El objetivo del presente ensayo es repensar algunas de las nociones más comunes que he observado en las discusiones en torno al territorio en Baja California Sur, en entornos académicos y digitales, las cuales parecen estar comúnmente atadas a alguna dicotomía: local-extranjero, exclusión-inclusión, funcional-simbólico, sociedad-naturaleza. Superar estas miradas dualistas es desarrollar una comprensión relacional del mundo que articule estas dimensiones y, como dice el geógrafo crítico Rogério Haesbaert: “(…) que también reconozca la propia inmanencia del territorio en relación con la existencia humana” (Haesbaert, 2011, p.305).
Comienzo estableciendo al concepto de territorio como una categoría analítica significativa por su carácter relacional que se centra en el conflicto de las clases sociales que lo producen; avanzando después a señalar cómo el fundamento geo-histórico de Sudcalifornia dió cabida a una construcción identitaria con base en la dualidad de exclusión-inclusión, surgiendo así la tendencia política regionalista y las ideas que la rodean, como lo es la dicotomía local-extranjero. Por último, propongo girar la discusión en torno a la tensión dialéctica entre las clases en conflicto por el territorio, además de poner en esta misma tensión el concepto de exclusión social.
Palabras clave: territorio, geografía crítica, espacio, poder, conflicto
El territorio, una constelación de significados
El concepto de territorio es polisémico, funge como un término paraguas, por tanto, sólo puedo hacer un esfuerzo aproximado en definirlo. Éste se construye a partir del espacio, un concepto aún más amplio que es una producción social multifacética, abarcando la dimensión económica, política, cultural y natural, dice Haesbaert (2013); que no es sólo una base material, sino que es un constituyente de las relaciones sociales, pues el sujeto humano es uno espacializado. El territorio, como lo entiende este autor, es una dimensión del espacio que centra las relaciones de poder en el mismo, específicamente analizando cómo sus prácticas y su desarrollo lo producen.
El territorio es producto de los procesos de des-reterritorialización: la desterritorialización y la reterritorialización en una relación dialéctica. El primer concepto ha sido sobreutilizado de tal manera que plantear lo que no es sobrepasa los límites de este ensayo, por lo que para definirlo me remito a lo que Haesbaert (2013) propone debería ser su principal acepción: la pérdida del control territorial por los grupos en condición de precariedad y los sin-tierra; pérdida de control que se refiere tanto a la contención en el territorio (la inmovilización), a los procesos de dominación en éste que impiden su apropiación cultural, tanto como a la pérdida de referencias simbólico-territoriales en espacios inestables. Ocurre un proceso de reterritorialización cuando la movilidad territorial está bajo control, más común entre los grupos hegemónicos con total poder sobre ésta.
Al discutir el territorio, se puede caer en la dicotomía entre lo funcional y lo simbólico, la cual establece que un territorio sólo puede ser dominado o apropiado de la primera o segunda manera. La realidad es más compleja: los territorios dominados para fines utilitaristas se construyen a la par de, e incluso se legitiman mediante, un conjunto de representaciones simbólicas y culturales. La iconografía del complejo hotelero Costa Baja remite al desierto y al océano. Incluso los territorios apropiados de manera más simbólica y vivencial no prescinden de una dimensión funcional. De sentido relacional, en el territorio ocurren procesos de dominación y de apropiación, al mismo tiempo pero a desnivel, y este conflicto mueve la (re)configuración territorial. Para Haesbaert (2013), más que la desterritorialización, el dilema actual de esta reconfiguración está en torno a la precarización territorial para muchos, “en su resistencia y lucha por un territorio mínimo cotidiano, su mínima e indispensable seguridad al mismo tiempo funcional y afectiva en este mundo” (Haesbaert, 2013, p.40).
El regionalismo, un nacionalismo pequeño
En Sudcalifornia, las condiciones geográficas insulares y el aislamiento respecto a la relación con el capital nacional dieron lugar, de acuerdo a Almada (2012), a una constitución identitaria de lo sudcaliforniano conformada desde el principio de exclusión-inclusión; construcción a raíz del aislamiento y la otredad que dio pie, a mediados del siglo XX, a un discurso regionalista que margina al no-sudcaliforniano; particularmente al mexicano, pues los extranjeros son portadores del progreso y el desarrollo entendidos bajo la lógica del capital. Así, lo sudcaliforniano se construyó con base en la exclusión respecto al resto del país: el interior, e implicamos, a su vez, que somos el exterior; se constituyó entonces una dicotomía de ellos-nosotros, de quien arribó primero-quien arribó después en una tierra formada por migrantes (Almada, 2012). No es de sorprenderse, entonces, que como tendencia política, el regionalismo, centrándose en la figura del gobernador, exigiera que quien encabezara este territorio federal fuera uno que cumpliera con tres rasgos esenciales: que fuera civil, nativo, y con arraigo a la tierra (Castorena, 2007).
En la discusión en torno al territorio, los sentimientos regionalistas se reflejan en la dualidad locales-extranjeros, entendiéndose aquí al extranjero como el imaginario de un gringo. Este discurso pone énfasis en el capital específicamente internacional: las empresas trasnacionales, los expatriados que se mudan a depas en las colonias Centro y el Conchalito. Este análisis resulta insuficiente pues coloca el foco en formas de consumo particulares, siguiendo la lógica del libre mercado y su oferta y demanda, no en las relaciones sociales de producción y explotación.
Ahora, mi intención no es minimizar el rol que tiene el capital extranjero en los procesos de desposesión, sino señalar el reduccionismo que postula el dualismo local-extranjero en el análisis de los procesos de dominación y apropiación del territorio. Más bien, los procesos desposesorios son un dispositivo de poder instrumentado por el Estado para el despojo de las poblaciones y la dominación del territorio de tipo predominantemente utilitario, esto es, su mercantilización; imponiendo a la población la precariedad como modo de vida. Un enfoque hacia el turista, además, amenaza con caer en una falsa nostalgia que busca regresar a un periodo pre-turistificación; sin proponer la abolición de la explotación, sino reemplazar una forma de la misma con otra.
En cuanto la tendencia del regionalismo logró su cometido, su narrativa se convirtió en el discurso hegemónico utilizado por las élites regionales. Mismos nativos pequeñoburgueses que dominan el territorio de manera utilitaria, financiarizan la vivienda, venden las tierras. Recordemos, pues, que el capital trasciende las fronteras nacionales y la clase obrera no tiene patria.
Dialéctica, no dicotomía
Coloquemos el enfoque, entonces, en la tensión dialéctica entre dos clases: la clase desposeída de la vivienda y la clase propietaria y rentista. En los términos que son puestos en marcha por Jaramillo (2025) en su columna titulada La lucha por la vivienda es una lucha de clases, en donde establece que la crisis de la vivienda surge a raíz del conflicto entre ambas: la clase desposeída paga un alquiler a la clase rentista para alojarse en una vivienda y, puesto que los ingresos por alquiler son apropiados en su vasta mayoría por los hogares más ricos, la renta implica una transferencia de los hogares más precarizados a los más ricos.
Surge así el gran despojo: el proceso de intensificación de la crisis de la vivienda, en donde se le quitan a la clase desposeída las opciones para salir de la condición de inquilinos (Jaramillo, 2025). De esta manera, las gestiones inmobiliarias poseídas por las clases propietarias-rentistas agudizan la precariedad como modo de vida y, cuando concierne a la incertidumbre en materia del acceso a la vivienda digna, hablamos de precariedad habitacional.
Haesbaert (2013) alude a Antonio Gramsci al nombrar las clases que conflictúan en el territorio: la clase propietaria son los grupos hegemónicos con pleno control sobre su movilidad, quienes se mueven a través de territorios estandarizados y se territorializan de manera predominantemente utilitaria; a la vez que la clase desposeída son los grupos subalternos (trabajadores precarizados, migrantes, refugiados, entre otros) cuya territorialización es más simbólica y son atravesados por la desterritorialización en la forma de la pérdida del control sobre sus territorios, la contención territorial y la inclusión social precaria.
Un continuum de posiciones
La predominancia del principio exclusión-inclusión en la construcción de lo sudcaliforniano vuelve pertinente la examinación crítica de estos conceptos, principalmente el de exclusión social, que es de mayor interés para la discusión alrededor del espacio. Por ejemplo, si Sudcalifornia es el territorio excluido, pues es el “exterior” del “interior”, cabe preguntar: ¿excluido, precisamente, de qué? ¿de la circulación del capital nacional e internacional? ¿de las formas de comunicación?
Para elaborar en este punto, pensemos en las dos dimensiones que constituyen la distribución del espacio en los destinos turísticos: una parte delantera, en donde los residentes y los turistas interactúan; y una posterior, donde los residentes descansan de su jornada laboral (Muñoz, 2018). Los trabajadores, los residentes, circulan alrededor de los territorios turistificados y aquellos más culturales, como sus barrios. La movilidad entre éstos constituye su cotidianidad. La relación social no se ausenta, como dice Robert Castel: “no existe in y out, sino un continuum de posiciones que coexisten en el mismo conjunto y se “contaminan” unas a las otras” (Castel, 1998, 1995, como se citó en Haesbaert, 2011, p.263). Sería oportuno, entonces, poner en tensión dialéctica el concepto de exclusión: los fenómenos de exclusión social son, a la vez, procesos de inclusión precaria. Más que estar fuera de la sociedad, la relación de los excluidos con ésta es bajo el despojo, la precariedad laboral y habitacional y, a grandes rasgos, la incertidumbre y la inseguridad extendidas a todo ámbito de la vida humana.
Para concluir
Pensemos de manera compleja acerca del territorio como una construcción social permeada por la lucha de clases y como la espacialidad de las relaciones de poder, dominio y apropiación; así como a la exclusión social no como un estado fijo, algo que nos sucede, sino como el producto relacional y multidimensional de procesos de exclusión integradora. Análisis más reductivos amenazan con ignorar la participación transformadora de quienes resistimos en el espacio, asignándonos un carácter pasivo.
La lógica del capital domina el espacio y lo dota de un carácter predominantemente utilitario. Por tanto, nos queda a nosotrxs, desreterritorializadxs y precarizadxs en el terruño sudcaliforniano, resistir desde lo colectivo: tejer redes, construir proyectos intelectuales de resistencia, organizarnos y, esencialmente, crear comunidad. Esto es, revestir al espacio de un carácter principalmente simbólico-cultural, desde la relación dialéctica entre el ser humano y su entorno natural. Además de esta praxis colectiva, es urgente la exigencia de una vivienda pública y de propiedad colectiva (como lo son las cooperativas de vivienda), una redistribución de la propiedad inmobiliaria y, en el corazón de la transformación radical de la sociedad, el derrocamiento de la propiedad privada, por lo tanto: la abolición de todas las relaciones existentes.
Bibliografía
- Almada Alatorre, R. A. (2012). Variaciones ideológicas en Baja California Sur, México. [Ponencia] Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (ALACIP), Quito, Ecuador.
Castorena Davis, L. (2007). Regionalismo y pensamiento regionalista en Baja California Sur, 1920 a 1990. En M. Cariño Olvera y L. Castorena Davis (Eds.), Sudcalifornia: de sus orígenes a nuestros días (pp. 209-232). Universidad Autónoma de Baja California Sur.
Haesbaert, R. (2011). El mito de la desterritorialización. Del “fin de los territorios” a la multiterritorialidad. Grupo Editorial Siglo Veintiuno.
Haesbaert, R. (2013). Del mito de la desterritorialización a la multiterritorialidad. [Conferencia] Seminario permanente “Cultura y representaciones sociales”, Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México.
Jaramillo, M. (16 de julio 2025). La lucha por la vivienda es una lucha de clases. El Universal. Recuperado 28 de septiembre de 2025, de
https://www.eluniversal.com.mx/opinion/maximo-jaramillo/la-lucha-por-la-vivienda-es-una-lucha-de-clases/
Muñoz Arroyave, E. A. (2018). Procesos de territorialización de la globalización a través del turismo. Análisis de las relaciones global-local que promueve este fenómeno. El Ágora USB, 18(2), pp. 557-572. DOI: http://dx.doi.org/10.21500/16578031.3835

