Esbozo sobre la alienación con motivo de la falsa disyuntiva entre la teoría política anárquica y la crítica marxiana – Daniel A. Rascón

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Apuntes sobre “El Patriarcado del Salario” – Ricardo Campillo

Reflexionar el capitalismo, desde una perspectiva del hombre blanco y occidental, es un error metodológico que hemos realizado a través de muchos años, por lo tanto, abordar el capitalismo desde una crítica más radical podría sacar a relucir todo aquello que se escondía desde una visión anti-capitalista dominada más que nada por el ser hombre. Durante las siguientes páginas no se abordará el pensamiento de Federici a profundidad, si acaso, se entenderá un poco de las páginas que desarrolló en el “patriarcado del salario” y así, poder caer en cuenta de muchos de los errores críticos e históricos que se tienen hoy en día hasta en los grupos más “radicales” y “revolucionarios” considerados anti-capitalistas.

En primer lugar, sabemos que Federici muestra una crítica rigurosa contra todo aquello que pretende naturalizar muchas de las acciones de la mujer, como acciones estereotipadas que se le asignan en el hogar, el cuidado de lxs niñxs, la limpieza y contra toda esa naturalización de la feminidad, es por ello que menciona que al rechazar una mujer una tarea doméstica “no se dice es una mujer en lucha, se dice, es una mala mujer” (Federici, 2018:12). Criticar a Marx, es otra parte de la tarea de Silvia, como comenta, Marx vivió dentro de una industrialización capitalista, y es por ello que se vislumbró con los avances tecnológicos de ese capitalismo que, en manos de la clase trabajadora, pudieran liberarlos de las manos de la explotación. Hombres y mujeres iban a explotarse juntos dentro de las fábricas, y fue un proceso en el que la mujer y el hombre, explotados al mismo tiempo, compartían ciertas características equivalentes dentro de los inicios del capitalismo industrial. Todo esto, hizo que Marx viera, en el capitalismo industrial “una relación más igualitaria entre hombres y mujeres” (Federici, 2018:18). Ahora lo que se vivió a finales del siglo XIX, la introducción del salario familiar, el salario del obrero masculino, el rechazo de la mujer en la fábrica, y, la dependencia económica de la mujer, se conoce como “patriarcado del salario” (Federici, 2018:18).

Federici concuerda que la fuerza de trabajo no es natural. Para Marx, supuestamente, es creado dentro de las áreas del trabajo, dentro del taller y la industria, por lo tanto, es creado bajo estas premisas, sin embargo, identificar la producción de la explotación capitalista tiene puntos negros que no se visualizan en la crítica del alemán. En primera, no observa a profundidad el engranaje que se encuentra dentro, que no es solo dentro del taller donde se produce la fuerza del trabajo, sino en aquel espacio olvidado, el hogar, mayormente utilizado por el ser mujer, donde se cuida, lava, plancha, y, donde se reproduce la cadena de producción de la fuerza de trabajo. Marx descuidó la reproducción y el hogar como el primer centro de producción capitalista (Federici, 2018:20).

“Lo que Marx no vio es que el proceso de acumulación originaria no sólo se separa al campesinado de la tierra, sino que también tiene lugar la separación entre el proceso de producción (producción para el mercado, producción de mercancías) y el proceso de reproducción (producción de la fuerza de trabajo); estos dos empiezan a separarse físicamente y, además, a ser desarrollados por distintos sujetos. El primero es masculino, el segundo femenino, el primero es asalariado, el segundo no asalariado”.

(Federici, 2018:21)

Para la autora del patriarcado del salario, está claro que ser mujer y estar dentro del rol de ser mujer, no solo es lavar, planchar y atender las necesidades físicas, morales y sexuales del/la trabajador/a, sino que se refiere al mantenimiento del “producto más precioso” del capitalismo: la fuerza del trabajo. Porque detrás de cada área de trabajo hay una gran cantidad de trabajo doméstico no remunerado, o sea, una gran cantidad de madres trabajadoras no asalariadas que tienen mucho que ver en la productividad, “es por ello que el trabajo doméstico y la familia son los pilares de la sociedad capitalista” (Federici, 2018:34).

La familia nuclear tal y como hoy en día se conoce, no es un producto natural, es una re-dirección de las relaciones capitalistas dominadas por los hombres. Después de ver a las mujeres, que trabajaban 10 o 15 horas, que salían tomaban y fumaban igual que el varón y llegaban exhaustas después de la jornada laboral, la relación hombre blanco capitalista identificó, un peligro ante la producción de la fuerza de trabajo, “lejos de ser una estructura precapitalista, la familia, tal y como la conocemos en occidente, es una creación del capital para el capital, una institución organizada para garantizar la cantidad y la calidad de la fuerza de trabajo (Federici, 2018:38).

La familia es en sí, trabajo no remunerado, dependencia al hombre, poderío y disciplinamiento sobre las mujeres. Porque mientras exista una institución que adjudique, a la mujer naturalmente, el cuidado de lxs hijxs y la administración del hogar, existirá una gran parte de la población minimizada a ser trabajadora, doblemente explotada, que ni en el hogar será reconocida como la principal productora de fuerza de trabajo y en el trabajo será solamente, mujer haciendo trabajo de hombres.

Aquí es importante aclarar ciertos puntos, hablar de reconocimiento en el hogar o en el trabajo, no es una forma banal de someterse con medallas a las relaciones sociales capitalistas, de lo que se trata a palabras de Federici, es, de dignificar la posición de ciertos grupos frente al capital, por ejemplo, cuando se habla de trabajo doméstico no asalariado, realmente no se busca enrolarse al sistema salarial, sino más bien sacar a relucir el rol de la mujer que tiene dentro de las categorías capitalistas. Las luchas estadounidenses e internacionales de las cuales Silvia habla, por ejemplo; salario para el trabajo doméstico no pretenden subsumirse a las relaciones salariales, sino más bien desaparecerlas. Hablar de derecho de salario no solo es poner más dinero sobre las manos de lxs trabajadorxs, también se habla de muchos derechos laborales, reducción de horas laborales, espacios higiénicos y dignos, etc. Por decirlo con mayor claridad, no se busca trabajar más dentro de la sociedad del trabajo.

Entendiendo a la autora, también nos damos cuenta, que ser mujer no es una categoría separada de las luchas sociales de lxs trabajadores, y es por ello que surge una recriminación a Lópate por pensar que las mujeres no pueden realizar una lucha autónoma, ya que no están organizadas bajo una gestión capital, y más que una lucha autónoma, la mujer como trabajadora explotada dentro del capital, tiene todo el derecho de salir a la calle a exigir sus derechos como cualquier obrerx.

“Nosotras no vamos a poner límites a nuestras capacidades, no vamos a cuantificar nuestro valor. Lo que nos queda es organizar la lucha para obtener lo que queremos, para todas y en nuestros términos. Nuestro objetivo es no tener precio, que nuestro valor se encuentre fuera del mercado, que el precio sea inasumible, para que el trabajo reproductivo, el trabajo en la fábrica y el trabajo en la oficina sean antieconómicos”.

(Federici, 2018:52)

Retomando la posición feminista crítica hacia Marx, el “patriarcado del salario” hace un recuento de todo aquello que el autor de “El capital” dejó a un lado, a pesar de contener miles de páginas, este análisis extensivo de la explotación fabril deja un lado las conceptualizaciones de género, en alguna que otra página se encuentra una cierta documentación de la mujer dentro de la fábrica, pero bajo una visión de victima y no como una mujer en lucha, tal como lo hicieron algunos contemporáneos  (Secombe, 1995)[i]. Son cuatro consideraciones en especial que Silvia dilucida de forma crítica sobre las opiniones de Marx acerca de la industria moderna: 1) que las mujeres nunca habían estado inmersas en la producción social; 2) que la fuerza física limitaba su aportación en el trabajo, 3) la tecnología como punto esencial para la igualdad de género y 4) la fábrica, y no la comunidad, como modelo de producción social.

Marx tenía una tendencia a invisibilizar el trabajo doméstico, es claro que la fuerza de trabajo no es natural, lo que no es claro es que sea en la fábrica donde se produce, como si el/a trabajador/a no hubiese pasado por el mantenimiento del cuidado doméstico antes de ir a la fábrica. Para Marx (y para muchos) solo ahí, en contacto con la maquinaría y bajo el rol de la producción de mercancías, este, produce la fuerza de trabajo, como “un ente que se autorreproduce” (Federici, 2018:69). A palabras símiles, Silvia no se detiene con Marx solamente en la crítica de la invisibilización del rol de la mujer, sin que hace a la vez, una clara referencia entre el género y la raza. Es claro, que Marx también olvidó puntualizar algunos objetos más específicos dentro de las fábricas, repletas de hombres blancos, luchando por los intereses de los hombres, y de los blancos específicamente. Marx reconoce que “El trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra” (Marx, 2008:414), aun así, no se encuentra un trabajo a profundidad que acontezca el racismo como punto de apoyo para el capital.

Criticar Marx no solo un capricho del feminismo. Marx es menester para el movimiento feminista, por ello, es necesario criticar para renovar, o destruirlo, lo primero que llegue. Pero a primera vista reluce un Marx más completo por la crítica feminista, más radical, que no obstruye las críticas del pasado que quedaron apartadas y se agregaron muchas más en la actualidad. Para lograr esto, los trabajos de algunas compañeras son necesarias para Federici, como Dalla Acosta sobre el “trabajo doméstico” o Salma James y su “no-asalariados del mundo”, claves en el proceso de acumulación del capital y el redescubrimiento de la naturaleza del propio capitalismo (Federici, 2018:78).

Ama de casa en construcción

Como es común, se suele pensar con regularidad, más si se es hombre, que el trabajo doméstico es un hacer natural de la mujer, es más “sorprendente” descubrir que esto es más actual que lo que parce, Federici lo data a finales del siglo XIX y principios del siglo XX cuando Gran Bretaña y Estados Unidos ocupaban una mano de obra más productiva que “emprendió una reforma laboral, que transformó la fábrica, la comunidad, el hogar y, por encima de todo, la posición social de la mujer” (Federici, 2018:83) o sea, “la ama de casa de tiempo completo”. Patrón, gobierno y el hombre obrero occidental, todos de acuerdo, desterraron a la mujer al hogar, todo ello por causa de las revueltas obreras y la crisis de la lucha de clases quienes se dirigían a buscar un salario (para el hombre) más sólido que pudiera hacerse cargo de las necesidades del hogar, o sea de la mujer y sus hijxs. Aunque parezca ridículo en un debate parlamentario inglés de 1847 (Ten Ours Act) un defensor de la restricción comentaba que las mujeres “no solo hacen el trabajo de los hombres” forman clubs y asociaciones, y van adquiriendo privilegios que son naturalmente masculinos (Federici, 2018:87). Era tiempo de detener el excesivo trabajo que llevaban a cabo, hombres, mujeres y niñxs atados a la fabricas más de 12 horas, esto ponía en peligro la nueva generación de trabajadores, las mujeres, trabajando todo el día, no podían “hacerse cargo” de la futura fuerza de trabajo, y la segunda revolución industrial llegó a tiempo para hacerlo, con una necesidad de mano de obra más fuerte, mejores sueldos y la transformación de la industria ligera a la industria pesada, la mujer y los hijos fueron puestos en su “lugar”, en el hogar dentro de la institucionalización de la familia.

“Detrás de la creación de la ama de casa de la clase obrera y la extensión de esta clase social del tipo de hogar y familia antes reservado a la clase media se hallaba la necesidad de un nuevo tipo de obrero, más saludable, más robusto, más productivo y, sobre todo, más disciplinado y domesticado”.

(Federici, 2018:91)

La división de la clase trabajadora, hombres a la fábrica y mujeres al hogar, no fue la única problemática conocida, sino también entre las mismas mujeres divididas en clase, aquellas que trabajaban en el hogar y aquellas que se rehusaban a los quehaceres domésticos, las mujeres buenas y las mujeres malas, o sea, las mujeres del hogar y las que iban a trabajar aunque no se les requería[ii] y las prostitutas, fue aquí, donde la relación predominante del hombre blanco y occidental clasificó todas las actividades de las mujeres. La crítica contemporánea anticapitalista que identifica las relaciones de raza, clase y género tan vilipendiadas, siempre tuvieron una base teórica sólida.

Apuntes finales

Federici tiene una sorprendente base histórica del dominio de ser “mujer” bajo el capitalismo, también porta una crítica escindida por el feminismo contra Marx. Es muy interesante ver como retoca todo aquello de lo que Marx careció, en concreto, todo lo relacionado a profundidad sobre raza y género, más específico, el trabajo desvalorizado donde el capitalismo recibe mayor plusvalor, trabajo esclavo, doméstico y reproductivo, realizado más que nada por mujeres, negros y mujeres negras.

La cuestión más importante sería reconocer hasta dónde puede llegar la justificación de la “dignificación” del trabajo doméstico mediante la exigencia del salario, que, aunque no pretenden introducirse al sistema salarial, desconoce que estas actividades “están escindidas por el valor mismo y que necesitan a su Otro para poder existir” (Scholz, 2020), a lo que se refiere Roswitha dentro de la teoría de la escisión del valor es que tanto el trabajo en la fábrica como en el hogar se desprenden y necesitan de una misma relación, el valor[iii], categoría esencial capitalista.

Direccionarse a una práctica de los comunes[iv], o sea, a todas esas acciones comunistas solidarias que intentan desestabilizar la sociedad del mercado es una de las propuestas de Federici referente a la teoría Marxiana, pero sin desprenderse de otras prácticas, como anarquistas y feministas, donde se rompe con ideologismos absurdos y separatistas, esto, sin duda es, desquebrajar con los modelos clásicos revolucionarios del pasado.

Silvia también pone los pies sobre la tierra, menciona que “no hay ningún medio de producción desarrollado por el capitalismo del que podamos apropiarnos sin problemas para emplearlo con un fin diferente” (Federici, 2018:123). Su referencia es, sobre todo, a la toma del Estado, la industria, la ciencia y la tecnología capitalistas, ya que estas, de origen, tienden a la explotación. Como corolario, la autora del “patriarcado del salario” rompe, con todo el modelo socialdemócrata del marxismo y se avienta a un torrente crítico de mayor complejidad.

El capitalismo no es principalmente creador de capacidades humanas de cooperación, más bien es, un modelo de relaciones desiguales y jerárquicos dentro de la sociedad, nocivos para unxs, benéficos para otrxs, a final de cuentas, la racionalización de la sociedad capitalista nunca buscará la acción solidaria sin grupos marginales, con toda su ciencia y su tecnología la contradicción principal siempre ha sido sus niveles de explotación.

BIBLIOGRAFÍAS

Federici, Silvia (2018). El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo. Madrid: Traficantes de sueños.

Federici, Silvia (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: traficantes de sueños.

Marx, Karl (2008). El capital. Crítica de la economía política. México: siglo XXI.

Seccombe, W (1995). Weathering the storm. Working-Class Families from the industrial revolution to the fertility decline. New York: Verso press. Scholz, Roswitha (2020). Capital y patriarcado. Chile: ediciones mimesis.


[i] “Weathering the storm. Working-Class Families from the industrial revolution to the fertility decline” W. Secombe, 1995.

[ii] Hewitt documenta que en Gran Bretaña un gran número de mujeres detestaban el trabajo en solitario, o sea, el trabajo doméstico y asistían a la fábrica (Hewitt, 1958:191).

[iii] Roswitha Scholz proviene del grupo Krisis, por ello, será importantse profundizar en la crítica del marxismo tradicional donde se cuestionan las categorías esenciales como el valor, el trabajo, la mercancía, el Estado, la masculinidad y a feminidad. El grupo, donde Roswitha hizo una ruptura con sus tesis sobre la escisión del valor, es más que nada conocida como la Wertcritik (crítica del valor).

[iv] En “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpos y acumulación originaria” se puede identificar el proceso histórico en el cual el capitalismo destruyo grupos de comunes, quienes hacían uso colectivo de la tierra y trabajo comunal (Federici:2015).

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