Archipiélagos en el desierto, imágenes que piensan sobre el vuelo de una vida desgarrada: apuntes para una crítica de la enunciación como revés de la dominación- Nuria Gil

Nuria Gil- Grupo Antihistoria

No puedo evitar pensar que el lugar de enunciación es un pantano porque fetichiza relaciones propias de la síntesis social, difícilmente puede distinguirse de la ideología de la base categorial capitalista, una tentación cosista exacerbada que nos puede cegar. ¿Es verdaderamente necesario en términos epistemológicos o en su afirmación se corre el riesgo de clausurar al pensamiento en su propio eco y repetición? Entiendo que todo el mundo tiene un lugar de enunciación, su lugar, también entiendo que la Modernidad constituye un discurso de pretensiones unívocas, la norma vuelta dimensión epistémica, modelo y modo de abordar y hacer el conocimiento, pero, considero que actualmente esto debe ser susceptible a la crítica, abrirlo a la perspectiva histórica para que no se acabe resolviendo en lo inmediato.  

Mi lugar de enunciación se abre a su negación, la búsqueda constante de respuestas, la crítica y lleva la marca del vuelo en el desierto y el desarraigo: la no-identidad. Además, este lugar ha sido definido verticalmente, en relaciones de fuerza, se compone de varios retazos y al mismo tiempo de ninguno.  Soy de Vélez-Rubio[1], Almería, nacida en 1990 en la joven España democrática recién anexada a la Unión Europea, crecí entre la crítica a Europa y la ilusión de las promesas del desarrollo. Entre la tradición de una familia de campesinos andaluces que migraba a Francia a la vendimia, y el desdén de mi familia charnega[2] afincada en Badalona, por ser de un pueblo de Almería. Una inundación de clichés que no acababa de entender. De niña me preguntaba porque la familia de mi padre, que vivían en el barrio obrero de Sistrells en Badalona (descencientes de migrantes de La Unión, pueblo minero de Murcia), se asumían como superiores a nosotros/as que vivíamos en un pueblo en Andalucía, tampoco entendía que les fascinaba de trabajar tanto, y porque su día libre se basaba en ir a un centro comercial. Ni que les maravillaba tanto de esa ciudad que tenía de todo, un todo al que casi nunca accedían. Tampoco entendía qué sostenía tal nacionalismo exacerbado hacia una tierra que no era la de sus abuelos, el exagerado sentimiento de pertenencia y el rechazo a los migrantes, el olvido del vuelo del migrante es una herida.

Mi infancia es un universo de buenos recuerdos, la casa de mis abuelos, su orgullo, una casa que construyeron en 1973 después de muchos años de trabajo, su hogar por fin, el progreso y su materialidad, agua corriente y luz eléctrica. Mi bisabuela, mi abuela, mi madre, mi tía y yo: cuatro generaciones en el patio haciendo conserva de tomate, amasando para hacer pan al día siguiente, partiendo olivas o tejiendo esparto. El mal de ojo. Sentarse en la puerta a tomar el fresco con las vecinas. Las conversaciones de las mujeres, los consejos, las enseñanzas, las historias de la guerra civil, el horror de los señoritos, el castigo del trabajo en el campo, parir en el cortijo, el sacrificio, el sufrimiento y el miedo, el respeto a los mayores, las historias de la familia, los bailes de parrandas en los cortijos después de la siega, la vida en el Límite, en la Rambla de Nogalte, mi bisabuela y su gesto endurecido tocando las castañuelas y las historias de sus catorce embarazos. Mi abuelo, sus ojos y su azadón, siempre sembrando, siempre cuidando sus olivos, su insistencia en la importancia de estudiar para que no fuésemos como él que nunca fue a la escuela, su invaluable conocimiento de la tierra, las cosechas, las estaciones, las lunas, las acequias, la poda y los animales. Los inviernos cocinando en la lumbre. Los discos de punk de mi tío. La conciencia de clase.

El desgarramiento con el pueblo cuando me fui a estudiar a la ciudad de Murcia, nunca me había sentido tan de pueblo hasta que viví ahí, nunca había notado la diferencia entre un colegio público y uno privado, porque en mi pueblo no hay colegios privados, tampoco había sido consciente de los cientos de actividades extraescolares que había. Mi acercamiento a lxs anarquistas, el acercamiento a grupos feministas, el clasismo y machismo de algunxs compañerxs, la crisis económica, la desilusión del 15M, las discusiones en tono inexperto, la política, el amor y el odio a la universidad, los conciertos, la ciudad, la cultura, echar mucho de menos vivir en el pueblo, festivales, viajar, no dormir, constelar en la historia lo que encontraba sobre mi bisabuelo anarquista desaparecido en la Guerra Civil. La fe ciega en el arribo a otro mundo posible, más igualitario, más justo, más sano, la desilusión y el inconformismo. Rebotaba: La conciencia de clase.

El hartazgo cuando me fui con la mochila a vivir a Angra do Heroísmo con una beca, en la isla Terceira, en las Azores. Descubrir el amor al mar, el sosiego de la soledad, que Portugal se llama El Continente y el resto de países Europa, y que Europa había transformado la vida y la economía de las islas, para peor por supuesto, la nostalgia en los ojos de los que algún día se dedicaron a la caza de ballenas. Nunca me había sentido tan españolahasta que viví ahí, el ojo externo, el acoplamiento de concepto y mundo mediado, entre nacionalidad y la identidad de una cultura acotada en Madrid y Barcelona. La similitud entre la historia familiar de una persona de otro lugar y la mía, la diferencia y la repetición de las discusiones en los grupos feministas, la órbita idéntica de los centros culturales, el imaginario común del desarrollo basado en el acceso a la mercancía de las generaciones nacidas a partir de 1980. No pisar España en un año, trabajar, hablar, pensar y soñar en portugués. Rebota otra vez: La conciencia de clase.

Llegar a Girona, en Catalunya, después de más de un año en la isla, nunca había sido tan andaluza hasta que viví ahí, descubrí como nos aferramos al cálculo conceptual sin cuestionarlo si quiera, modulé mi acento porque no me entendían. Me sorprendió la cantidad de esfuerzo dedicado a mostrar la cultura catalana autentica a los extranjeros que estaban con alguna beca en la universidad o haciendo algún máster, cultura autentica mezclada con los bares de paella y tapas para los turistas en el casco antiguo, el orgullo por ser más europeos, civilizados y cultos, el revés reaccionario y el arraigo ultraconservador, el fetiche romántico de Europa que alimenta un mundo que no existe. La asamblea feminista no mixta de la ciudad, la radicalización, el paternalismo con lxs racializadxs y lxs no heteronormadxs, la mistificación de una falsa brecha entre la teoría y la praxis. Descubrir lo feliz que me hacía leer historia y filosofía. Yo que venía de la ciencia, el abismo entre el laboratorio y la matemática. Entender que horizonte y límites puede tener la consciencia de clase.

Luego, hace casi diez años, llegué a La Paz, Baja California Sur, nunca antes había sido tan europea, de hecho, siempre había visto Europa como algo ajeno, desde la Andalucía profunda, nunca hasta entonces había sido tan blanca sobre todo en colectivos y en especial en la universidad, nunca antes había escuchado el uso del gentilicio europea-europeo como una nacionalidad, nunca antes había pensado tanto en mis abuelos y en mi europeidad. El rugido de una flor en mi memoria: mi tío contando entre risas que cuando eran niños iban a Francia a la vendimia, el día que no trabajaban querían jugar al futbol, pero nunca podían porque los niños franceses les tiraban piedras y les gritaban espagnolo a modo de insulto. La decepción de compañeros y compañeras cuando no he sido el tipo de europea que esperaban. Nunca antes había pensado tanto sobre el colonialismo, sobre la trampa ideológica de ver a Europa como quiere ser vista, grande, uniforme, homogénea, magnifica, monumental, inquebrantable. La confusión y la hipostasia ontológica de categorías como clase, raza y nacionalidad. Armonía y desencuentros con colectivos feministas. La culpa católica, un sentimiento horroroso. Sentirme como en casa en el barrio obrero El Pedregal, donde a diferencia de la universidad, nadie de la asamblea hacía ningún comentario sobre mi nacionalidad, las infinitas conversaciones mantenidas con las mujeres de la colonia durante tres años, lo compartido, lo vivido, lo aprendido, todo lo que nos regalamos.

Decidir quedarme a estudiar en La Paz, dedicarme a las ciencias sociales y las humanidades. Observar los cruces y las diferencias, la repetición idéntica y planetaria en el consumo, en los deseos, las ciudades convertidas en mercancía. Lo que se considera propio y único, y que no lo es tanto. La cantidad de no lugares vestidos de arraigo y nativismo. Romper con todos mis dogmas y los -ismos, el estorbo de la ideología.

Tener dos vidas, la de Vélez-Rubio, la de siempre, donde aún nadie entiende que hago en la universidad y tampoco les importa mucho, donde nadie se fascina porque haya viajado, donde me llaman la mexicana, donde en diciembre se hace la matanza y el embutido, se recoge la aceituna y se lleva a la almazara para hacer el aceite, donde el agua para regar se subasta, donde no pasa el tiempo y siempre estará el bar donde tomarnos un café, acompasado entre miradas cómplices, sin prisa, hablar con calma. La vida de La Paz, una ciudad que crece violentamente rápido, que cambia en un pestañeo, atomizada y que se aferra a la idea de progreso como una marca en la cara, donde pertenezco y no pertenezco, donde soy anónima la mayor parte del tiempo, como la inmensa mayoría, otras veces soy turista, otras, me explican después de 10 años, como son las cosas porque siempre han sido así.

Aprender que no pertenecer del todo es también muy liberador. La autopercepción. El amor y los deseos de ser madre. Estar sola. Extrañar algo que ya no existe. Pensar sobre la dominación en toda su amplitud. Pensar en mi bisabuela, mi abuela, mi tía, mi madre y mi hermana, mis amigas diferentes y parecidas. Encontrar en la historia, la filosofía y la teoría crítica un refugio, un motivo, un alivio, un compromiso que me ha permitido dar forma a la inquietud y la experiencia, justo en el tenor de la invitación que recibí de Adorno; reflexionar la vida desgarrada. La conciencia de clase.


[1] Pueblo de 6500 habitantes en la actualidad, hasta la década de 1950 mantuvo una población de entre 10.000-11.000 habitantes que se vió mermada considerablemente por las migraciones del campo a la ciudad en la década de 1960.

[2] adjetivo despectivo​ utilizado en Cataluña entre los años 50-70 para referirse a las personas inmigrantes del sur de España

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