ha escindido de sí mismo para funcionar como lógica pura de acumulación. Asimismo, la institucionalidad estatal no actúa como el opositor del capital, sino como la comunidad ilusoria de los sujetos de la mercancía, cuya función primordial es gestionar el marco legal y policial que permite que la competencia y el valor sigan su curso destructivo.

Tras estos cortos, pero necesarios puntos de autocrítica a mi análisis sobre el papel del Estado en la historia de la civilización queda un punto que, confieso, no he podido resolver en cuanto a mi pensamiento y no pretendo que estas líneas ayuden a resolverlo, pero es necesario enunciarlo.

¿Cuál es la capacidad de acción que tenemos ante la lógica global del valor? Y, si ésta existe ¿Hacia dónde podemos encaminar esa acción para derrumbar las murallas de la civilización capitalista? La conclusión o intento de respuesta que intenté dar en 2020 se resumía en la identificación de un nuevo tipo de lucha de clases en el que pudiéramos integrar los problemas identitarios que tanto terreno ganaron en los primeros años del s. XXI. Voltear a ver al barrio, el espacio donde la clase trabajadora coexiste más allá de sus divergencias salariales o identitarias, esa era nuestra solución. Hoy, ya no estamos —o estoy— del todo convencidos.

La crítica del valor nos ha ayudado a comprender que mientras no se rompa con la lógica de forma-trabajo y forma-valor, cualquier esfuerzo termina por reproducir las lógicas del mismo, pero queda la duda de hasta dónde es esto realmente posible. Me gustaría usar al EZLN de ejemplo para este debate interno.

En «Economía Política de las comunidades zapatistas» el Subcomandante Insurgente Moisés dio un breve pero esclarecedor ejemplo de cómo aunque el trabajo abstracto sea atacado, bajo la forma de trabajo real, es decir, trabajo con valor social, el territorio liberado está sujeto a las formas más comunes de la lógica de la mercancía. Una contradicción importante pero entendible, si bien las comunidades zapatistas no son la única expresión autónoma en México, el aislamiento forzoso que el Estado impone sobre ellas hace imposible sobrevivir sin la entrada de otro fetiche de la forma valor: el dinero. Venden sus cultivos y productos para invertir en salud, educación y otras necesidades que no pueden cubrir con su propio trabajo.

Pero, ¿podemos reprocharle esto al EZLN? ¿Es esto un motivo para desdeñar su lucha? Por supuesto que no, pero nos deja con una interrogante mayormente conflictiva: si el EZLN, o las kurdas, no pueden salir en su totalidad de dicha lógica ¿Entonces qué nos depara a los bastardos ciudadanos de una urbe que llena de cemento a quienes sueñan con montañas?

La respuesta de la crítica del valor, en particular de Jappe -quien a su vez utiliza Christopher Lasch y teorías psicoanalíticas-, es el juego, del arte y la autogestión, pero las tres han sido hoy dominadas por el trabajo y la mercancía. Así es, los proyectos autogestivos y cooperativistas tampoco han escapado de la forma-valor y la muestra está tanto en la la integración a las lógicas del mercado para asegurar su existencia -como proyecto y como personas inmersas en el sistema capitalista- y en el fracaso de otros que fueron incapaces de dar a sus miembros condiciones de vida que les impulsase a continuar con el esfuerzo. ¿Debemos por ello detener la reproducción de estos esfuerzos? Para nada, pero debemos analizar a profundidad los limitantes para romper con la forma-valor a través de la crítica.

Ahí, en la crítica, radica nuestra propuesta. Si las dinámicas del valor no son superables en la práctica, mejor dicho, en la vida cotidiana, entonces la crítica es nuestra punta de lanza, mas no su vanguardia. La crítica, desarrollada en la práctica escritural —y en particular la escritura de la historia— es un primer paso —quizá primer gateo— hacia la imaginación de nuevos horizontes.

Es en la escritura en donde podemos atacar los cimientos de la sociedad capitalista, siendo la crítica de la razón histórica nuestra principal arma como grupo. En ella, teoría y praxis no se enfrentan dicotómicamente sino de manera dialéctica, siendo la escritura nuestro principal aporte a la militancia contra la civilización capitalista, las armas de la crítica.

¿Satisface estas respuestas a la juventud que se enfrenta a la barbarie de la crisis capitalista de nuestro siglo o al proletario que día a día tiene que sobrevivir? Esperaría que no, pero si de algo puede servir nuestra crítica al derrumbe del sistema que destruye la vida… habrá valido la pena.

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